
El idioma esperanto estaba llamado a ser, no el único idioma que hablara todo el mundo (como yo creía por allá en los lejanos años en que era un joven de pelo largo y una guitarra al hombro con la que en las noches de viernes o de sábado me iba a dar serenatas con mis amigos y en la madrugada terminaba con ellos en el Desayunadero Tony deleitándome con un buen caldo de huevos y arepa santandereana mientras entre todos solucionábamos, alrededor de la mesa y a punta de lengua, los problemas de Colombia, de América Latina y, por supuesto, no faltaba más, de todo el género humano), sino una SEGUNDA lengua que supiera toda la gente, o, en otras palabras, una segunda opción lingüística con alcance universal.
Es decir, a lo que estaba llamado a ser el esperanto era a que, si bien seguirían manteniéndose TODOS los idiomas existentes, sería una lengua AUXILIAR de las respectivas lenguas nativas, una nueva lengua conocida por todas las gentes y que, consiguientemente, permitiría una comunicación fluida entre todos los habitantes del planeta. De esta manera, como todos los terrícolas aprenderían esperanto, cuando un francés tuviera que hablar con un alemán, o cuando un griego tuviera que hablar con un argentino, o cuando un ruso tuviera que hablar con un egipcio, si el francés no sabía alemán o el alemán no sabía francés, o si el griego no sabía español o el argentino no sabía griego, o si el ruso no sabía egipcio o el egipcio no sabía ruso, simplemente tanto el francés como el alemán, tanto el griego como el argentino, y tanto el ruso como el egipcio, hablarían en esperanto.
Lo mismo sucedería si dos personas con idiomas distintos necesitaban comunicarse entre sí por escrito, pero el uno no sabía escribir el idioma del otro, o viceversa: simplemente, ambos escribirían en esperanto.
Obviamente, este hermoso objetivo —el de un segundo idioma NEUTRAL que posibilitara la comunicación internacional—, tenia otro aún más bello, más grande, más plausible, más trascendente: contribuir a la consolidación de la siempre esquiva, pero siempre necesaria paz mundial.

Bueno, pero, ¿cómo y dónde nació el esperanto?
El nacimiento del esperanto no fue, como el de los demás idiomas, producto de una larga evolución social: se debió únicamente a la brillantez intelectual y a los elevados sentimientos filantrópicos y universalistas de una sola persona, un oftalmólogo europeo de nombre Lázaro Zamenhof, quien era más conocido por el pseudónimo con que firmaba: “Doktoro Esperanto”, que significa “Doctor de la Esperanza”.

El nuevo idioma apareció oficialmente en el año 1887, es decir, al año siguiente en el que, gracias a Rafael Núñez, había nacido por estas tierras la nueva constitución de nuestro país, esa misma que, luego de guerras civiles y de odios fratricidas (o de odios fratricidas y de guerras civiles, porque en esto del odio y la guerra ya uno no sabe con exactitud, al igual que en el caso de la gallina y el huevo, qué fue primero y qué fue segundo) creó la República de Colombia, los departamentos y otras cosas que no vienen al caso.
Y es que en ese 1887 fue cuando el “Doctor de la Esperanza” publicó en Varsovia (es decir, en la ciudad cuyo nombre ustedes tienen que decir siempre que les pregunten cuál es la capital de Polonia) un libro que habría de ser ampliamente popular y cuyo título original ya nadie menciona porque todo el mundo le dice “Unua Libro”, que significa “Primer Libro”.

Pero, ¿por qué Lázaro Zamenhof se inventó el esperanto?
Resulta que él había nacido y crecido en una ciudad que en aquel entonces pertenecía al imperio ruso y que hoy en día pertenece a Polonia y que se llama Bialystok. Y resulta, además, que en esa ciudad convivían cuatro comunidades que eran todas distintas culturalmente y, sobre todo, idiomáticamente, pues una comunidad era rusa, la otra era polaca, la otra era alemana y la otra era judía.
Eso era lo de menos: lo grave era que en esa ciudad —cultural y lingüísticamente diversa— reinaba una desconfianza general de una comunidad hacia la otra y una gran cantidad de prejuicios entre comunidades, difícil panorama social que hacía que los conflictos entre las cuatro comunidades fuesen constantes.
Pues bien: al analizar a profundidad esta tensa situación, el doctor Zamenhof llegó a la conclusión de que la principal causa de aquel mal ambiente entre las cuatro comunidades que habitaban su ciudad de residencia era la barrera del idioma, el hecho de que no se entendieran entre ellas lingüísticamente.

El doctor Zamenhof, extendiendo sus cavilaciones acerca de su entorno a lo que sucedía en el mundo entero, concluyó que, definitivamente, para pacificar los espíritus y unir a una humanidad que evidentemente era diversa, además de la lengua nativa que escribiera y hablara cada cual había la necesidad impostergable de que existiera UNA LENGUA NEUTRAL, un idioma que no perteneciera A NINGUNA NACIÓN, ni —mucho menos— A NINGÚN IMPERIO.
Es decir, el doctor Lázaro Zamenhof se convenció de que al derribar la barrera del idioma se daría el gran paso que la humanidad necesitaba para unirse.
En otras palabras, el esperanto nació con un propósito claro de su creador: contribuir, desde el idioma, a unir a la humanidad.
Por supuesto, pronto habría de tener que vérselas con los mismos de siempre: con aquellos personajes que, desde el poder, no parecieran interesados más que en desunirla.

(CONTINUARÁ)
ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ: Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.
FOTOGRAFÍA: Doctor Lázaro Zamenhof. (Autor desconocido). Tomada de Wikipedia. Colaboración: Ziko.