LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA Y LOS ALBORES DE LA PSICOLOGÍA EN COLOMBIA. [Informe especial. Capítulo I]. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

[A la joven, talentosa y promisoria psicóloga santandereana Alejandra Estefanía Gómez Blackburn].

El 17 de julio de 1936, un sector del ejército de España intentó derribar con un golpe de Estado al recién elegido presidente de la república Manuel Azaña. El golpe fue parcialmente exitoso, es decir, que algunas zonas del territorio español pasaron a poder de los sublevados mientras que el resto del país permaneció fiel al gobierno que había sido recientemente elegido.  Antes de la intentona golpista, el país atravesaba una situación de turbulencia marcada por  sangrientos atentados contra el derecho a la vida como el asesinato del teniente de orientación socialista José del Castillo Sáenz de Tejada (12 de julio de 1936) y el asesinato del destacado líder de la derecha parlamentaria José Calvo Sotelo (13 de julio de 1936, es decir, al día siguiente), o el que antes había sido dirigido contra el jurista de ideas liberales Luis Jiménez de Asúa (12 de marzo de 1936), hecho en el que murió su escolta, el agente de la policía Jesús Gisbert.  El presidente Azaña era el líder de solo uno de los varios partidos políticos que se habían integrado bajo el nombre Frente Popular para ganarle las elecciones a la derecha, por lo cual las fricciones y divisiones internas dentro de quienes habían apoyado su ascenso al poder eran inocultables. Los golpistas invocaban la situación general de desorden y desgobierno como argumento para su intrépida acción, pero también la simpatía de los nuevos gobernantes hacia el comunismo, particularmente hacia el gobierno de José Stalin, líder de la Unión Soviética. Como el golpe no prosperó sino en unas partes de España, los militares involucrados en el mismo decidieron seguir adelante con sus intenciones y desataron, entonces, una guerra civil. España quedó dividida desde ese momento en dos Españas: el sector republicano, que se mantenía fiel a la República, y el sector antirrepublicano, que apoyaba el derrocamiento del gobierno y la imposición de una política de “mano dura”. Este sector -que ya para ese momento ejercía control territorial- se proclamó a sí mismo como el bando nacionalista.

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Mercedes Rodrigo ya era maestra cuando se interesó por los temas del mundo psíquico en relación con su profesión, a la que recién arribaba. Y fue ese interés el que la condujo a estudiar aquella otra carrera y a convertirse en la primera psicóloga de España. Pero como en España no existía la carrera de Psicología, se le apuntó a una beca que le permitiera estudiarla en el exterior.

Había obtenido su título profesional de maestra en la Escuela Normal Superior de Maestras de Madrid cuando tenía 20 años (1911) y fue la pedagogía la que la acercó al mundo de la psicología. En 1921, a los 30 años de edad, obtenía la beca (en ese entonces se le llamaba “pensión”) para estudiar su nueva carrera en Suiza.

Esa integración entre la pedagogía y la psicología que se proponía lograr la joven educadora española no era nueva.

En efecto, en la patria del legendario ballestero Guillermo Tell, concretamente en la ciudad de Ginebra (la leyenda de Tell ubica su nacimiento en Bürglen, cantón de Uri), los psicólogos y pedagogos Eduardo Claparède y Pierre Bovet habían fundado, en 1912, el Instituto Jean Jacques Rousseau para la formación de educadores. En dicho instituto se estaba desarrollando un nuevo enfoque pedagógico conocido como la “Escuela Nueva”. Esta moderna concepción de la enseñanza tenía carácter experimental y estaba destinada a la niñez. La “Escuela Nueva” pretendía revolucionar el mundo educativo replanteando la tradicional severidad acartonada en la educación de la niñez e introduciendo elementos novedosos como la autodisciplina, la solidaridad, el juego y el amor, así como el concepto de que la relación maestro-discípulo no debía seguir siendo de poder-sumisión y que el niño debía desempeñar un papel activo y principal en su propio proceso educativo. Este vínculo entre la pedagogía y la psicología en el abordaje de la educación infantil se estaba dando también en otras latitudes, como acontecía en Italia con la prestigiosa psiquiatra y pedagoga María Montessori.  Claparède en Suiza estaba desarrollando la psicología evolutiva (a medida que pasan los años el ser humano no solo va cambiando físicamente; también va sufriendo cambios psicológicos) y la psicología experimental (los procesos mentales pueden ser estudiados a través de los métodos experimentales; incluso pueden crearse y ponerse en funcionamiento laboratorios de psicología experimental). Consiguientemente, planteaba que la educación debía basarse en fundamentos científicos producto de la investigación. Sus planteamientos enlazaban, pues, la psicología con la pedagogía a través de la investigación experimental.

En octubre de 1921 Mercedes Rodrigo estaba viajando a Ginebra e ingresando al Instituto J. J. Rousseau lo mismo que a la Universidad de Ginebra. Dos años después estaba recibiendo el título de psicóloga. Había sido compañera, discípula y colaboradora en trabajos de investigación académica y científica de figuras prominentes de la Psicología como Jean Piaget. (Algunas fuentes aseveran que Piaget era solamente compañero de estudios suyo; pero en el programa académico del Instituto, Piaget aparece dictando clase).




Con su diploma de psicóloga, retornó a su país natal en 1923 y, luego de desempeñar con lujo de competencia algunos cargos afines a su formación en instituciones madrileñas (Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, y Patronato Nacional de Anormales), ingresó al Instituto Nacional de Psicología Aplicada y Psicotecnia de Madrid donde fue encargada del área de orientación vocacional (1929).

En ese cargo se encontraba -y estaba al frente, junto con los prestigiosos psiquiatras José Germain (además reputado psicólogo) y Emilio Mira y López, de la organización del Congreso Internacional de Psicología, que debía celebrarse en Madrid en 1936- cuando estalló la espantosa confrontación fratricida (17 de julio de 1936).


