VICKY (Crónica. Capítulo I). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Solo había un canal de televisión y era en blanco y negro. Y solo había en mi barrio tres televisores, uno en la casa de los Pinzón, otro en la Funeraria Colombiana -de don José Suárez R., letra esta que nunca supe qué significaba- y otro en la tienda La Veracruzana, de don Gratiniano, donde -paradójicamente, y como era lógico- nada era gratis.

En esos tres televisores ajenos escuché por primera vez las presentaciones del Club del Clan.


El Club del Clan era un programa de go-gós y ye-yés, muchachos melenudos y niñas con capul, botas largas y faldas cortas que cantaban, no siempre con afinación, pero sí siempre con garra -a juzgar por sus gritos prolongados y estentóreos-, acompañados por guitarras eléctricas que parecían sollozar, bajos eléctricos que no estremecían el subsuelo como los de ahora, pero eran apenas suficientes para hacernos recordar que el infierno existe, y los redoblantes, bombos y platillos de unas baterías que en aquel entonces me parecían gigantescas, pero que hoy seguramente quedarían haciendo el oso al compararlas con las que le he visto tocar, para no ir tan lejos, al único ingeniero de minas y petróleos del mundo que le ha dedicado, al menos que yo sepa, su tesis de grado a la Música, William Blackburn, desde los años en que con sus baquetas endemoniadas le hacía la percusión al rock de su propia banda, Sector 16, hasta más tarde, cuando, ya con menos desasosiego, le marcaba el ritmo al romántico saxofón de Lalo Ariza.

Transcurría el año 1966 y en la escuela pública José Camacho Carreño, donde yo, a pesar de los vaticinios burlones que suele hacer la pobreza, soñaba dizque con ser alguien en la vida, decían que una joven y anónima secretaria se había ido de Palmira, la misma pequeña ciudad vallecaucana a la que le cantara el inmenso compositor costeño José Barros, para instalarse en la lejana, impersonal y yerta Bogotá dizque porque quería participar en aquel juvenil concurso.

Sí, en el del Club del Clan. Porque eso era en el fondo aquella sucesión de nuevos artistas: un concurso.  Pero no uno de esos de hoy en día, donde los jurados se reúnen antes para decidir quién va a ganarlo, de modo que cuando los pobres majaderos que aspiran al premio suben a la tarima, ya tienen su suerte echada. No. Aquel era un concurso elemental, sencillo y limpio, un concurso sano, descomplicado y simpático, un concurso liviano, sin ataduras, sin ceremonias y sin hipocresías. En una palabra, era un concurso fresco, como tenía que serlo porque llevaba implícito la frescura de la juventud.

Esa joven secretaria se llamaba Esperanza Acevedo. Fue mucho después que nos dieron a conocer su segundo apellido, el Ossa, del mismo modo como fue mucho más tarde que todo el mundo empezó a hablar, ya no de José A. Morales, sino de un tal José Alejandro Morales López.

Muy pronto vino a saberse que aquella joven creaba las canciones que interpretaba. Y también muy pronto vino a saberse que ella había decidido diferenciar a la compositora de la cantante y que para tal fin sus discos los grabaría Vicky mientras que los créditos de la autoría se los reconocerían a Esperanza Acevedo. Es decir, a Esperanza Acevedo Ossa.


Un día le preguntaron a Luis Carlos Galán Sarmiento cuál era su artista favorito y él dijo que era una mujer y nombró a Vicky.

Fue entonces cuando descubrí que una que otra vez hay uno que otro político con el cual resulto teniendo una que otra coincidencia.

(CONTINUARÁ).

Esta entrada fue publicada en Periodismo. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a VICKY (Crónica. Capítulo I). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

  1. Luis Alfredo Acuña dijo:

    Lamento la partida de Vicky, hacia una nueva vida más encantadora que sus canciones.
    Romántica, sencilla, tierna. Sus melodías eran verdaderas poesías, un estilo que le cantó al amor y a sus desilusiones. Pobre gorrión, Lloraré, Amor amargo, Payaso, Amigo caminante, entre muchas canciones, eran mis preferidas, Me encantaba su estilo y melodía. Siempre la recordaré. Vicky: ahora en el más allá, tendrás que cambiar tu estilo y cantarle al Señor. Gracias, Oscar Humberto, por darme a conocer dos cosas que desconocía : que habías estudiado en la Camacho Carreño, como yo, y que Vicky antes de cantante era secretaria en Palmira.

  2. ALEJANDRO GÓMEZ LAMUS dijo:

    La muerte de “VICKY” ESPERANZA ACEVEDO me duele. Sus canciones en los años 70 me llegan al alma, me gustan las melodías como así me gustan las composiciones del gran santandereano Dr. ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ. Son una verdadera píldora para el alma y el espíritu se dignifica. Abrazos, ALEJANDRO.

  3. Iliana de Majthényi dijo:

    Me faltó la canción, en espera…..

  4. Nylse dijo:

    Lamentable pérdida la de Vicky. Compositora delicada y sencilla de esas que ya hoy en día no existen. Me consta que desde que conozco a Óscar Humberto ha sido uno de sus más fervientes admiradores y seguidores, si no el más. Un abrazo fraterno a su familia, extensivo a todos aquellos que hoy lamentan su partida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *