HISTORIA DE PIEDECUESTA. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander.

Si por Girón hubiera sido, Piedecuesta no existiría.

Al menos no si ello hubiese dependido del Cura de Girón.

Se llamaba Joseph. No “José”, como todos los que por aquí querían perpetuar con su nombre la memoria del carpintero más famoso del mundo, sino “Joseph”, en inglés.

Su segundo nombre tampoco era muy común que digamos: “Elseario”.

El padre Joseph Elseario Calvo, pues, se opuso terminantemente a la idea de fundar la nueva parroquia. Y no solo lo hizo desde el púlpito, sino también ante los estrados eclesiásticos, y hasta enfrentándose con las jerarquías de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, a la cual él pertenecía y a la cual, con su labor pastoral, trataba de lograr que perteneciera todo el conglomerado social de la zona, desde los pudientes caballeros gironeses hasta los más desarrapados peones.

Sobre todo, claro está, los primeros —los gironeses ricos— que eran los que, en últimas, aportaban los diezmos y las primicias, porque los otros, como siempre, solamente le aportaban a la Iglesia lo mismo que le sigue aportando hoy en día la pobrería irredenta: su agobiadora e inveterada carga de necesidades y el peso abrumador de las oraciones con las cuales buscan satisfacerlas.

Todo parece indicar, sin embargo, que al Cura Joseph Elseario le salió, como dice el dicho popular, “el tiro por la culata”, porque fue una iniciativa suya, dirigida a los vecinos piedecuestanos más pudientes para que le financiaran la construcción de una capilla en el lugar donde años más tarde nacerían santandereanos destacados la que fue respondida con la idea de, más bien, independizarse eclesiásticamente de la ciudad fundada por Francisco Mantilla de los Ríos.

Fue en setiembre de 1772 cuando el Padre Joseph Elseario les pidió a sus vecinos mil doscientos pesos para financiar su viaje a Santa Fe encaminado a gestionar la erección de la capilla.
Y era que por entonces en Girón ya existía, aparte del templo principal, la Capilla del Señor del Humilladero, destinada a aglutinar a los gironeses que vivían apartados del casco urbano, y como los residentes del valle del Pie de la Cuesta, Los Santos y Palogordo vivían igualmente lejos, la idea era que, en lugar de tener que desplazarse kilómetros enteros para poder asistir a la misa y demás oficios religiosos, lo hicieran ahí mismo, al pie de sus casas. O, mejor dicho, al Pie de la Cuesta, que era como se llamaba aquel agreste entorno, por aquello de que justamente en ese lugar comenzaba la trepada hacia Pamplona.

Por supuesto que la ofrecida comodidad de poder oír la misa a la otra puerta de la casa no era gratuita: sería retribuida con la recolección de los jugosos aportes económicos de la feligresía por parte del padrecito Calvo.

En términos sencillos, el nuevo templo y su correspondiente entorno constituirían la viceparroquia de Piedecuesta, perteneciente, obviamente, a la parroquia de Girón.


Pero no. Al año siguiente, 1773, ya los vecinos piedecuestanos habían otorgado poder para que se les tramitara ante el Arzobispado, en vez de la construcción de una capilla dependiente de Girón, la erección de una nueva parroquia en el llano denominado San Francisco Javier, específicamente en el valle del Pie de la Cuesta, perteneciente a dicho llano.

Cuánto tenían que recorrer los vecinos para asistir a misa —a pie o a lomo de bestia, desde luego— era determinante. Y lo era, porque no se aceptaban parroquias cercanas. O sea, no se admitía que dos curas tuvieran que competir por la feligresía. Por eso, el Cura de Girón defendió la unidad de su parroquia echando mano a la medición de las distancias. Aunque para ello contó con la ayuda de otro Joseph. Fue así como el Cura Fernando Joseph Calvo, auxiliar del otro, y con eso que llaman hoy en día “pruebas de campo”, demostró que ir desde Girón hasta el sitio donde se pretendía fundar ahora la nueva parroquia y regresar tomaba apenas dos horitas y media.

Cuando el Arzobispado de Santa Fe envió a su representante a parlar con el cura Joseph Elseario, este se enganchó con él en una fuerte polémica.
No obstante, y con zafarrancho y todo, la autorización eclesiástica fue dada y el vecindario piedecuestano, presto y jubiloso, levantó la consabida capilla de bahareque y techo de paja, la casa cural y —por supuesto— la cárcel. El 20 de febrero de 1774 se expidió la autorización de funcionamiento de la nueva capilla y el 3 de octubre siguiente, otro Cura Joseph diferente de los dos anteriores, Joseph Gregorio Díaz Quijano, a nombre del Arzobispado, dictó la providencia por medio de la cual declaró erigida la parroquia.

La nueva parroquia, escindida, pues, de la de Girón, llevaría el nombre de San Francisco Javier.