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Mercedes Rodrigo había nacido en Madrid a las 12:30 de la madrugada del 13 de mayo de 1891 en el hogar formado por el profesor de música Pantaleón Rodrigo y doña María Bellido. Su hermana, María Rodrigo, habrá de convertirse en excelsa pianista y magnífica compositora de música clásica, de la que llegará a decirse que si no arribó a los sitiales de la fama a la par con figuras como Wagner no fue porque le faltaran merecimientos, sino por el estigma insalvable de ser mujer.

Como alumna de la Escuela Normal Superior de Maestras, Mercedes no fue, en las asignaturas pertinentes a la que sería su profesión, precisamente una lumbrera; todo lo contrario, fue en esas áreas una alumna de calificaciones mediocres y para graduarse tuvo que presentar lo que hoy llamaríamos exámenes de habilitación, es decir, que aprobó sus estudios como normalista a duras penas.

En efecto, “Mercedes Rodrigo aprueba el examen de ingreso en la Escuela Normal de Maestras el 16 de junio de 1906 con la calificación de aprobado. Durante su carrera, que duraba dos años (en su caso, de 1908 a 1910), destacaría en sus estudios musicales (no olvidemos que tanto su padre como su hermana mayor eran profesores de música, por lo que seguramente Mercedes Rodrigo había recibido completa educación musical) y en las asignaturas de ciencias (Aritmética, Álgebra y Geometría), mientras que, curiosamente, sus resultados en las escasas materias pedagógicas del pobre programa académico que se impartía entonces a los maestros superiores eran más bien mediocres. Obtuvo su título de maestra superior tras el tercer ejercicio de reválida del grado superior, el 4 de julio de 1911”. (HERRERO GONZÁLEZ, Fania. Mercedes Rodrigo: una pionera de la Psicología Aplicada en España y Colombia. Facultad de Filosofía. Universidad Complutense de Madrid, p. 115)

Muchos años después, Daniel Goleman sacudirá las pétreas estructuras de los paradigmas sociales al indicar que no necesariamente los estudiantes destacados llegan a tener éxito en la vida profesional y que alumnos que nunca brillaron en las aulas terminan convirtiéndose en figuras estelares de sus profesiones. Hablará, entonces, de la Inteligencia Emocional, una de cuyas manifestaciones más elocuentes es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Y esa cualidad sí que resultará definitiva cuando se trate de un profesional de la Psicología. Ello vendría a comprobarse -con décadas de anticipación a Goleman- en el caso de Mercedes Rodrigo.

Y es que ella, ya como maestra, empezará a brillar con luz propia. Es así como se dedicará a la formación, no de niños “normales”, sino de niños ciegos, niños sordomudos, niños inválidos y niños “anormales”.

Ello, aunque su trabajo como investigadora comprenderá a la niñez en general, conforme se pone en evidencia con su investigación acerca de qué pensaba la niñez española -los niños ricos, los niños pobres, las niñas ricas y las niñas pobres- respecto de la guerra (1922).

España, en efecto, hacía presencia en el África a través del Protectorado de Marruecos. Empero, en 1921 las tribus del Rif (región montañosa del noroccidente marroquí con costa sobre el Mediterráneo) se sublevaron contra el poder colonial español. España envió, entonces, a su ejército con el propósito de someter la rebelión. Todo habría de terminar en un terrible desastre: en una sola batalla, la de Annual, murieron más de cuatro mil soldados españoles. En otra subsiguiente, la toma del fuerte Monte Arruit por el enemigo, se produjo una horrorosa matanza en la que murieron más de tres mil soldados españoles. La retaliación española habría de ser escalofriante. La naciente “República del Rif” (1924) será brutalmente aplastada al año siguiente de su nacimiento (1925).



La recién graduada psicóloga quiso aproximarse, pues, a la mente de los niños a través del tema más espinoso y sensible del momento dentro de la sociedad española: la guerra de Marruecos. Esta fue la primera investigación de Mercedes Rodrigo en su país. No se imaginaba la investigadora que en la década siguiente, entre 1936 y 1939, tendría que enfrentar la tragedia de la guerra dentro de las propias fronteras españolas incluyendo al mismísimo Madrid, bombardeado y sitiado sin misericordia por las tropas sublevadas contra el gobierno republicano.

Otro segmento de su interés lo constituirán los niños superdotados. Volcará también su labor en el tema de la inteligencia infantil así como también se dedicará al estudio de la higiene mental en los niños.

Pero, igualmente, abordará con profundidad científica la compleja y espinosa temática de los niños desviados, violentos y delincuentes. Refiriéndose a esta población, narrará más tarde sus experiencias en torno al inmenso poder reformador de la ternura:

“Sufrimos intensa emoción -relatará en 1949- cuando al hacer sentar, como a todos, junto a nuestra mesa a uno de los niños para hablar con él, le vimos ponerse intensamente pálido y desmayarse. Convenientemente cuidado en la enfermería, dos días después, en una de nuestras numerosas visitas, el niño en cuestión nos abrazó súbitamente y con los ojos arrasados en lágrimas dijo las siguientes palabras difíciles de olvidar: ‘señorita, tengo doce años y usted es la primera persona en mi vida que me ha hablado con cariño”. (Introducción al estudio de la Psicología, p.p. 101 -102).

Dentro de este contexto, se convertirá en una severa crítica de los métodos disciplinarios imperantes, fundados exclusivamente en el castigo físico, muchas veces brutal. Estos cuestionamientos los hará no solo a lo que sucede dentro de los hogares, sino también a lo que ocurre en los establecimientos educativos donde el profesor enseña las tablas de multiplicar paseándose con lo que llama un “palo educador”. “La acción científica y comprensiva de la higiene mental -advertirá- tiene que penetrar cada día más en el ambiente escolar y en la familia, tiene que llevar a cabo de modo intenso la misión de salvar a la infancia desvalida mentalmente, incomprendida, enferma, a esos pobrecitos «niños malos» que muchas veces no tienen más culpa que el haber nacido con una tara, o el estar rodeados de un ambiente familiar indigno”. “La cuestión -puntualiza Fania Herrero- es aún más seria si la enfermedad no diagnosticada a tiempo es la epilepsia, o incluso la esquizofrenia: desde su experiencia personal, Rodrigo asegura que estos niños suelen ser tratados con extrema crueldad, y su comportamiento está permanentemente sujeto a la censura y el desprecio de quienes les rodean” (ob. cit., p. 157).

