Crónicas del ayer // PILAR ANGARITA. Capítulo VI. Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

Hoy he decidido ir de nuevo a Las Acacias.

Esta vez regreso al edificio donde mucho tiempo atrás vivías, a ver si en él consigo algún dato que me conduzca hacia ti. Es una de esas indagaciones casi absurdas que uno hace siguiendo intencionalmente una pista borrosa que de antemano presiente que no lo llevará a ninguna parte, pero en las que de todos modos se empecina en aplicar el dicho popular de que “la peor diligencia es la que no se hace“. Sí, Pilar: hoy he decidido indagar por ti en un entorno que hace años dejó de ser el tuyo, a ver si, como se dice en el argot popular, “me suena la flauta”. Ya tu hermana años atrás me ha dejado en claro, en aquella visita triste que me hace a mi oficina minutos después de la llamada igualmente triste en la que me cuenta lo ocurrido, que tú ya no vives en Bucaramanga, que te has ido a vivir a la lejana urbe donde reinan el frío, las brumas, la lluvia, el granizo y la indiferencia; me ha dicho también que tienes una vida completamente distinta a la cálida, feliz y esperanzadora de tu época colegial, en las postrimerías de la cual tengo la fortuna de conocerte; no sé si me equivoco, pero, a juzgar por lo que me describe, tengo la desoladora impresión de que para ese momento eres una persona apartada del mundo, alguien que ha perdido la fe en los demás y hasta la confianza en la vida misma.

En aquella oportunidad, sentado al frente de tu hermana, yo abrigo la íntima esperanza de que ella me dé un teléfono, o incluso —y mejor aún— me suministre la dirección donde vives en esa lejana e impersonal gran ciudad a donde te marchaste para construir tu nueva vida. Pero ella no lo hace, y yo, conocedor de que tu estado civil ya no es el mismo que te ha permitido ser libre, me aparto respetuosamente de la idea de preguntárselo. Aún así, ahora, tantos años después, me estoy interrogando si acaso tu familia habrá mantenido en su poder aquel apartamento de Las Acacias, o si al menos alguien que haya sido vecino tuyo y de tus hermanos podrá orientarme hacia tu paradero.

He llegado. Sí: ahí está de nuevo ante mi vista el edificio al que una noche de fin de semana arribo por primera vez con el fin de visitarte cuando tú, que atraviesas la edad de la primavera, eres una hermosa y aventajada estudiante y una dinámica líder estudiantil del tradicional Colegio de la Presentación, y yo soy un joven abogado que disfruta tanto el arequipe con queso que ofrece en su menú como los artistas que presenta en su pequeña tarima el también tradicional restaurante La Carreta.

 

 

Tal y como suele sucederle al género humano en todos los aspectos de su terrenal existencia, parado ahora de nuevo frente a Las Acacias me lamento (inútilmente por supuesto, porque no hay nada más inútil que lamentarse de los errores del pasado, pues el pasado ya no regresa y por lo general no hay una nueva oportunidad de hacer las cosas que no se hicieron, ni un nuevo chance de ahora sí hacer bien lo que entonces se hizo mal), me arrepiento, digo, de no haber sido más incisivo aquella vez y haberle preguntado sin rodeos a tu hermana tu dirección y tu teléfono. Empero, y quizás para aminorar un poco la molestia que siento conmigo mismo por no haber hecho lo que pude y he debido hacer, me pregunto si ella me habría suministrado esos datos tuyos, o si me hubiese dicho que no los sabía, o si se hubiese negado a dármelos a pesar de conocerlos. Nunca lo sabré. Lo cierto es que aquí estoy, en este atardecer de viernes, solo, expectante, parado frente a Las Acacias, ante las gradas donde tú y yo nos sentamos tantas veces a conversar y a tejer entre charla y charla los hilos invisibles de nuestros sueños. Estoy aquí porque quiero preguntar por ti. A eso he venido, después de haber estado cumpliendo la cita de las cinco de la tarde programada en la casa del barrio Antiguo Campestre donde a punta de sesiones de fisioterapia estoy tratando de poder volver a tocar la guitarra. Lo que no sé exactamente es qué haré si averiguo tu paradero. ¿Debo llamarte, si solo logro obtener tu número de teléfono? ¿Debo escribirte, si obtengo tu dirección física o electrónica? Cavilo que ya no es tan fácil hacer cualquiera de esas cosas como cuando no tenías compromisos con nadie. Momentáneamente me provoca volver a subirme a mi automóvil, encender el motor y largarme de aquí, derrotado de antemano por la evidencia de que cualquiera que sea el resultado de mi averiguación, a la postre será inútil. Inútil, sí, porque lo que pienso, al menos por instantes, es que así averigüe tu paradero tampoco podré llamarte o visitarte, y por ello lo que debo concluir, en sana lógica, es que, definitivamente, aquellas amenas conversaciones contigo ya no habrán de volver jamás a nuestras vidas.

 

 

Sí, Pilar, aquí estoy otra vez: aquí estoy de pie frente al edificio Las Acacias; me acabo de bajar del coche y estoy parado sobre el andén, sobre el mismo andén por el cual aquella noche llega tu mamá caminando hacia las gradas donde nos encontramos sentados, portando su pequeño equipaje en las manos, feliz porque viene a visitar a sus hijos. Pero hoy no sé que pasa; hoy todo lo veo distinto: aunque ahí están las mismas gradas de entrada, aunque es el mismo el frontis, aunque es el mismo el color de la fachada, aunque ahí sigue incólume el mismo letrero que anuncia cómo bautizaron a ese pequeño condominio de apartamentos cuando lo construyeron y aunque el atardecer parece ser igual a los atardeceres en que lustros atrás llego a visitarte, hoy percibo que este edificio me es extraño y que definitivamente tampoco el atardecer de este viernes es el mismo mágico y romántico atardecer de aquellos viejos tiempos.

Un leve repaso visual me es suficiente para confirmar que el condominio no tiene portería y por ello me enfrento a la misma situación a la que tiene que enfrentarse el visitante que arriba a uno de esos edificios de apartamentos en los que no existe una recepción dónde acercarse a saludar y preguntar por alguien, ni a quién entregarle un sobre, porque un frío citófono —máquina al fin y al cabo— pretende reemplazar al ser humano, como siempre al ser humano se le ha pretendido reemplazar con máquinas en todas las diversas facetas de la vida. Y es que ahora pululan por doquier máquinas sin sentimientos y sin calidez alguna; máquinas inertes a las que no se les puede preguntar nada porque nada habrán de contestarte.

Han pasado ya tantos años, tantos lustros y tantas décadas, que la idea que indefectiblemente se me viene primero a la cabeza —la de empezar a timbrar apartamento por apartamento a ver si alguien te recuerda y entonces preguntarle si sabe algo de tu paradero, adónde te fuiste, cómo puedo ubicarte— me parece de inmediato absurda, casi demencial. Reflexiono que en una sociedad cada vez más cerrada, donde las rejas de hierro han reemplazado los portones y los contraportones abiertos de par en par; en una sociedad en la que ya no se permite ver el interior de las casas desde la calle; en una sociedad donde se ha acabado el saludo entre los vecinos, porque ya no hay vecinos, sino seres anónimos, casi fantasmales, que viven cerca uno del otro tan solo desde el punto de vista físico; en una sociedad de edificios sin calidez a cuyos ascensores ingresan y de cuyos ascensores salen los residentes como autómatas, ensimismados en sus propios pensamientos; en una sociedad donde el encanto de la conversación personal ha sido reemplazada por la frialdad de mensajes de texto rutinarios que se envían hasta empleando nombres ficticios; en una sociedad donde ya ha irrumpido Internet con toda su carga de tecnología, de virtualidad y de información y desinformación abrumadoras; en una sociedad que ha empezado a ridiculizar la memoria feliz de nuestros tiempos felices, en una sociedad en la que está desapareciendo el encanto sin par de la sonrisa y donde está muriendo el placer de escuchar la voz, de ver el rostro y de sentir la presencia y la compañía del ser humano con el cual se conversa, en fin, en una sociedad donde a nadie le importa el otro, preguntar por alguien a quien se ha conocido años atrás, lustros atrás, décadas atrás, solamente porque aún se le recuerda y todavía se le aprecia, ya no despierta el interés de nadie, sino más bien una especie de mirada de conmiseración hacia la perturbada salud mental de quien hace la pregunta. Empero, pienso enseguida que quienes nos aferramos a los valores éticos en los que fuimos formados no podemos dejar de ser nosotros mismos, y me declaro convencido de que en mi caso particular, Pilar —y tengo la certeza de que también en tu caso— no ha podido ni podrá el turbión irrefrenable de la modernidad hacernos olvidar lo que hemos sido desde niños, ni forzarnos a dejar de creer en aquello en lo que desde niños hemos creído, y por eso seguimos aferrados a antigüallas como la dulzura, la lealtad, la sinceridad, la bondad, la solidaridad y, por supuesto el elevado valor de la amistad, don inapreciable que, al lado del amor, yo suelo decir que es una de las fuerzas cósmicas más poderosas del universo.

 

 

Sí, Pilar: hoy, tanto tiempo después, me veo nuevamente de pie sobre aquel andén, frente al lugar donde tú vives cuando te conozco, pero ahora, no sé por qué, siento el aire distinto; ahora, no sé por qué, me parece que el sol es otro diferente, y que es diferente la calle, y que es distinto el entorno de árboles y jardines, y que es diferente el mundo, porque ya en Las Acacias no vives tú, ni viven tus hermanos, y porque ya sé que aquella señora sencilla, alegre y jovial que una noche llega irradiando felicidad porque viene a volver a ver a sus hijos, que me saluda con singular simpatía y que termina sentándose en las gradas para conversar unos minutos con nosotros ha perdido la vida dentro de su propia casa, allá en el mismo pueblo del Cesar de donde ha llegado esa noche. Sí: ya soy consciente de que otra noche muy distinta a aquella cálida noche en que la conocí, de que una oscura noche de infortunio, a su puerta ha tocado un grupo de aquellos matones desagradables que, creyéndose el reemplazo del Hacedor Supremo sobre la tierra, niegan su existencia como rector supremo de las maravillas del universo y dador universal de la vida al desconocerlo con sus cobardes acciones como el único ser que debe decidir cuándo esta se acaba y comienza un nuevo ciclo en la maravilla sin par del universo.

Aquí estoy otra vez, Pilar, solo, de pie frente a un edificio que ya para mí pareciera que no tuviese alma, que ya no irradiase alegría, ni juventud, ni esa melodía sin par de una conversación amena, ni ese sincero interés de aquellas otras noches por el mundo cautivador de la cultura; hoy me veo parado frente a un lugar que ya sin ti no me dice nada, excepto ser un referente de tu recuerdo e indirectamente, por supuesto, del recuerdo de aquellos tiempos lejanos en los que todavía yo alcanzo a verme joven y, consiguientemente, aún percibo la vida liviana, feliz y ajena por completo a los agobiadores embates del dolor, a los desalentadores golpes del desencanto y a la pesada e indeseada carga de la incertidumbre.

 

 

(CONTINUARÁ)

 

ILUSTRACIÓN: “Señora”. Juan Quiroga (“Kiroga”). Edición: Pedro J. Vargas

 

ÓSCAR HUMBERTO GÓMEZ GÓMEZ. Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP). Miembro de Número de la Academia de Historia de Santander. Miembro de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO). Miembro del ilustre y desaparecido Colegio de Abogados de Santander.

 

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