Por cosas de la vida, como dice alguna vieja canción, Piedecuesta y Girón no dejaron de seguir teniendo sus desavenencias históricas. Si no, que lo digan la Insurrección de los Comuneros o la Guerra de Independencia. Entre el 16 de marzo y el 6 de junio de 1781, en efecto, se llevó a cabo la Insurrección de los Comuneros. Entre los numerosos pueblos que adhirieron a dicho levantamiento se contaron los de Bucaramanga y Piedecuesta. Girón, en cambio, apoyó en todo momento a las autoridades españolas. Debido a ello, se presentó un enfrentamiento armado entre Piedecuesta y Girón. En el combate, sostenido el 21 de mayo de 1781, cuando los gironeses, decididamente partidarios de España, marchaban sobre Piedecuesta con el fin de someter a los comuneros de allí por la fuerza y estos salieron a interceptarlos, murieron dos anónimos soldados del ejército comunero y se produjo la desbandada de este. A pesar de su triunfo, los gironeses quedaron, en los días subsiguientes, temerosos de la represalia de los piedecuestanos. El 29 de mayo, en efecto, las tropas comuneras de Piedecuesta invadieron a Girón. Los realistas gironeses no opusieron resistencia.

En el siglo siguiente, dos años después del Grito de Independencia, es decir, en 1812, nuevamente Girón y Piedecuesta se enfrentaron en el campo de batalla. Las tropas patriotas piedecuestanas, comandadas por el doctor Fernando Serrano, interceptaron a las tropas realistas gironesas que pretendían someter a la rebelde Piedecuesta por la fuerza. La batalla tuvo como escenario a Mensulí y el triunfo fue para el ejército patriota de Piedecuesta. Posteriormente, en plena Reconquista Española, cuando el territorio nacional padecía el baño de sangre del Pacificador Pablo Morillo, Fernando Serrano fue elegido Presidente de la República por la Resistencia patriota, congregada en los llanos de Casanare (Domingo 16 de junio de 1816). El entonces Coronel Francisco de Paula Santander fue elegido Comandante en Jefe del Ejército.


En Piedecuesta funcionó el famoso Colegio Universitario del gran educador don Victoriano de Diego Paredes y Paramato. El 18 de agosto de 1860, el reputado y controvertido institutor, sus hijos y sus alumnos llegaron presos a Bucaramanga. El ejército, instigado por la prédica del Obispo de Pamplona y la reacción del Gobierno de la Confederación, allanó el colegio en medio de una ensordecedora rechifla estudiantil y se los llevó arrestados; el colegio fue clausurado definitivamente y sus instalaciones convertidas en cuartel militar. Más de dos meses después, los prisioneros fueron trasladados de Bucaramanga a Bogotá, donde el Juez Nacional Demetrio Porras ordenó su libertad. Seis años más tarde, en 1866, el ilustre formador de juventudes regresó a Santander como Presidente del Estado Soberano. Era yerno del doctor Fernando Serrano.

Lo de “Villa de San Carlos del Pie de la Cuesta” es otra historia. Inicialmente, los vecinos solicitaron tal calidad, es decir, que Piedecuesta pasara de parroquia a villa. La solicitud fue aprobada por España en 1810, pero como estalló la Independencia, todo quedó en el aire hasta 1824 cuando la República les dio categoría de villas a las parroquias de alta población.

En algunos libros dice que Piedecuesta fue fundada por el Padre Ignacio de Zavala. Eso no es cierto. Sencillamente, el Cura Zavala fue nombrado primer párroco de la recién fundada parroquia. Pero a duras penas pudo posesionarse y ejercer ese ministerio, porque un importante sector de los vecinos lo rechazaron e incluso se llegó al extremo de hacer nombrar a otro Cura como primer párroco. El asunto, incluso, tuvo que ser dirimido por el Tribunal Arquidiocesano.

A pesar de ello, la versión oficial insiste en señalar a Ignacio de Zavala como el fundador de Piedecuesta.


La historia de Bucaramanga y la de Piedecuesta están ligadas por diversos acontecimientos.

Así, por ejemplo, el jueves 11 de setiembre de 1879 las tropas a caballo del Estado Soberano de Santander, procedentes de Piedecuesta y escoltando al Jefe del Estado, General Solón Wilches, ingresaron a Bucaramanga a reimplantar el orden.

Y es que el Presidente se encontraba en Piedecuesta cuando en el Club del Comercio de Bucaramanga se llevaba a cabo una agitada y candente reunión, en medio de las grandes tensiones sociales que se estaban dando en la ciudad a raíz de los nefastos hechos iniciados el domingo 7, día de elecciones, que habrían de ser conocidos en la historia como “El proceso de la Culebra Pico de Oro”.

Esos hechos de violencia, que desencadenarían una reclamación diplomática y una amenaza de intervención militar de Alemania contra Colombia con el fondeo de naves de guerra frente a las costas de Barranquilla, habían significado el asesinato a bala de los colombianos Obdulio Estévez y Luis Eduardo Mutis, y de los alemanes Hermann Hederich y Christian Göelkel, así como el incendio de las casas de Guillermo Jones, José María Valenzuela, Rafael Ariza, Nepomuceno Toscano, Luisa Valenzuela de Müller y Rudesindo Otero, y el saqueo de otras residencias.