Empero, Mercedes Rodrigo no solo abordó la psicología educativa y la psicología clínica. También se dedicó a la psicología organizacional y trabajó en el área de la prevención de accidentes, tanto los que ocurrían dentro de las empresas -es decir, los accidentes laborales- como los que tenían lugar en las calles, en el tránsito vehicular, cuya etiología estaba asociada a factores como la falta de sueño, las jornadas excesivas o la mala alimentación. Promovió, por ejemplo, la idea de que los conductores debían ser sometidos a valoración psicológica.

La investigadora abordó, así mismo, las áreas de la orientación vocacional (¿qué quisieras ser cuando seas grande?) y de la selección profesional (¿quién es el más apto para este empleo?).

Con el propósito de investigar en las fuentes directas las formas de educación reinantes en otras latitudes, se dedicó a viajar a diferentes lugares fuera de España. De hecho, cuando le otorgan la beca para estudiar Psicología en el exterior, ya ha visitado diversas instituciones educativas de “anormales”, sordomudos y ciegos en Alemania, Francia y Bélgica (1913).

Su periplo por Europa tendrá que interrumpirlo: lleva tan solo tres años como maestra titulada cuando el 28 de junio de 1914 el archiduque del Imperio Austro-húngaro Francisco Fernando y su esposa Sofía arriban en tren a Sarajevo. Horas después se produce el atentado en el que pierden la vida . Estallan, entonces, los horrores de la Primera Guerra Mundial.

No será esta, sin embargo, la única conflagración bélica que se le cruzará en el camino.

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La guerra civil trae consigo no solo violencia, muerte, viudez, orfandad, mutilación, dolor, destrucción, miseria y atraso, sino además una profunda división en todos los escenarios sociales. Y es que al dividirse un país, se divide internamente su iglesia católica, se dividen internamente sus partidos, se dividen internamente sus sindicatos, se dividen sus artistas, sus escritores, sus poetas, y, por supuesto, se dividen internamente sus familias.  Era inevitable, por ello, que un sector de la iglesia católica española se fuera a favor de los unos y otro sector se fuera a favor de los otros, y que así sucediera con todos los entornos de la sociedad española de entonces.

De acuerdo con esas divisiones, sobrevienen los correspondientes odios y las correspondientes persecuciones de todos contra todos.  Así, la persecución religiosa fue dirigida contra un Josemaría Escrivá de Balaguer por el sector republicano y contra los curas afines a este sector por los golpistas.  Los muertos y los fugitivos tenían que provenir, pues, y en efecto provinieron, de ambos lados.  El padre Pedro Poveda fue fusilado frente a la tapia del cementerio de Madrid por los republicanos y el padre Escrivá tuvo que escapar de ellos a través de Los Pirineos, a pie, mientras que, en cambio, religiosos como Martín de Lekuona, Gervasio de Alvizu, José de Ariztimuño, Alejandro de Mindukete, José Adarraga, José Iturri Castillo,  Aniceto de Eguren, José de Markiegi, Leonardo de Guridi, José Sagarna, José de Arín, y los padres Lupo, Olano y Román del convento de carmelitas en Amorebieta (Vizcaya) fueron asesinados por el sector nacionalista al igual que José Pascual Duaso y Andrés Ares Díaz. Numerosos clérigos fueron asesinados por los republicanos, entre ellos los obispos Florentino Asensio Barroso, Manuel Basulto Jiménez, Manuel Borrás Ferré, Narciso de Esténaga Echevarría, Salvio Hulx Miralpeix, Manuel Irurita Almándoz, Cruz Laplana y Laguna, Manuel Medina Olmos, Eustaquio Nieto Martín, Anselmo Polanco Fontecha, Juan de Dios Ponce y Pozo, Migue Serra Sucarrats y Diego Ventaja Milán. Como siempre sucede en estos casos, ambos bandos aducían que no se había matado a los sacerdotes por razones religiosas, sino por motivos políticos, como si con semejante argumento sus horrendos crímenes quedaran justificados.  Hay fotografías de milicianos izquierdistas disparando contra las imágenes sagradas o vistiendo los ornamentos con el fin de ridiculizarlos y está documentado el asesinato de sacerdotes inermes e indefensos a manos de los fanáticos del bando derechista bajo sindicaciones etéreas y sin posibilidad alguna de defensa.  Una de las divisiones internas dentro de las familias españolas  -la más conocida por la prestancia intelectual de sus protagonistas- ocurrió en el seno de la familia Machado.  En efecto, Antonio y Manuel eran eximios poetas, magníficos escritores y sobresalientes dramaturgos; hasta unos pocos años antes del conflicto tenían montado un exitoso grupo de teatro y viajaban juntos en giras por diversos lugares presentando sobre el escenario obras que eran el producto del talento conjunto. Pero luego sobrevino el odio político de la confrontación bélica interna y, entonces, de aquella unidad literaria y artística no quedó nada, excepto el recuerdo. La familia se partió abruptamente en dos: Antonio se fue de parte de los republicanos mientras que Manuel no solo se fue de parte de los nacionalistas, sino que se convirtió en un poeta de temas profundamente religiosos. Y como el odio trae consigo también la estupidez, y una de sus más evidentes manifestaciones consiste en desconocerle los méritos a aquel que no comulga con nosotros y solo reconocérselos a quien sí lo hace, los republicanos terminaron exaltando solamente a Antonio Machado mientras que los nacionalistas hicieron lo propio con Manuel.  Éste no tenía, entonces, valor alguno como poeta para los republicanos, y aquel no lo tenía para los enceguecidos partidarios del sector nacionalista.



Claro que la guerra civil trae consigo otras arbitrariedades como la de apropiarse de nombres, de emblemas, de símbolos que le pertenecen a toda la comunidad nacional, como si el enemigo no tuviese el mismo derecho. De lo primero que se apropian es de la bandera del país, que pasa a ser una supuesta propiedad exclusiva de uno u otro bando. Y, consiguientemente, se apropian de expresiones que obviamente son comunes: “nación”o “patria”, por ejemplo.  Los partidarios del golpe militar e iniciadores de la guerra se apropiaron del término nacionalistas y, en consecuencia, divulgaron en su país-y con el tiempo fueron esparciendo en el mundo- la idea de que el resto de españoles no lo eran, que era como decir que no eran parte de la nación española.  Su argumento, cada vez más seductor, fue simple y escueto: aquellos habían hecho alianza con un país extranjero, con Rusia, por lo tanto no eran verdaderos españoles, no eran nacionalistas. Ellos, claro está, sí lo eran. Lo que no explicaron nunca -ni sus partidarios se lo preguntaron tampoco, silenciados por la adulación o por el miedo- fue por qué su nacionalismo sí les permitía hacer alianza con otros países igualmente extranjeros, como la Alemania de Adolfo Hitler y la Italia de Benito Mussolini.  Y es que esta es otra dialéctica de la guerra y, en general, de la política: Lo que se hace es malo si lo hace mi enemigo, pero es bueno si lo hago yo. Lo cierto es que “El padre de los pueblos”, “El Duce” y “El Führer” metieron la mano hasta el codo en el espantoso conflicto interno español.

La sangrienta crueldad de la guerra se lleva por delante lo que sea, hasta los más elementales sentimientos de consideración hacia los demás seres humanos. El 4 de enero de 1937, por ejemplo, los republicanos se tomaron las cárceles de Bilbao y asesinaron sin fórmula de juicio a los más de dos centenares de presos -obviamente militantes del bando derechista- ejecutando a unos en el patio de la prisión y disparándoles a otros desde las rejas de sus celdas. Poco antes, Bilbao había sido bombardeado por aviones alemanes con un saldo de siete personas muertas.

Una de las primeras víctimas de toda confrontación es siempre la verdad. Acerca del bombardeo del municipio de Guernica, por ejemplo (26 de abril de 1937), mintieron ambos bandos: el nacionalista dijo que había sido la aviación española la que soltó las bombas porque en España no había aviones alemanes, ni italianos, ni de ningún país extranjero, pero después se supo que eso no era cierto, que Guernica fue bombardeada por aviones de la Alemania nazi y que los sublevados contaron con el apoyo militar de Hitler y de Mussolini. [De hecho, aviones de la Italia fascista llevaron a cabo el cruento bombardeo de Durango en el que murieron más de doscientos cincuenta españoles inocentes (31 de marzo de 1937)]. Los republicanos, por su parte, dijeron que ese lunes era día de mercado -cosa que era cierta- y que por ello las bombas cayeron sobre la multitud que mercaba -cosa que no lo era, porque el mercado de ese día había sido suspendido desde por la mañana-. También dijeron que los muertos superaban los mil, pero más tarde se supo que ascendieron a aproximadamente ciento sesenta. La diferencia es abismal, aunque, desde luego, el valor de la vida humana no está sujeto a estadísticas.

Y como desatada la guerra se desata la irracionalidad, algo que sobreviene son los asesinatos de represalia. El ser humano no es, entonces, más que una cosa contra la cual simplemente se dispara con el fin de desquitarse del otro bando por algo que ha hecho. En ocasiones, previo al asesinato de los indefensos rehenes, se da, obviamente, la amenaza de su ejecución tratando de disuadir al enemigo. En la Guerra Civil Española la amenaza o la represalia tenía que ver con los bombardeos, de los que, por lo demás, no importaba en absoluto que afectaran a gente culpable o inocente.
Así, los sublevados amenazan a los republicanos con que si bombardean Zaragoza (ya en poder suyo), fusilarán al general republicano Miguel Núñez de Prado, a quien tienen prisionero. Un buque republicano le contesta: “Si escuadra tiene conocimiento se produce fusilamiento general Núñez del (sic) Prado, fusilará a 90 jefes y oficiales y a un general que tiene prisioneros”.
Cuando los republicanos bombardean Huesca y Jaca, el comandante militar sublevado de Jaca, Rafael Bernabeu, amenaza con que fusilará a los parientes de los que él llama “rojos” y que lograron huir. A pesar de la amenaza, se produce un nuevo bombardeo y, entonces, efectivamente son fusiladas cien personas, incluido el alcalde, Mariano Carderera Riva.
Como represalia por el primer bombardeo aéreo de Cartagena (domingo 18 de octubre de 1936) fueron sacados de la cárcel de San Antón y fusilados en el cementerio de la ciudad cuarenta y nueve prisioneros. Tras el bombardeo de Alicante (28 de noviembre de 1936), fue asaltada la cárcel, sacados también cuarenta y nueve presos y fusilados en las paredes del cementerio. Como retaliación por el bombardeo que un crucero de los sublevados llevó a cabo contra el puerto de Rosas, se desencadenó una matanza: en Gerona fue asaltado el seminario, donde ya no se formaban curas, sino se mantenían prisioneros, y a dieciséis los fusilaron; en Sant Feliu de Guíxols diez personas, de las cuales seis eran sacerdotes, fueron conducidas al cementerio y fusiladas allí; en Olot también asaltaron la prisión y diez personas fueron fusiladas; en Tarrasa detuvieron a doce personas y las asesinaron; en Tarragona mataron a un sacerdote. El 6 de diciembre de 1936 en Guadalajara, como represalia por el bombardeo de Madrid, las turbas indignadas asaltaron la cárcel y asesinaron a la totalidad de los presos derechistas, cerca de doscientos ochenta personas que habían dejado de serlo. En Jaén, y como represalia por los bombardeos, en abril de 1937, ciento veintiocho personas derechistas que se hallaban encarceladas fueron sacadas de la prisión y fusiladas junto al cementerio. En Gijón, en agosto de 1937, se respondía a cada bombardeo con el fusilamiento, en la cubierta del barco-prisión Luis Caso de los Cobos, a decenas de los quinientos derechistas que se encontraban prisioneros allí, entre ellos algunos sacerdotes. Por su parte, a Madrid la bombardearon los nacionalistas dizque para “desmoralizar” a los madrileños y hacer que se rindieran. También para “desmoralizar” a la población civil fueron bombardeadas muchas otras ciudades españolas, como Barcelona, que terminó convirtiéndose en la ciudad más bombardeada por los nacionalistas durante la atroz guerra fratricida.



