Crónicas del ayer // PILAR ANGARITA. Capítulo V. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

El tiempo transcurre de manera inexorable y va dejando en el cuerpo, en la mente y en el corazón de quienes hubimos de compartir la misma época las huellas de su paso a lo largo de nuestras vidas. El poeta chileno Pablo Neruda lo resume de manera magistral y certera en el poema 20 de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Me basta observar mi imagen en el espejo mientras por enésima vez me afeito para comprobarlo: no tengo el mismo rostro, ni el mismo cabello intensamente negro del que las mujeres que me conocían decían siempre que parecía un azabache, ni la misma mirada juvenil cargada de vigor y de esperanzas. Tampoco es la misma mi mente, pues ya he comenzado a pensar en la sabiduría del proverbio árabe que una vez le escuché al periodista Juan Gossaín: “La vejez comienza cuando los recuerdos empiezan a pesar más que los sueños”. De aquel joven abogado que te hablaba de la majestad de la justicia, de la dignidad de la abogacía, de que si Dios le diera la oportunidad de volver a la tierra volvería a ser abogado, ya no queda nada, Pilar. Nada, digo, excepto (como al final queda de todo) el recuerdo, la remembranza nostálgica de cuando lo decía. Ahora, frente al espejo, con la cara llena de espuma Gillette, con la máquina de afeitar desechable paseándose a ras sobre las zonas de mi cara donde se ha asomado la incipiente barba que alcanzó a crecer durante la noche, vuelvo a descubrir otra vez que el tiempo ha avanzado por mi vida con los mismos ímpetus con que lo hizo en la vida de mis amigos de juventud a los que sigo viendo de vez en cuando, en la de los amigos a quienes solo volví a ver después de muchos años, y seguramente en la de aquellos otros amigos a los que no volví a ver nunca más, de algunos de los cuales he sabido que ya jamás me los habré de encontrar en cualquier esquina en la que coincidamos a la espera de que nos cambie la luz del semáforo, o en cualquier centro comercial a donde hayamos ido a hacer alguna compra o a comernos un cono de helado, o en cualquier mesa de restaurante a donde hayamos llegado porque decidimos almorzar fuera de casa.

 

 

Evocándote a ti es inevitable que evoque ese valor elevado y hermoso que nos unió: el valor de la amistad.

¿Que nos unió? No, más bien que nos une. Sí: que nos une, porque la amistad, al igual que los diamantes, son eternos.

Eternos, y ambos valiosos. Y son valiosos, porque la una es tan escasa como los otros.

Acerca de la amistad, Pilar, se han dejado para la historia frases memorables. Son frases que a mí me gusta repetir en las ocasionales oportunidades en que hago uso de la palabra durante alguna celebración en honor a un amigo, aunque también las uso como epígrafe antes de entrar a abordar algún tema o de escribir una crónica que tenga que ver con algún acontecimiento especial de mi vida. A propósito de lo que acabo de escribir, me gusta una de Publio Siro: “Amistad que acaba no había comenzado”. Y me gusta una de Benjamín Franklin: “Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo siempre será un hermano”. Y una de Francisco Bacon: “Sin la amistad el mundo es un desierto”. Y una de Pedro Calderón de la Barca: “Es parentesco sin sangre una amistad verdadera”. Y una de Muhammad Alí: “Si no has aprendido el significado de la amistad, realmente no has aprendido nada”. Y una de Ralph Waldo Emerson: “Un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta”. Y, en fin, una de Aristóteles: “Si los ciudadanos practicaran entre ellos la amistad, no tendrían necesidad de la Justicia”.
En cuanto a las mujeres que me han honrado con su amistad, hace mucho tomé una decisión personal: que ninguna de ellas será mayor que yo, que a mis ojos ninguna envejecerá jamás y que todas serán hermosas para siempre.
Con ellas se harán realidad dentro de mi ser las palabras que el lobo le dice al principito en la preciosa obra de ese genio de la literatura que fue y será eternamente el gran escritor, pintor y aviador francés Antoine de Saint- Exuperry: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

 

 

Pero, bueno: y al cabo de todos estos años, de todos estos lustros, de todas estas décadas, de todo este ir y venir de avatares, al cabo de tristezas y alegrías, de triunfos y reveses, de esperanzas logradas y sueños incumplidos, al cabo de todo este revoltijo de hechos importantes e insignificantes que nos alegran, o que nos entristecen, o que nos indignan (porque hay almas, como la mía, para las cuales cada vez es menos posible la indiferencia), en fin, al cabo de este confuso maremagno que es la vida, ¿qué fue de ti, Pilar? Sí: ¿qué fue de tu alegría desbordante?, ¿qué, de tu liderazgo natural? ¿qué, de tu sonrisa amable y tu hablar apresurado, ese hablar siempre vivaz que parecía como si quisieras velozmente iluminar todo a tu alrededor con la contagiosa energía de tus actividades colegiales y la radiante luz de tus proyectos juveniles?