En la Guerra de los Mil Días, Bucaramanga y Piedecuesta volverán a quedar entrelazadas. La espantosa Batalla de Bucaramanga (13 de noviembre de 1899) se sucederá inmediatamente después de la toma de Piedecuesta por las tropas liberales revolucionarias. “Sabedor de que gran parte de las fuerzas del Gobierno ocupaban a Piedecuesta”, el general Rafael Uribe Uribe “marchó sobre dicha plaza para sorprenderla durante la noche, (…) pero el enemigo la evacuó desde temprano; (…) y siguiendo los pasos del enemigo marchó sobre Bucaramanga (…)”, relata el general Gabriel Vargas Santos, comandante en jefe del ejército liberal en su libro La razón de mi dicho. En Bucaramanga las tropas liberales serán arrasadas, principalmente desde las arboledas de La Puerta del Sol y desde la torre de la iglesia de San Laureano.


El devenir piedecuestano ha estado asociado al cultivo del tabaco, a su secado en los caneyes y, por supuesto, al igual que Bucaramanga y Girón, a la industria cigarrera. Mención especial merecen las cigarreras, algunas de ellas “chicoteras”, pues manualmente elaboraban los tabacos conocidos como “chicotes”. Entre una legión de mujeres ignoradas, en la memoria histórica piedecuestana deberán quedar registrados los nombres de Justa Gualdrón de Carreño, propietaria de Cigarros Gamos; Mercedes Urrea, de Cigarros Noel; Amanda Vargas Herrera viuda de Carrillo, de Cigarros El Centauro; y María Rocío Caballero Gualdrón, de Cigarros Comandantes; y Margot Martínez de Fuentes, Martha Cecilia Santos Cote, Gloria Acevedo, Martha Reyes Quijano y Martha Yolanda Niño Carreño, quienes dejaron en los fabriquines, unos de su propiedad y otros no, los mejores años de sus vidas.


Así mismo, el decurso histórico piedecuestano está ligado a la tradicional celebración de la Semana Santa, que con el paso de los años se convirtió, gracias al fervor popular, en una de las festividades religiosas más importantes no solo en Santander, sino en Colombia.


En su desarrollo más reciente como ciudad, Piedecuesta se ha ido extendiendo fuera de su casco urbano y en lo que antes era su área rural, hoy atravesada por la autopista que la comunica con la vecina ciudad de Floridablanca, se fundó en 1985 el Instituto Colombiano del Petróleo (ICP), de la Empresa Colombiana de Petróleos (ECOPETROL), y recientemente han surgido centros comerciales como DelaCuesta, que aglutinan a importantes negocios y firmas comerciales de la región y del orden nacional.

Piedecuesta ha sido cuna de prominentes personajes santandereanos como el fundador de Gaseosas Hipinto, Hipólito Pinto; el jurista Vicente González; los poetas Carmen de Gómez Mejía, Carlos Torres Durán y José Ortega Moreno; el médico y poeta Gonzalo Buenahora; el novelista Daniel Mantilla Orbegozo; el cronista Vicente Arenas Mantilla; el médico y político Guillermo Sorzano González; el periodista e historiador Luis Enrique Figueroa Rey; el médico Carlos Cortés Caballero; el pintor Mario Hernández Prada; el cantautor y escritor Pablus Gallinazo (Gonzalo Navas Cadena); el periodista y poeta Plinio Pilarica (Germán Valenzuela Sánchez); el ingeniero químico, historiador y escritor Manuel Enrique Rey Sanmiguel; la escritora, pintora, historiadora y educadora Carmen Cecilia Díaz de Almeida; el educador Humberto Gómez Nigrinis; y el empresario Álvaro Navas Cadena.


Y cuna, desde luego, de personajes que desde su humildad han refrendado, en todo caso, la trayectoria piedecuestana que acredita a su solar nativo como un pueblo de hombres y mujeres luchadores y libres.

Otros no han nacido allí, pero fue allí donde se forjaron y fue esa tierra la que les posibilitó labrarse un futuro promisorio. Así, por ejemplo, el magnífico ciclista Víctor Hugo Peña Grisales, el único colombiano que ha llegado a vestir la camiseta amarilla de líder en el Tour de Francia, se formó en este hermoso deporte rodando por las vías urbanas y rurales de Piedecuesta, pues a esta comarca llegó junto con su familia cuando aún era niño y es hoy un piedecuestano de pura cepa.