Otro tópico que inevitablemente emerge en la guerra es Dios. A él se le invoca como el símbolo de alguno de los bandos y, entonces, se pretende que todas las atrocidades propias del conflicto se llevan a cabo en su nombre. Incluso se le atribuyen “milagros”. Y si no le son atribuidos a él directamente, se le endilgan a alguno de sus intercesores. Uno de los casos más sonados fue el de las tres bombas arrojadas por la aviación republicana sobre Zaragoza el 3 de agosto de 1936, las cuales cayeron sobre la catedral, pero no explotaron. Según los creyentes, ello se debió a un milagro de la Virgen del Pilar. Para los no creyentes, claro está, no hubo milagro alguno. “El milagro -dice José Francisco Mendi, político y escritor de izquierda de la provincia de Aragón- hubiera sido que explotaran, porque era imposible que estallaran. Estaban mal hechas. La munición de aquella época (afortunadamente para muchos de nuestros abuelos y bisabuelos) era un desastre. Es de lo poco claro que sabemos. Hubo un informe del Parque de Artillería de Zaragoza que demostró que eran unos proyectiles “deconstruidos” por algún cocinero militar de la época, lo que hacía imposible su detonación. Eso dificultó que la iglesia nacional católica de la época pudiera hablar de “milagro”, aunque la leyenda no sólo se dejó correr sino que se impulsó oficialmente”. (heraldo.es).

¿Quién comenzó? Este es, por supuesto, punto de eterno conflicto. En el caso de la Guerra Civil Española, un sector del ejército se sublevó contra el gobierno que había sido elegido de acuerdo con los cánones de la democracia. Sin embargo, los sublevados justificaron su acción con el argumento de que el gobierno lo que quería era entregarle España al comunismo soviético e invocaron como detonante la situación generalizada de desorden y desgobierno que reinaba en el país y la consiguiente falta de garantías para los desafectos al gobierno. De hecho, lo que siempre alegaron como “florero de Llorente” fue que al asesinado líder de la derecha José Calvo Sotelo lo sacó de su casa aquella madrugada una patrulla de la policía y fue dentro de ella que lo asesinaron.

Desde luego, una cosa es el detonante y otra cosa son las causas que se van sumando hasta que explota el conflicto. Acerca de esas causas, también se difiere porque cada cual ve la cuestión bajo ópticas distintas. Así, se afirma que “Las causas básicas de la guerra civil consistieron en la falta de solución de los problemas que comportaba la modernización de España: desarrollo industrial desigual y basado en la explotación; un arcaico sistema de reparto de tierras, que se resistía vigorosamente a cualquier intento de reforma agraria moderada; las luchas de las organizaciones sindicales entre sí y contra la patronal; un numeroso cuerpo de oficiales que había sido humillado (…) en las campañas marroquíes; poderosos movimientos autonomistas en el País Vasco y en Cataluña; fuertes pasiones respecto de la influencia de la Iglesia en la enseñanza. Ni la monarquía constitucional (1876-1923), ni la Dictadura de Primo de Rivera (1923-30), ni la República (1931-36) habían sido capaces de resolver estos problemas, y en la primavera de 1936 tanto la derecha como la izquierda estaban dispuestas a recurrir a la fuerza” (Salvat Universal. Diccionario Enciclopédico. Tomo 9. Barcelona. 1986, p. 76).

La guerra, en fin, se explica siempre desde perspectivas políticas, económicas y militares. Jamás, por supuesto, se aborda el componente psíquico, la propensión humana a la resolución de sus conflictos con los demás a través de la violencia. Tampoco, el componente ético: la guerra se desata cuando en el seno de las sociedades la pérdida del respeto por los demás ha sobrepasado todos los límites y ya se han reblandecido -si no acabado por completo- los frenos inhibitorios morales, de modo que la conciencia social ha llegado a la anestesia y matar a otro simplemente se contempla como opción apenas lógica para alcanzar el poder o para mantenerlo.

La brutalidad de la guerra civil se extiende a todo. Hasta a la Poesía. Federico García Lorca era uno de los poetas más prestigiosos del mundo de habla hispana. Apenas un año antes de que estallara la guerra (1935), Pablo Neruda le había dedicado su célebre oda, cuyo contenido premonitorio del desgarrador dolor que habría de sentir el autor al año siguiente, asombra a los críticos literarios (“Si pudiera sacarme los ojos y comérmelos…”). El 18 de agosto de 1936, en un camino de Granada que conduce a Víznar y cuando el conflicto bélico llevaba tan solo un mes de haber estallado, el destacado bardo español fue aprehendido y fusilado por los nacionalistas. Pero como la reacción del mundo literario internacional no se hizo esperar, habilidosamente se trató de hacer creer, primero que el paradero del ilustre vate se ignoraba, y finalmente que su homicidio había estado asociado a su condición de homosexual, algo así como un crimen pasional, jamás un crimen determinado por las que se creían que eran sus inclinaciones ideológicas.

Y, desde luego, la intolerancia y la irreflexión propias de la guerra civil llega hasta la ciencia. Eso lo sabía el director del instituto donde trabajaba Mercedes Rodrigo, José Germain.  El reputado psiquiatra y psicólogo se encontraba en el exterior cuando estalló la de su país y temió regresar a él porque sintió que las condiciones de inseguridad eran absolutas. De hecho, otra personalidad de la nueva pedagogía, María Montessori, quien se hallaba en España, concretamente en Barcelona, aplicando su metodología a la enseñanza de la catequesis, abandonó el país cuando estalló el conflicto. La ilustre psiquiatra y pedagoga italiana se marchó a Holanda.

