VICKY (Crónica, Capítulo II). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Dos años atrás, en 1964, los curas jesuitas habían fundado una cosa llamada Cenpro y, cuando menos se percató Colombia, para asombro de las señoras de rebozo y veladora que se iban a oír la misa en el único lugar posible para oírla, que no podía ser sino la casa de Dios – a la otra puerta de la casa del cura-, y, por supuesto, para asombro mío, que -formado en materia religiosa en el catecismo del padre Gaspar Astete- creía lo mismo que ellas, una mañana de domingo apareció en la pantalla de los escasos televisores que los colombianos tenían instalados en la sala de sus casas -o sea un paso antes del comedor- el controversial milagro de la misa en directo pero a distancia, la misa en televisión, y, poco tiempo después, algún día se vio en el coro, o como casual refuerzo del mismo, a las estrellas que por aquellos días iluminaban el firmamento artístico nacional, entre ellas la joven vallecaucana de capul y cabellos largos que ya era famosa gracias a su “Llorando estoy”, ante cuyo descubrimiento dentro del grupo de cantores todos empezaron a decir en voz alta, olvidando que estaban en plena misa: “¡Miren, miren, ahí está Vicky!”, sin que faltara, por supuesto, la inevitable precisión del lugar que ocupaba dentro del grupo e, incluso que alguno se parara del piso y la mostrara tocando la pantalla con el dedo índice.


El jesuita Germán Bernal nos recuerda aquellos tiempos: “Desde 1960 los jesuitas de Colombia conformaron un grupo apostólico dedicado a la pastoral de las comunicaciones sociales, muy especialmente enfocado a la producción de programas por televisión. El padre Rafael Vall-Serra, S.J., dio inicio a la obra, que se llamó Centro de Producción de Televisión, Cenpro, y luego daría origen a la actual empresa comercial del mismo nombre. Cenpro inició la transmisión de la misa por televisión en Colombia. En 1964 se comenzó a celebrar la santa misa desde un pequeño estudio de Inravisión. Con el exiguo apoyo económico de una cadena de almacenes, se pudo comenzar esta emisión de la eucaristía, trasmitida en vivo y en directo. El grupo de jesuitas de Cenpro aseguraba la continuidad del programa. Los jóvenes estudiantes de humanidades y filosofía de la Compañía de Jesús colaboraban en la elaboración de los guiones y en otros aspectos de la producción. Se contaba con medios muy precarios: por ejemplo, las imágenes que enriquecían el programa eran láminas pegadas sobre cartones, tomadas por una de las cámaras del estudio; de otra parte, el espacio para la celebración era muy estrecho. Y no debemos olvidar que en aquellos comienzos de la televisión en Colombia la señal era en blanco y negro”.


Pero Vicky no se resignó, como otros artistas de su generación, a quedarse congelada en el tiempo, ocupando las páginas, cada vez más amarillas, de los periódicos de la época, los diarios de ese 1966 en el que irrumpió con todo el sortilegio de sus baladas. Por cierto, uno de estos, fundado el año inmediatamente anterior, advirtiendo con inequívocas señales de humo el espíritu sensacionalista y mercachifle que habría de caracterizarlo siempre, no había tenido empacho en difundir contra ella, cuando apenas despuntaba, cuando era tan solo una jovencita soñadora con escasos 19 años, una especie irresponsable cuya solidez bien habría podido servirle a Paul Tabori para nutrir su Historia de la estupidez humana, pero que, en todo caso, alcanzó a desencadenar en la escuela un enfrentamiento entre sus seguidores y sus detractores, que, dicho sea de paso, fue parado en seco cuando los contrincantes avistamos la presencia del rector, pues sabíamos que por mucha Declaración Universal de los Derechos del Niño que hubiera, a los profesores de la Camacho Carreño jamás les temblaba el pulso para cogerlo a uno a reglazos si lo ponchaban, y no precisamente en un partido de béisbol, sino pasándose la disciplina por la faja.


Fue así como seguí viéndola y escuchándola cantar durante los comienzos de la década siguiente, en las noches solitarias en que casi dormitando sobre mi escritorio de periodista imaginario esperaba, no solo a que el reloj diera las campanadas de las once, sino a que mi malogrado amigo Rafael Bohórquez Jr. subiera desde el taller hasta la sala de redacción llevando consigo no solo las últimas pruebas por corregir, sino el bálsamo reconfortante de su indeclinable sonrisa. Y era que en ese lejano 1973, yo tenía que aplicarme a la tarea de marcar los yerros en aquel inolvidable Diario del Oriente, hoy no solo desaparecido, sino también olvidado, pero que alcanzó a aproximarme tanto al hermético y fascinante mundo de los linotipos como a la posibilidad de culminar mi interrumpido bachillerato.