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ILUSTRACIONES: (1) Templo de Piedecuesta. Fotografía: Carlos Andrés Acuña Duarte. Wikipedia.(2) Plaza principal de Piedecuesta. Fotografía antigua. Subida por: Campoelías. Wikipedia. (3) Girón, sector español. Fotografía: Kamilo Kardona. Wikipedia. (4) Francisco Javier. Óleo sobre lienzo. Bartolomé Esteban Murillo (Dominio Público). (5) Comunero. Grabado: Herrera Casado. Wikipedia. (6) Fernando Serrano y Uribe. Cultura Banco de la República. Wikipedia. (7) Victoriano de Diego Paredes y Paramato. Wikipedia. (8) Carretera entre Bucaramanga y Piedecuesta. Fotografía: Quintilio Gavassa Mibelli (Cortesía del historiador y periodista Edmundo Gavassa Villamizar). (9) Templo de San Laureano de Bucaramanga en 1879. Fotografía: Quintilio Gavassa Mibelli (Cortesía del historiador y periodista Edmundo Gavassa Villamizar). (10) Guerra de los Mil Días. Ejército conservador. Fotografía: Quintilio Gavassa Mibelli. Revista Credencial (Cortesía del historiador y periodista Edmundo Gavassa Villamizar). (11) Cigarrera. Escudo de Piedecuesta. En: Mujeres cigarreras e identidad piedecuestana por Luis Rubén Pérez Pinzón. Alcaldía de Piedecuesta. Secretaría de Desarrollo Social y Dirección de Cultura. (12) Procesión de Semana Santa en Piedecuesta. Fotografía: Vanguardia Liberal. (13) Carlos Cortés Caballero. Fotografía: Nylse Blackburn Moreno. (14) Víctor Hugo Peña Grisales. Fotografía: Vanguardia Liberal. (15) Ciclista ascendiendo la cuesta. Anónimo.

BIBLIOGRAFÍA: MARTÍNEZ GARNICA, Armando. GUERRERO RINCÓN, Amado Antonio. La provincia de Soto. Orígenes de sus poblamientos urbanos. ARENAS, Emilio. La Payacuá. Historia de Bucaramanga y las ciudades del Río de Oro. CACUA PRADA, Armando. Custodio García Rovira, el estudiante mártir.  SIERRA BARRENECHE, Eduardo. Santander, tierra con pasado, presente y futuro. GALLO RONDÓN, Betty. CHAPARRO LÓPEZ, Cecilia. Santander, folclor, mitos y leyendas. GÓMEZ GÓMEZ, Óscar Humberto. Historia de Bucaramanga. NÚÑEZ HARTMANN, Sergio. Así es Santander. OCHOA GONZÁLEZ, Enrique. Santander Siglo XXI. CAÑAS SERRANO, Juan José. PEÑA GRISALES, Víctor Hugo. Víctor Hugo Peña Grisales. Siempre hay una primera vez. PINZÓN GONZÁLEZ, Gustavo. Historia de la formación de Santander, sus provincias y municipios. VILLEGAS, Jorge. YUNIS, José. La Guerra de los Mil Días.

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LA JOVEN DEL PUENTE (Crónica). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

CAPÍTULO I

DEPRESION
Tenías el cabello rubio. Y no era por obra y gracia de la sala de belleza, sino porque ese era el tinte con el que las hadas, o natura, o ese Dios en el que yo entendí siempre que creías, había tinturado tu pelo desde antes de que nacieras.

¿Qué hizo que una joven hermosa como tú, de la que todos pensábamos que lo tenía todo en la vida para ser feliz, terminara haciendo lo que tú hiciste?

Cuando aquella mañana triste de un día cualquiera vi a tu hermana y le pregunté por ti, jamás imaginé que me contestaría lo que me contestó, y fue tanta la impresión que me produjo su respuesta, que al principio opté por no creerle, quizás pensando ingenuamente que así la realidad sombría que ella me dibujaba, acompañándose de unos ojos humedecidos y de una sonrisa amarga, se transformaría, como por arte de sortilegio, en una tranquilizante explosión de fantasía. Sí: que yo despertaría del embrujo y descubriría que no era cierto, que tú jamás hiciste lo que hiciste, y que, igual que yo, estabas luchando, con más comodidades que las mías, por construir el futuro alrededor de los libros, de la frescura incomparable de la juventud y del cautivante verdor de la esperanza.

Fue cuando empezó a llover y a soplar un viento helado y taciturno, y entonces comprendí, con perfecta claridad, que todo era cierto y que, por culpa del persistente destierro social del amor, tú tampoco habías sido capaz de sobreponerte a los inoportunos embates de la desilusión, ni a las agotadoras arideces del hastío, ni al peso insoportable de la incertidumbre.

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CAPÍTULO II

DEPRESION

Que Pilar Stella Quiroga Niño solo tenía escasos diecisiete años cuando se le arrojó a las brumas aquel lunes catorce de marzo de mil novecientos setenta y siete, decía la prensa. Y algo similar comenzó a repetir al año siguiente. Eso dijo cuando Jairo Antonio Combariza rompió el hilo de la existencia a sus veinticuatro años el jueves diecinueve de enero, y cuando detrás de él se fue Yolanda Castellanos de García el jueves siguiente, veintiséis de enero, a sus veintiuno, y cuando Gloria Inés Henao Valencia repitió el drama apenas una semana después, el viernes tres de febrero, a sus diecinueve, y cuando Milton Emilio Ortega Sepúlveda a sus veintiocho años hizo lo mismo el viernes diez de marzo, y cuando Rocío Pérez Miranda lo hizo a sus dieciséis años el lunes veintisiete de marzo. Todos tenían “solo” la edad que tenían. Una edad tan breve, tan fugaz, tan incipiente, que era -eso decían- como cortar de tajo un capullo.

