Nueva reforma a la Justicia: ¿quién levantará los ánimos caídos? Por Óscar Humberto Gómez Gómez.

“¿Quién refrescará la memoria de la tribu?
¿Quién revivirá nuestros dioses?
¡Que la salvaje esperanza
sea siempre tuya,
querida alma inamansable!”

GONZALO ARANGO.

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Presidente Santos dice que es necesaria una reforma a la justicia“, titula la prensa.
Sí: que eso dijo, dice. Y que lo habría dicho a propósito del escándalo que se ha suscitado por la divulgación de las conversaciones telefónicas sostenidas entre el magistrado de la Sala Jurisdiccional-Disciplinaria del Consejo Superior de la Judicatura Henry Villarraga y un coronel del Ejército Nacional privado de la libertad e interesado en que su juzgamiento por homicidio agravado no lo adelantara la justicia ordinaria, sino la justicia penal militar.  Escándalo hipócrita, escándalo sesgado, como todos los ruidosos escándalos de este país, con cada uno de los cuales se tapa el sol con un dedo. Sí: se tapa. Porque no es que se intente tapar.  Y es que Colombia es el único país del mundo donde hasta la Física se desacreditó.  De ahí que, como escribió Silvia Galvis, aquí los corruptos, los arbitrarios y los ineptos, entre otros preclaros exponentes de nuestra sociedad, no caen hacia abajo, como ingenuamente creyó Issac Newton, sino hacia arriba.  Y de ahí que aquí también se logra el prodigio de que la luz del sol la tapan siempre con un dedo.

No sé cómo lo hacen. Pero lo hacen. Por ello, con el dedo del caso Villarraga se está tapando, de nuevo, el sol de la profunda crisis que padece la Justicia colombiana. Crisis profunda que hace ya varios años -cuando ni siquiera contábamos con este portal- venimos denunciando. Denunciando, claro está, infructuosamente. Sí: infructuosamente, porque en este país denunciar siempre ha sido infructuoso. Todas las denuncias lo han sido: desde el hurto de un reloj de pulso o de un celular hasta, pongamos por caso, que entraron dineros del narcotráfico a la campaña de un presidente. Todas, todas las denuncias: las denuncias contra la violencia intrafamiliar, las denuncias de que se roban la plata de las carreteras, de los hospitales, de la educación; la denuncia, tan constante como inútil, de que la Comisión de Acusación no acusa a nadie y de que, por ello, allí no hay denuncia que sirva para algo; la denuncia de que los pleitos judiciales se demoran hasta veinte años; la denuncia de que la gente se muere esperando sentencia; la denuncia de que hay jueces que no saben dónde están parados. Denuncia esta última que cada vez que un abogado se atreve a hacer, lo que se gana es la apertura de un proceso disciplinario por “irrespeto”. Sí, por “irrespeto”: como si el irrespetuoso -con la comunidad, por supuesto- no fuera aquel opaco e irresponsable personaje que se atreve a aceptar un cargo para el cual carece de idoneidad, sin preocuparse un ápice en todo el inmenso daño que irá a causar con sus barrabasadas .

¿Que es necesaria una reforma a la justicia? ¡Por favor! ¿Es que solo lo descubre hasta ahora el primer magistrado de la nación? Pues bastante trasnochado el descubrimiento. Tanto, como cuando hace poco descubrió que el campo colombiano existía.

Pero si es grave que el Jefe del Estado hasta ahora venga a descubrir que se necesita una reforma a la Justicia (aunque, en honor a la verdad, no es una reforma lo que se requiere, sino volver a crear la desbarajustada y desacreditada Justicia colombiana, y de paso volver a institucionalizar esa profesión, también vapuleada y desprestigiada, pero digna, hermosa y respetable, que es la Abogacía), más grave resulta que, una vez hecho tan extemporáneo descubrimiento, vuelva a lo mismo e insista, con asombrosa tozudez, en la misma fórmula errática que, precisamente, dio al traste con la reforma que tantas ilusiones llegaron a despertarnos él y su ministro estrella de entonces a los ingenuos:  que va a consultar la reforma ¡¡¡ otra vez !!! con las “Altas Cortes”.

Sí, así es: el mismo presidente que a los abogados crédulos nos animó a escribir y a dar declaraciones públicas a favor de, pongamos por caso, la desaparición del Consejo Superior de la Judicatura; el mismo presidente que nos animó a exhibir eso que antes llamaban valor civil y que hoy llaman temeridad; el mismo presidente que nos animó a que nos pronunciáramos sobre los monumentales e intolerables problemas de la Justicia, y de esa manera nos indujo a quedar al descubierto, es decir, expuestos a que después viniera contra nosotros la retaliación de quienes, salvados del naufragio, recuperaron de la noche a la mañana su inmenso poder y, con él, toda su capacidad para destruir a sus críticos; ese mismo presidente, digo, viene ahora -después de haberse sumido en el silencio, después de haber metido la cabeza dentro de la tierra, al mejor estilo de los avestruces, creyendo quizás que bastaba, para quedar bien con la nación, el mero hundimiento de los vergonzosos “micos” con que llenaron su reforma de mentiras los vivos de siempre, que como siempre obraron a favor de sus propios intereses y de espaldas a los intereses del país- viene ahora, digo otra vez, a pretender engatusarnos con más de lo mismo.

Sí: a engatusarnos con una supuesta preocupación suya, que evidentemente no existe, dizque en solucionar un problema que ni le interesa ni le ha interesado jamás: la honda degradación a la que cayó la Justicia en Colombia.

¡Grave la cosa!

Y grave también ¡¡¡y bien grave!!! que el presidente rememore que el “Congreso Admirable” que tenemos (al que, por cierto, le obsequió ocho millones por cabeza para que le pusieran interés a otra reforma, la de la salud, tema que merece comentario aparte), ya reformó varios códigos, lo que también, dicho sea de paso, nos vive recordando -aparte de que es médico- el presidente del Senado Roy Barreras.

Y grave, bien grave, porque eso demuestra que ambos presidentes ignoran que los famosos códigos, aprobados y puestos en ejecución cuando aún no los conocía nadie, lo que han hecho es aumentar la incertidumbre y la sarta de errores y tropelías que, de por sí, ya pululaban en la Justicia.

Y es que las cacareadas reformas a los códigos procesales no han servido siquiera para dilucidar dudas de procedimiento, las cuales prosiguieron intactas, poniendo en riesgo los derechos sustanciales de las personas.

Para la muestra, un botón: esta es la hora en que están rigiendo simultáneamente cuatro (4) códigos, esto es, el Código Contencioso Administrativo (CCA), el Código de Procedimiento Administrativo y de lo Contencioso Administrativo (CPACA), el Código de Procedimiento Civil (C. de P. C.) y el Código General del Proceso (CGP), aparte de uno que otro decreto o de una que otra ley adicional, y todavía no se sabe si, finalmente, contra el auto que niega la solicitud de una nulidad procesal en lo contencioso-administrativo cabe el recurso de apelación o no cabe, porque mientras dentro del Consejo de Estado la Sección Cuarta dice que sí, dándole una curiosa interpretación al vocablo “decretar” del artículo 181 del CCA, la Sección Tercera dice que no, dándole la interpretación de siempre, y dentro del Tribunal Administrativo de Santander unos magistrados dicen que la razón la tiene la Sección Cuarta mientras que otros dicen que la razón la tiene la Sección Tercera, de modo que el tema se tiene que definir a cara y sello.

Marisol, una cantante y actriz española de los años 60 cantaba que “La vida es una tómbola”.

Hoy tendría que cantar que, al menos en Colombia, también lo es la justicia.

 

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