Finalmente, el no retorno de Germain se hizo realidad. Fue entonces cuando Mercedes Rodrigo asumió la dirección de la institución, confiada en que por no militar en ninguno de los partidos ni movimientos políticos en contienda nadie se metería con ella para nada.

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El golpe de Estado contra el gobierno republicano de Manuel Azaña comienza en el Protectorado de Marruecos el 17 de julio de 1936, pero solo tiene éxito en algunos territorios de España. Tomarse Madrid era, obviamente, propósito principalísimo de las fuerzas sublevadas. A comienzos de noviembre de 1936, ya los nacionalistas se encontraban a las puertas de la capital. El gobierno republicano la abandona y se traslada a Valencia, declarada nueva capital de la España republicana, mientras a la Junta de Defensa de Madrid se le encarga el impedir que la ciudad sea tomada por los golpistas. El 8 de noviembre de 1936 principia el feroz ataque contra Madrid. Pero como la resistencia impide la toma de la ciudad, se da inicio a un sitio militar que se mantendrá durante todos los tres años que durará la espantosa guerra. Madrid será, entonces, bombardeado por la aviación del bando sublevado y se producirá la muerte de centenares de españoles, incluida por supuesto la población civil inocente. El primer bombardeo se lleva a cabo en la noche entre el 16 y 17 de noviembre de 1936. A partir de ahí, Madrid será una ciudad repetidamente (a veces diariamente) bombardeada.
“El ataque del día 16 de noviembre sobre el Museo del Prado, aunque el incendio del tejado fue rápidamente sofocado, causó un gran escándalo internacional, y obligó a plantearse el traslado de los principales cuadros a Valencia. Ese mismo día también fue bombardeado el edificio de la Biblioteca Nacional, lo que obligó a iniciar el traslado de los 630.000 volúmenes que se encontraban en sus sótanos. A partir de esa fecha se generalizaron también los bombardeos nocturnos. Como consecuencia de todos estos bombardeos Madrid era un caos y, como explicó un testigo presencial, “los madrileños debían refugiarse cada poco tiempo en el metro o en los portales, en medio del ruido de las explosiones y de las sirenas de ambulancias y bomberos”.

Los días 18 y 19 de noviembre de 1936 Madrid sufrió día y noche una durísima oleada de bombardeos, durante los cuales murieron 133 civiles, que provocaron que el cuerpo diplomático hiciera pública el día 20 una nota de protesta por los “bombardeos aéreos que causan numerosas víctimas indefensas en la población civil, entre ellas, tantas mujeres y niños”.

Al fracasar el ataque frontal los sublevados decidieron envolver Madrid por el noroeste concentrando sus fuerzas para cortar la carretera de La Coruña e intentar penetrar por allí hacia la capital.

Fracasado el intento de envolver Madrid por el noroeste y atacarla por el norte, los sublevados lo intentaron por el sureste avanzando hacia el río Jarama para cortar la vital carretera de Valencia, por donde llegaban a Madrid la mayoría de sus suministros. La batalla del Jarama se inició el 4 de febrero y terminó el 23 de febrero de 1937 sin que los rebeldes lograran su objetivo.  Tras este intento, los sublevados se encuentran con todas sus tropas del frente de Madrid agotadas y sin reservas. Los republicanos están también exhaustos pero han logrado poner freno a todas las ofensivas franquistas aún a costa de perder unos cuantos kilómetros de territorio. Es entonces cuando aparecen en escena los oficiales italianos del Corpo Truppe Volontarie (CTV) que presentan a Franco un plan con el cual atacar el frente republicano de Guadalajara, cogiendo por la espalda a las tropas que estaban en el frente del Jarama y cerrando, así, el cerco sobre Madrid desde el noreste.

Este último intento de envolver primero Madrid y después iniciar el asalto a la capital dio lugar a la batalla de Guadalajara. La idea italiana de la ofensiva era atacar Madrid desde el noreste dirigiéndose a Guadalajara y una vez tomada esta ciudad cortar la carretera de Valencia y entrar en la capital.

El plan tampoco resulta. Desde abril de 1937 la presión franquista sobre Madrid queda limitada a un asedio que no cesará ni un solo momento: Franco es paciente y prefiere esperar a que Madrid esté agotada para atacar.

La ciudad aguantará durante meses el asedio hasta prácticamente el final de la guerra, y a pesar del progresivo endurecimiento de las condiciones para la población madrileña, que veían cada vez más reducido el racionamiento de alimentos y medicamentos. Los bombardeos aéreos y el cañoneo desde el Cerro Garabitas empeoraban el ya difícil día a día de los madrileños, aunque se adaptaron a la situación lo mejor que pudieron. Los republicanos intentarán varias ofensivas y ataques en torno a Madrid para aliviar la presión sobre la ciudad” (La Batalla de Madrid. Wikipedia).

Hasta que, finalmente, ante las perspectivas sombrías de una resistencia inútil y con noticias cada vez más desalentadoras sobre los resultados de la guerra, sobreviene el golpe de estado del coronel republicano Segismundo Casado, un golpe desde adentro de la resistencia, que se produce entre el 5 y el 6 de marzo de 1939. Con Casado se sublevan otros jefes militares republicanos como el general Miaja o el anarquista Mera y políticos como Julián Besteiro. La sublevación prospera en un principio en Madrid y el resto de la zona centro-sur, pero la reacción de las tropas fieles a los mandos comunistas en Madrid no se hace esperar: Luis Barceló, después de dudarlo mucho, se pone al frente de la resistencia comunista al golpe de Casado. Entre los días 6 y 8 de marzo tienen lugar combates en las calles de Madrid entre los dos bandos hasta que el coronel Casado recibe refuerzos y el golpe interno se consolida. Luis Barceló será fusilado en las tapias del cementerio de Madrid el 15 de marzo. Casado se adueña de la situación.