Pero entonces el jueves treinta de marzo les siguió los pasos Fortunato Fontecha Franco a sus setenta y tres años. Fue ahí cuando se comprendió que no solamente los jóvenes podían desencantarse temprano de la vida, sino que también podían desilusionarse de ella tardíamente quienes ya la habían transitado un largo trecho.

Aunque, de todos modos, la juventud frustrada retornó al espeluzno al día siguiente. Sí: ese viernes treinta y uno de marzo de mil novecientos setenta y ocho, Luis Hernando Niño García, otra vez de “solo” diecisiete años, se coló por entre los resquicios de la vida para entregársele sin contemplaciones a la muerte. Para este momento ya veintisiete personas habían tomado lo que los periodistas carentes de riqueza lexicográfica llamaban “una determinación fatal”.

El martes treinta de mayo siguiente se anunciaba a los cuatro vientos, como si se estuviera relatando un partido macabro a través de La Voz de la Indolencia, que con “una persona de sexo masculino identificada como Jorge Rueda” se había llegado a “la víctima número treinta de la incontenible oleada”.

Tan solo dos meses más tarde, el sábado veintinueve de julio, la “incontenible oleada” llegaba a las treinta y cinco desdichas con el joven Luis Bernardo Ardila Ambulla. Tenía veintidós años cuando su cuerpo golpeó el insensible fondo del precipicio.

Clara Rosa Guerrero contaba con dieciocho años aquel miércoles ocho de noviembre desgraciado y Víctor Manuel Medina Prada con veinticinco aquel desgraciado martes doce de diciembre siguiente cuando llevaron los crespones del luto a sus hogares mientras sus paisanos recién habían apagado las velitas de la Inmaculada Concepción y se alistaban para comenzar a jugar los aguinaldos.

Ya en el año ochenta, se largaron de su entorno para nunca más volver Reyes Suárez Toscano, de cincuenta y dos años, el miércoles veintitrés de abril, Consuelo Ferreira, de treinta y cinco, el sábado siguiente, Bertha Pinilla Roa, de cincuenta y cuatro, el martes diez de junio, y Alirio Díaz, otra vez de “solo” diecinueve, el sábado trece de setiembre.

Del agobiado joven que buscó las honduras de aquella lóbrega sima el sábado veintiocho de marzo de mil novecientos ochenta y uno únicamente se dijo que tenía “entre dieciséis y diecisiete años de edad”, pero, en cambio, sí se aprovechó la noticia para dar el yerto dato estadístico de que “sesenta y seis personas” se habían ido sin despedirse acudiendo a la compañía de aquellas columnas que parecían haber sido empotradas en el infierno.

Pero la maldición parecía no querer alejarse nunca y fue así como en pleno Jueves Santo, el dieciséis de abril Ignacio Dulcey Angarita también partió sin destino conocido y a la semana siguiente, el viernes veinticuatro de abril, se fue detrás de él Marcelino Carvajal.

El martes dieciocho de agosto, Gloria Rico, de veintitrés años, no quiso seguir enfrentándosele a la pobreza y apenas pocas horas después de ella siguió su ejemplo Carmen Cecilia Ramírez, nuevamente de “solo” diecinueve años.

Fue el viernes trece de noviembre cuando la prensa informó que ciento cinco personas se habían marchado en pos de la inmortalidad que les prometieron, contando a quien lo acababa de hacer ese día, Francisco Vargas Carreño, de cincuenta y cuatro años.

Pero cuatro días más tarde, se reanudaría el conteo con la decisión sombría tomada por Juan Cristóbal Cancino Mantilla, de veintidós años, y entonces la policía anunció, por primera vez, que haría algo distinto de llevar las estadísticas y apostaría una patrulla permanente en el lugar.

Empero, no la ubicó con la suficiente celeridad, o la patrulla no se dio cuenta, o no cumplió con su deber, porque tres días después Marina Rueda Walteros, de “solo” veinte años, se fue por el mismo sendero sin despedirse de nadie.

¿Pero qué pasa?, ¿qué diablos está sucediendo?, se preguntó la gente que devoraba los pasquines con el extra del día. Le contestó al día siguiente Hernando Carreño Tarazona y, entonces, la ciudadanía, que ante las fotografías de su cuerpo exánime parecía despertar por fin del letargo, empezó a exigir que el Estado interviniera de manera decidida y enérgica para solucionar el “problema”.

De la jovencita de unos veintidós años que el domingo trece de marzo de mil novecientos ochenta y tres apagó su corta existencia en aquel mismo escenario lúgubre solo se dijo que había sido vista llorando antes de lanzarse. En cambio, del joven de veinticuatro años que lo hizo el martes diez de mayo se dio el nombre: se llamaba José Gustavo Navas Leguizamón. Pero la prensa hizo la aclaración macabra de que otro joven de veintidós años y de nombre Javier Medina Macías había hecho lo mismo en días anteriores.