 

 

Cuando le formulo estas preguntas a tu recuerdo, inevitablemente mi memoria retrocede hasta aquella llamada telefónica que mucho tiempo después del día en que te conocí recibo de tu hermana. Sí: quien me llama por teléfono mucho tiempo después de que nuestras conversaciones en las gradas de Las Acacias han ingresado a un cofrecito invisible forrado en terciopelo que guardo herméticamente dentro de mi corazón y donde mantengo a salvo de los estragos del tiempo y del olvido la hermosura sin par de mis buenos recuerdos; sí: quien me llama por teléfono a mi oficina, tantos años después de que te confesara confidencialmente aquel proyecto casi infantil de “El último dinosaurio” al que retuvo por años y puso al borde de los abismos del olvido la frenética oleada de dinosaurios intempestivamente desatada por el poderoso cine de Hollywood, es esa hermana de pelo rojizo con la que prácticamente no llego a cruzar palabra alguna allá en las gradas de Las Acacias durante el breve tiempo que dura, no nuestra amistad —que al igual que todas las amistades verdaderas se mantiene latente a lo largo de toda la vida—, sino nuestra cercanía. Mi secretaria, en efecto, me ha dicho que me necesita… (y da el nombre de ella) y enseguida me precisa que “es la hermana de su amiga Pilar Angarita”. Desde la perspectiva que entonces tengo de la amistad, es como si me estuvieras llamando tú misma a través de tu hermana. Yo he descolgado el aparato telefónico y la he saludado con calidez sincera. La percibo muy gentil, con una dulzura que me desconcierta. Pienso que quizás ha cambiado con los años. O talvez no es que haya cambiado, sino que siempre fue dulce, pero yo no tuve la perspicacia de descubrirlo. A lo mejor, como suele ocurrir con muchas personas, no es que no sea dulce, sino que es tímida y da una falsa impresión de dureza. Ella me dice que el motivo de su llamada es que un amigo de tu familia, un viejo amigo también del Cesar, necesita consultarme algo grave que le ha sucedido en su finca ganadera y quiere saber si es viable una demanda en contra del Estado, pero yo, antes de decirle cualquier cosa, le pregunto por ti y es entonces cuando me entero de la trágica noticia. Me llama la atención que ella no haya empezado por contármela. Es inevitable que a partir de ahí aquella conversación telefónica se extienda y se centre, no en lo que le ha sucedido al amigo de tu familia con su ganado, sino en lo que le ha sucedido a ella misma, a su entorno familiar y, por supuesto, a ti. Convenimos en que, más bien, vendrá a mi oficina personalmente junto con el amigo de la familia que requiere de mis orientaciones, lo cual sucede muy pronto, como era lógico que sucediera, pues de una vez le pregunto dónde están y le digo que si pueden venir enseguida pueden hacerlo, que con gusto los espero, y ella me da las gracias por mi interés y me dice que sí, que vendrán hacia mi oficina de manera inmediata. No es que me interese vivamente el caso de su amigo: es que quiero saber pronto más cosas de ti, pero sobre todo quiero saber cómo te encuentras después de algo tan espantoso.

 

 

Ahora tu hermana se halla sentada frente a mi escritorio, tal y como tú lo estuviste tantos años atrás cuando eras una jovencita estudiante de undécimo grado del Colegio de la Presentación y viniste a pedirme, al frente de un grupo de tus condiscípulas, que les diera, a ti y a las alumnas de undécimo, una conferencia sobre los géneros literarios. Descubro que tu hermana es muy bonita, culta y educada. Es increíble que no me hubiese dado cuenta de ello antes. Cuando sus ojos se le humedecen mientras me va describiendo lo sucedido, ante la mirada seria y atenta de su acompañante, me parece aún más hermosa y dulce. Pienso que tenía que ser hermana tuya para serlo. Ella me sigue narrando los antecedentes del inconcebible suceso mientras yo no le aparto la mirada de sus bellos y entristecidos ojos. Cuando llega a los momentos oscuros del crimen, del horroroso crimen, del crimen cobarde que hombres sin entrañas han consumado contra una mujer indefensa que ha respondido al llamado que le acaban de hacer tocando a la puerta de su casa abriéndola con total confianza, el relato se interrumpe con su llanto y ni el acompañante ni yo atinamos a expresar algo que de alguna manera sirva para paliar ese dolor revivido; a mí solo se me ocurre levantarme de mi silla para acercarme a ella y, mientras su acompañante nos observa con rostro apesadumbrado, abrazarla y decirle una frase que casi de inmediato me molesta por mi falta de originalidad, pues la he escuchado pronunciar muchas veces; tantas, que ya me parece una frase de cajón y no la expresión de un sentimiento sincero de solidaridad:
—Lo siento mucho, de verdad —le digo—. Lo siento muchísimo. ¡Qué vaina! ¡Definitivamente este país está acabado!

 

 

(CONTINUARÁ)

 

ILUSTRACIÓN: “Señora”. Juan Quiroga (“Kiroga”). Edición: Pedro J. Vargas

 

ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ. Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.

 

¡Gracias por compartirla!
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