El coronel Casado había justificado el golpe con la promesa de que obtendría una “paz honrosa” con Franco. Empero, este, cuyos agentes sólo han hecho unas vagas promesas a Casado, reitera que sólo aceptará la rendición incondicional. Así las “negociaciones” entre los oficiales enviados por Casado a Burgos y los oficiales del Cuartel General de Franco se convierten en la imposición de la rendición. Las tropas franquistas entran, pues, en Madrid el 28 de marzo de 1939 sin encontrar resistencia alguna. Al coronel Casado y al resto de miembros del Consejo Nacional de Defensa, excepto Julián Besteiro, quien decide quedarse en Madrid, se les permite escapar. Se embarcan, entonces, en un buque de guerra británico que les espera en el puerto de Gandía. Así termina el largo sitio de Madrid, el más largo de toda la guerra. [Con algunas pequeñas modificaciones, tomado de: La Batalla de Madrid. Wikipedia].

En ese Madrid bombardeado y sitiado, en medio de las más indecibles penalidades, tuvo que desplegar su trabajo la psicóloga Mercedes Rodrigo. Uno de los momentos más terribles que habrá de afrontar en desarrollo de sus tareas será el de la evacuación urgente de la niñez madrileña que debe ser puesta a salvo del desastre que se avecina. Leámosla:

“No es posible olvidar los cuadros de tristeza y horror que presentaban las humildes casas medio deshechas del madrileño barrio de Tetuán, después de los bombardeos aéreos. Cuántos padres acongojados nos entregaban, como representantes de la «Delegación de Evacuación» a sus pequeños con desgarradora tristeza, pero alentados con la esperanza de que los alejaban de un peligro que todos creímos momentáneo y local. Cómo olvidar tampoco aquellas despedidas de padres e hijos en que no había gritos ni escenas melodramáticas. Era un dolor profundo, sereno, resignado en los padres y eran lágrimas silenciosas sobre las mejillas de los pobres niños que aún sonreían cuando se les entregaba su paquetito de pan y chocolate suministrado por entidades extranjeras. No se podrá jamás borrar de la retina del que lo haya visto, el espectáculo digno de un Capricho de Goya, pero desgraciadamente realidad viva de aquellos grupos de niños, separados ya de sus padres, algunos para siempre, medrosos, sobrecogidos, muchos días con frío, bajo la lluvia, a veces con hambre, con miedo siempre, sumisos, obedientes a toda orden, asombrados, desorientados, dispuestos a dejarse llevar de cualquier forma y a cualquier sitio. La actividad era febril. Inmediatamente después de cada bombardeo, se aglomeraban padres e hijos pidiendo su salida inmediata de la capital Pero aún en aquellos instantes de ansiedad, se organizó racionalmente el trabajo y podemos asegurar que ni un solo niño salió de Madrid sin que quedasen consignados sus datos personales en fichas que contenían informes suficientemente completos para identificarlos en todo momento, y que hicieran más seguro el retorno a sus hogares de aquellos pequeñuelos, una vez pasada la tragedia. Trece mil y pico fue el número de fichas en que intervinimos directamente. Es decir, trece mil y pico de niños de ambos sexos nos fueron confiados por sus padres, con emoción, con angustia infinitas, con desesperación profunda al verse incapaces para proteger por sí mismos la vida de sus hijos. Trece mil y pico cartulinas de color rosa y azul según el sexo, y en cada una de ellas con datos escuetos y fríos la historia breve de un niño que vivía en Madrid, y que tuvo que salir de la casa de sus padres, de tal edad, que se marchó en tal expedición, con destino a tal sitio, donde otras personas buenas sin duda, en tal población lejana, se iban a encargar desde tal fecha de hacerles seguir viviendo materialmente, aunque desde aquel momento torcieran para siempre la trayectoria normal de su vida… Cartulinas de color rosa y azul cuidadosamente ordenadas en ficheros herméticos, helados, vosotras representáis uno de los aspectos más inhumanos de la guerra… “(RODRIGO, Mercedes. Lecciones de Psicología, 1946, p.p. 86-87. En: HERRERO GONZÁLEZ, Fania. Mercedes Rodrigo: Una pionera de la Psicología Aplicada en España y Colombia, p.p. 238, 239 y 240).

Como se anotó atrás, los estudios que se han llevado a cabo sobre la militancia política de Mercedes Rodrigo no la muestran como partícipe de ningún grupo político en particular. Pero la guerra civil toma en cuenta cualquier señal, cualquier indicio, el menor gesto, para de ahí deducir que su vorágine de violencia debe extenderse hasta esa persona.  Es así como la mera amistad, la tertulia, el café y hasta un simple saludo en la calle se convierten en razón suficiente para decretar y ejecutar la pena de muerte sin que previamente se pidan, ni mucho menos se escuchen explicaciones.  Era natural que Mercedes Rodrigo, profunda estudiosa del psiquismo humano, lo supiera o al menos lo presintiera.  También era lógico que la psicóloga española intuyera que cuando la guerra – toda guerra, cualquier guerra – está a punto de finalizar y ya se presiente quiénes serán los ganadores y quiénes serán los perdedores, se atisban en el horizonte los negros nubarrones de la represión de quienes ganaron contra quienes perdieron. Es presumible, pues, que se desencadenarán las redadas, los allanamientos, las capturas, los juicios sumarios cargados de arbitrariedad, los falsos testigos, el dejar hablar a los defensores solamente por cumplir un formalismo previo a la lectura de la condena que ya se ha redactado desde antes. Y por eso, antes de que acabe la guerra, comienza el exilio. Es algo así como una legítima defensa anticipatoria.

Al exilio habían partido, estaban partiendo y partirían en los días subsiguientes figuras cuyos nombres acabarían formando parte del patrimonio cultural latinoamericano: el actor Ángel Garasa, por ejemplo, llegaría a México y terminaría filmando memorables películas de humor al lado de Mario Moreno, Cantinflas; el jurista Luis Jiménez de Asúa se instalaría en Argentina y consolidaría en este continente su prestigio como uno de los grandes tratadistas de derecho penal de habla hispana; el filósofo y científico José de Recasens sería quien aquel inolvidable 20 de julio de 1969 ilustraría a los colombianos, al lado de nuestro locutor Antonio Pardo García, sobre los pormenores de la llegada del hombre a la luna. Al exilio también partirían el indigenista José María Ots Capdequi, el poeta Juan Ramón Jiménez y el psiquiatra y escritor Emilio Mira y López.

Mercedes Rodrigo, la primera psicóloga de España, no militaba en ninguna parte, pero sí tenía amigos en el bando republicano. Y, como se dijo atrás, eso es más que suficiente para temer por la vida. Es más: ya en el terreno científico, había trabajado con el eminente médico neurólogo y psiquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora (quien en 1911 -año en que Mercedes Rodrigo se graduó de maestra- había descubierto la Enfermedad de Lafora, una epilepsia progresiva). En 1938 el científico había partido al exilio por el peligro que le significaba su pasado republicano.

Por ello, antes de aquel primero de abril de 1939 en el que Francisco Franco dio el parte de victoria, la primera mujer graduada como psicóloga en España abandonó su patria para nunca más volver.  Como era previsible, se dirigió a la misma Suiza donde había estudiado y obtenido su cartón de psicóloga. Empero, solo permaneció allí unos pocos meses. Dos años atrás había recibido una invitación del rector de la Universidad Nacional de un lejano país de América del Sur llamado Colombia. Con dos años de atraso, decidió aceptarla y fue así como después de un viaje del que no conocemos detalles, llegó -el 2 de agosto de 1939- a la gélida ciudad de Bogotá.

Pues bien: con ella acababan de arribar a la capital de la lluvia, las brumas y el granizo los comienzos de una nueva profesión en Colombia: de la profesión llamada a abordar las complejas interioridades del alma humana, de la profesión de la esperanza, de la hermosa y hoy más que nunca importantísima profesión de la Psicología.

[CONTINUARÁ]

__________

ILUSTRACIONES: (1) Guerra Civil Española. Guernica bombardeada.

(2) Mercedes Rodrigo. Ilustración de Pedro Jesús Vargas Cordero.

(3) Eduardo Claparède.

(4) Eduardo Claparède y personal del Instituto J.J. Rousseau.

(5) Pierre Bovet.

(6) Pierre Bovet, Jean Piaget y personal del Instituto J.J. Rousseau.

(7) Jean Piaget.

(8) José Germain.

(9) Emilio Mira y López.

(10) María Rodrigo.

(11) Niña con Síndrome de Down jugando con otra niña.

(12) Guerra del Rif (Marruecos español). Desastre de Annual, en el que murieron más de cuatro mil españoles.

(13) Guerra del Rif (Marruecos español). Desastre de Monte Arruit, en el que murieron más de tres mil españoles. La entrada al fuerte antes del desastre.

(14) Guerra del Rif (Marruecos español). Desastre de Monte Arruit. La entrada al fuerte después del desastre.

(15) Manos de un menor encarcelado.

(16) The Schoolmistress (La maestra de escuela). 1770. Jean Honoré Fragonard (Grasse, Francia, 1732 – París, 1806).

(17) El archiduque del Imperio Austro-húngaro acaba de descender del tren en Sarajevo. Horas después será asesinado junto a su esposa y estallará la Primera Guerra Mundial.

(18) Guerra Civil Española. Madrid bombardeado.

(19) Guerra Civil Española. Madrid bombardeado.

(20) Guerra Civil Española. Madrid bombardeado.

(21) Guerra Civil Española. Madrid bombardeado.

(22) Guerra Civil Española. Niños jugando a fusilar.

(23) Guernica. Pablo Picasso. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid.

(24) Guerra Civil Española. El comandante militar de Guadalajara acaba de ser capturado por los republicanos luego de la toma del puente de Linares y es conducido hacia el lugar de su fusilamiento. Fotografía del estudio Abero y Segovia. 22 de julio de 1936.

(25) Guerra Civil Española. Republicanos que acaban de rendirse son conducidos prisioneros por las tropas nacionalistas. Somosierra, serranía de Guadarrama, 1936. “Los combates en Somosierra (…) fueron feroces y los prisioneros eran fusilados, en ambos bandos” (Hugh Thomas. La guerra civil española. Editorial Grijalbo. 1976).

(26) Imagen que, a la postre, condujo a la Guerra Civil Española: en el suelo, donde fue tirado por sus asesinos, yace el cadáver del líder político de la derecha José Calvo Sotelo.

(27) José Calvo Sotelo.

(28) Poeta Federico García Lorca.

(29) Guerra Civil Española. Madrid bombardeado.

(30) Guerra Civil Española. Niños madrileños frente a sus casas destruidas por los bombardeos.

(31) Guerra Civil Española. Muertos en las calles madrileñas bombardeadas.

(32) Guerra Civil Española. Niños españoles rumbo al exilio.

(33) Guerra Civil Española. Niños españoles exiliados.

(34) Guerra Civil Española. Niños españoles rumbo al exilio.

(35) Única fotografía conocida de Mercedes Rodrigo. Fotografía de carnet. 1940. Archivo General de la Administración. Alcalá de Henares. Wikimedia Commons. Fania Herrero.

(36) Gonzalo Rodríguez Lafora.

(37) Eros, dios del Amor, y Psique, diosa de la Psicología (aunque no tenía origen divino, sino humano). La letra griega Psi, símbolo de la Psicología.

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Una respuesta a LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA Y LOS ALBORES DE LA PSICOLOGÍA EN COLOMBIA. [Informe especial. Capítulo I]. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

  1. INGRID CORREA dijo:

    Excelente artículo, muy bien documentado.

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