Al día siguiente, cuando aún no se cumplía el triste funeral de José Gustavo, le siguió los pasos Orlando Rueda Rosas, de veinticinco años.

Ramón Tarazona Merchán, de cuarenta y dos años, se fue el martes veintiséis de julio y Edmundo Silva se marchó el martes nueve de agosto, dos semanas después

El viernes veintitrés de setiembre lo hicieron Nelson Ramírez Rodríguez y “una mujer cuya identidad se desconoce”, según dijeron los diarios.

El sábado veintidós de octubre, se marchó una joven de veinticuatro años de quien vino a saberse el jueves veintisiete que se llamaba María Oliva Quintero Quiñones.

Aquel luctuoso mil novecientos ochenta tres también habría de llevarse consigo a Jesús López Hernández, de veintidós años, al ciudadano italiano Andrea Felice Bruno Bertigno (Martingnon, escribieron otros) y a Marco Julio Suárez Villamizar, de veinte años, estudiante del Instituto Técnico Superior Dámaso Zapata.

Pero la línea dolorosa no se cortaría ahí. Al año siguiente retomaría su trágico curso con las vidas cercenadas de Víctor Albarracín Martínez el domingo ocho de abril a sus veintidós años, de Juan Carlos Tarazona Parra el martes diecisiete de abril a sus veintiún años y de Armando Mora el jueves tres de mayo a sus cincuenta y uno. En esta última ocasión la prensa aprovechó la noticia para volver a la frialdad de las estadísticas: era la víctima doscientos ocho.

El martes tres de julio prosiguió el luto: el joven Juan Bautista Castillo Abaunza, de veintidós años, se marchó con su equipaje de hastío en busca de la felicidad que le había sido tan esquiva, y el jueves diecinueve de ese mismo mes le siguió los pasos alguien todavía más joven, Martín Niño Pinto, de veinte años. Y antes de que julio se despidiera, lo hizo alguien a quien la prensa solamente describió como “un tipo de aspecto humilde, de aproximadamente cincuenta y cinco años”.

Al mes siguiente, agosto, el día lunes veinte, se marchó Olga Lucía Hoyos, nuevamente de “solo” diecisiete años. Después, el domingo dieciséis de setiembre, se fue “una mujer de quien solo se sabe que se llamaba Elpidia”. Y en octubre lo hicieron José Gustavo Escobar Martínez, de setenta y cuatro años, y “una señora de cuarenta años aproximadamente”.

Ese año también se marchó para siempre sin que los periódicos hubiesen vuelto a aumentar sus tirajes a costa del dolor ajeno.

Pero la vida continuaba. Y también la muerte. El martes cuatro de febrero de mil novecientos ochenta y cinco se fue “la joven señora Claudia Patricia Rodríguez de Chaparro”, de quien ni siquiera se dijo la edad, y el viernes ocho de marzo siguió su ejemplo Virginia Motta Gutiérrez “porque su esposo le dio una paliza el día inmediatamente anterior”. A pesar de la razón que esgrimió la víctima, que debería haber sido suficiente para que algún funcionario judicial consciente de sus deberes hubiese abandonado la mesa del tinto para irse a su despacho y ordenar una severa investigación, que comenzara con la inmediata captura de aquel bruto, lo que la prensa dijo fue, más bien, que la deprimida dama había tomado una “fatal determinación de la cual sólo ella es responsable”. Al mes siguiente ya no hubo nombre alguno: únicamente se les contó a todos, a los que mantenían el interés y a quienes ya no tenían interés alguno en saberlo, que “una joven de veinticinco años aproximadamente” había decidido quitarse de encima el peso agobiador del sinsentido.

El jueves seis de junio de mil novecientos ochenta y cinco, Claudia Rocío Alarcón Roa, de “solo” veinte años, repetía la prensa, quien era “estudiante de la Universidad Santo Tomás”, también se arrojó a las honduras de la nada, y a raíz de la noticia volvieron las estadísticas gélidas: se había “convertido”en “la víctima número doscientos cuarenta y uno”. Apenas diez días después, el domingo dieciséis de junio, hizo lo mismo alguien cuyo nombre no se supo, o por lo menos la prensa no pudo decirlo: “un muchacho de aproximadamente veinte años de edad, vestía camisa celeste, bluyín azul y zapatos de gamuza”, fue todo lo que contaron. El martes tres de setiembre, Gabriel González Prada, de cuarenta y tres años, y de quien su esposa narró a los periodistas que “se hallaba desesperado por la falta de trabajo” culminó allí mismo su infructuosa búsqueda de ilusiones. Y al día siguiente, el miércoles cuatro de setiembre, “otro hombre no identificado, de una edad aproximada de sesenta años”, se fue detrás de él.

Entonces, vinieron las luces decembrinas y con ellas el adiós postrero de aquel año.

Pero no el de la desesperanza. El domingo veintitrés de marzo de mil novecientos ochenta y seis, Hernando Morales Mora, de veintiún años, no quiso continuar en la brega por llegar a ninguna parte y al mes siguiente, el viernes cuatro de abril, tampoco quiso seguirla Mario Romero, de veintiséis años, como tampoco deseó proseguir hacia un mañana incierto aquella “mujer de aproximadamente cuarenta y cinco años, sin identificar” que se fue el domingo veinte de abril sin despedirse de nadie.