También, desde luego, en las postrimerías de ese decenio, en aquel 1979 en el que mientras Vicky lanzaba su nuevo y exitoso “Pobre gorrión”, yo aceleraba la terminación de mi tesis de grado tratando de convencer a propios y extraños de que en Colombia todavía existían indígenas.

Y todavía seguía oyendo su voz y sus letras cargadas de delicadeza y de ternura en los albores de la década de los 80 cuando aún la hoy superpoblada Cabecera del Llano de mi solar nativo, y a donde nos acabábamos de pasar a vivir, era un sector casi desolado.


A la sazón, el país todavía no había sido sometido a la crónica cotidiana del espeluzno impune que se desplomaría sobre nuestro suelo desdichado pocos años después, cuando las tiernas letras de Esperanza Acevedo persistían, talvez más que nunca, en su impagable tarea de deleitarnos. Y es que iría a ser dentro de esa misma década, en la que sobrecargados de ilusiones habíamos principiado el ejercicio de la hermosa carrera que escogimos, cuando los alias de todos los pelambres pretenderían prohibirnos a los colombianos, bajo pena capital y con la cómplice indiferencia o la activa cooperación de los poderosos, el pacífico y legítimo ejercicio de nuestro inviolable derecho a ser honestos.

Una tarde cualquiera de sábado del año 1982, sentado en uno de los confortables muebles rojos de nuestra primera sala, mientras se avecinaba el crepúsculo, todavía observable desde el oriente de Bucaramanga sobre los lejanos cerros de occidente, abrí su recién adquirido disco -el primer disco suyo con el que pude salir airoso de la hoy también desaparecida tienda de Discos Diana- y puse a sonar la primera canción grabada en aquel acetato pulcramente editado por el sello Orbe. Así conocí de cerca ese precioso tema que ella tituló “Amor amargo”, con el que creí comprobar -nunca supe si con acierto o sin él- que Esperanza Acevedo era una magnífica compositora de baladas tristes porque, además de su indiscutible talento para la música, en el fondo de su corazón era una persona profundamente sensible y naturalmente propensa a la tristeza.

Hace pocos días, los medios que empezaron a esparcir la noticia de su muerte dijeron que acababa de fallecer una cantante de protesta de los años 60. Cuando leí aquello, tuve la intención de escribirles para aclararles que eso no era cierto, que Vicky solamente le había cantado al Amor. Pero luego desistí de la idea porque llegué a la conclusión de que, en realidad, sí lo había sido.

Porque en una sociedad proclive al desafecto, a la exclusión, a la indolencia, a la violencia y a la guerra, todo aquel que le cante al Amor es un cantante de protesta.

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, domingo 19 de marzo de 2017.

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4 respuestas a VICKY (Crónica, Capítulo II). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

  1. Héctor Hernández Mateus dijo:

    Qué bien por este homenaje, clarifica aspectos de su vida. Siempre la llevaremos en nuestro afecto, por ser lo que fue, como artista y persona. Felicitaciones por su trabajo.

  2. Carlos López Tascón dijo:

    Hermoso y merecido comentario sobre Vicky… quien sí fue una valiente cantante de protesta. Una de las pocas que existieron en Colombia, en donde la juventud de nuestra época no solo olvidó sus raíces musicales, sino que estaba convencida de que la protesta artística era solo patrimonio de los “cantores” y grupos musicales chilenos, uruguayos y argentinos, cuando no también norteamericanos.

    Un sentido adiós a Vicky… Paz en su tumba.

    Ella tendrá siempre un cielo en la conciencia de los colombianos.

    CARLOS LÓPEZ T.

  3. Iliana de Majthényi dijo:

    Hermoso homenaje; gracias, Oscar, por compartir.

  4. Juan José Cañas Serrano dijo:

    Óscar Humberto, ¡qué buen trabajo periodístico has hecho sobre Vicky! Felicitaciones. Yo también, al igual que muchos de los de nuestra generación, vibré con las canciones de la enigmática Vicky y, de la mano tuya, recreé y disfruté la época del club del clan, que fue, miresela por donde se la mire, más elemental, más sana, menos generadora de tensión.

    Espero que nunca claudiques en esa importante labor de recordarnos a los hacedores de la historia.

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