Ninguno de esos nombres era el tuyo, claro; por eso, talvez nunca lo hubiera sabido, mona linda, si no me lo cuenta tu hermana.

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CAPÍTULO III

DEPRESION

(Yo sí había escuchado hablar de la depresión, pero no sabía qué era. Creía, como lo creía todo el mundo, que debía ser, seguramente, un concepto similar a la tristeza, una especie de tristeza profunda. Incluso llegué a pensar que un buen cómico podía remediarla con tan solo hacer derroche de su talento y desencadenar en quien la sufriera una buena dosis de curativas carcajadas.

De hecho, los ingleses acudían a un estupendo y famoso comediante  de apellido Garrick para contrarrestar los efectos del spleen.

El spleen es un vocablo que deriva de la palabra bazo. Y es que en la antigüedad se creía que la tristeza melancólica de las personas provenía de una sustancia que producía el organismo y que se llamaba la bilis negra.

Fue el escritor francés Charles Baudelaire quien primero se refirió al spleen. Y fue el poeta mexicano Juan de Dios Peza quien con versos desgarrados inmortalizó, bajo el título Reír llorando, la tragedia inconmensurable de la sociedad londinense y del prodigioso humorista que la rescataba de las inconmensurables honduras de su tristeza:

“Viendo a Garrick -actor de la Inglaterra-
el pueblo al aplaudirlo le decía:
“Eres el más gracioso de la tierra,
y el más feliz…”, y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores,
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
sufro -le dijo- un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte;
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión la de la muerte.

-Viajad y os distraeréis. -¡Tanto he viajado!
-Las lecturas buscad. -¡Tanto he leído!
-Que os ame una mujer. -¡Si soy amado!
-Un título adquirid. -¡Noble he nacido!

-¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas.
-¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho!
-¿Qué tenéis de familia? -Mis tristezas.
-¿Vais a los cementerios? -Mucho… mucho.

-De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?
-Sí, mas no dejo que me impongan yugos:
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos, mis verdugos.

Me deja -agregó el médico- perplejo
vuestro mal, y no debo acobardaros;
tomad hoy por receta este consejo:
“Sólo viendo a Garrick podréis curaros”.

-¿A Garrick? -Sí, a Garrick… La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa;
¡Tiene una gracia artística asombrosa!

-¿Y a mí me hará reír? -¡Ah! sí, os lo juro;
Él sí; nada más él; mas… ¿qué os inquieta?
-Así -dijo el enfermo-, no me curo:
¡Yo soy Garrick!… Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas”).

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CAPÍTULO IV

DEPRESION

(Años después habría de saber que no solo no era cierto que la depresión se curaba con tan solo la gracia de un humorista talentoso, sino que -al igual que Garrick- más de uno de aquellos payasos, mimos, pierrots, bufones, guasones, chungueros y arlequines capaces de salvar a los demás del abismo no lo había sido de salvarse a sí mismo.  Sí: que más de uno de aquellos infelices repartidores de felicidad había permanecido encarcelado detrás de sus barrotes, invisibles pero infranqueables, hasta que, por fin, un día desdichado decidió despedazar de un balazo en la sien los últimos reductos de su indescifrable e irremediable melancolía.

Aprendí, igualmente, gracias a la Organización Mundial de la Salud, que la depresión es previsible. “Está demostrado —dice la entidad científica internacional— que los programas de prevención reducen la depresión. Entre las estrategias comunitarias eficaces para prevenirla se encuentran los programas escolares para promover un modelo de pensamiento positivo entre los niños y adolescentes. Las intervenciones dirigidas a los padres de niños con problemas de conducta pueden reducir los síntomas depresivos de los padres y mejorar los resultados de sus hijos. Los programas de ejercicio para las personas mayores también pueden ser eficaces para prevenir la depresión”.

Fue mucho después de aquellos largos y oscuros años de ignorancia que me enteré también sobre la relación latente que existía entre la depresión y el suicidio.

“La depresión — habría de saberlo gracias a las enseñanzas de la misma Organización Mundial de la Salud— es distinta de las variaciones habituales del estado de ánimo y de las respuestas emocionales breves a los problemas de la vida cotidiana. Puede convertirse en un problema de salud serio, especialmente cuando es de larga duración e intensidad moderada a grave, y puede causar gran sufrimiento y alterar las actividades laborales, escolares y familiares. En el peor de los casos puede llevar al suicidio. Cada año se suicidan más de 800 000 personas, y el suicidio es la segunda causa de muerte en el grupo etario de 15 a 29 años”).

Pero también, por supuesto, lo supe por ti.

Sí, por ti, por tu tragedia sin nombre, por los asaltos de la duda irresoluta sobre qué sentiste cuando ya estabas suspendida en el espacio como un ángel, por tu imagen de jovencita de tez muy blanca cargada de cuadernos y poseedora de la sonrisa más bella entre todas las estudiantes de bachillerato en aquella urbe cargada de indolencia. Lo supe, en fin, cuando vi la tumba con tu nombre, todavía escrito sobre el cemento con las letras torcidas, trazadas gracias al oportuno apoyo logístico brindado por una ramita triste que alguien cortó para que sirviera de pincel, y ya semicubierto con las primeras azucenas sin blancura y los primeros claveles marchitados, no tanto por las inmisericordes inclemencias del sol, sino por las implacables arideces del olvido.

Entonces fui consciente, por primera vez, de que hay ocasiones en la vida en las que uno descubre que está llorando y no se había dando cuenta.

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CAPÍTULO V

DEPRESION

(Leonardo Ramírez Albarracín, el cinco de marzo de mil novecientos setenta y uno, habría de ser el primero. Otro personaje anónimo sería el segundo en mil novecientos setenta y tres. Otro más, igual de desconocido, haría arribar la cifra a tres en mil novecientos setenta y cinco. Y, entonces, llegaría la interminable noche oscura: a partir de mil novecientos setenta y siete, durante los siguientes años y hasta aquel mil novecientos ochenta y seis en que, por fin, cesó uno de los segmentos más amargos de nuestra amarga historia, vendrían todos los demás: la niña de apenas diecisiete años que ya no quería seguir viviendo, el mesero de veinticuatro que tampoco quería hacerlo, la joven señora de veintiuno que lo deseaba menos, los despojados de la alegría, los prisioneros de la tristeza, las mujeres golpeadas por sus maridos y cuyas muertes casi que justificaron los periodistas embrutecidos hasta la sinrazón por el machismo, aquellas dos jovencitas asidas de la mano que ni siquiera fueron hasta sus casas a cambiarse su uniforme escolar, los hombres y las mujeres abrumados por el desamor, las víctimas del desempleo, los aquejados de la enfermedad incurable, los que ya no tenían con qué comprar sus analgésicos en la farmacia y solo tenían el adiós como cura definitiva para la insoportable tozudez de sus dolores, los que no encontraron el camino luminoso que les permitiera escapar de las oscuridades del tedio, los seres anónimos de quienes apenas se dijo que vestían un bluyín sin marca o que dizque alguien los vio llorar antes de lanzarse al vacío, aquel de quien llegó a afirmarse que se había arrepentido en el último momento, pero no había podido sostenerse en vilo por más tiempo; los venidos de otras ciudades del país o de otros países del mundo y que llegaron a la ciudad para de una vez acudir a su cita con la desesperanza; la chica pobre de apellido Rico a la que se le notaban en el rostro extrañamente sonriente las profundas marcas del hambre, aquella otra a la que todavía no se le notaba el embarazo furtivo, el monaguillo por cuya dignidad salió a los medios el cura párroco del barrio de oriente donde había vivido desde que era un bebé, y, en fin, todos ellos, los marginados de siempre, los excluidos de siempre, los sin voz de siempre, los ignorados de siempre, los destituidos sociales de siempre, los silenciados por siempre).

Y tú, por supuesto.

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CAPÍTULO VI

DEPRESION

Estás ahí, mona linda -sí, mona linda, como el título de aquella festiva pieza tropical de Lucho Bermúdez, la única que bailamos juntos, asidos de las manos, tú con tus manos cálidas, yo con mis manos gélidas, en el último bazar al que asistiría en mi vida-; sí: mona linda, como yo dije desde el micrófono que tú eras, jugando a ser locutor, matizando la voz para anunciar, con la mayor dulzura posible, que a continuación iba a sonar una “complacencia”: “para complacer a la mona más linda de todas las monas”; estás ahí, digo, parada en el anchuroso pasillo del colegio, del glorioso Colegio Santander, una mañana cualquiera del año mil novecientos setenta y cuatro. Tienes la sonrisa triste de La Gioconda, pero aún así alcanzas a irradiar la alegría de tu juventud lozana cuando le respondes a tu hermana la pregunta que te hace desde lejos. Ya no me acuerdo de la pregunta, ni de la respuesta, y no siento que tenga deseos de rememorarlas. Solo conservo en la mente tu imagen de colegiala a punto de culminar su bachillerato, tu vestido blanco, tu cabello rubio, tu voz, tu sonrisa y la estampa escolar que te proporcionaban las carpetas académicas en la mano. Hoy, cuando ya han transcurrido tantos años, cuando desde hace tantos años no tengo noticia alguna de tu hermana, ni de nadie, pareciera que te hubieras congelado en el tiempo justamente en el momento preciso de la respuesta. No hay más imágenes que te evoquen con más fuerza que esa. En realidad, debería haberlo hecho por siempre la del feliz momento en que recibiste tu diploma en medio del aplauso de tus condiscípulos, entre ellos yo; pero no, yo no te vi recibiéndolo, pues tampoco asistí a la ceremonia de graduación, aunque sí me enteré de que estabas muy bonita, porque me lo contó alguien cercano que se propuso con eso sacarme de las honduras del desencanto y convencerme de que no valía la pena quedarme acostado en la cama sumido en el desaliento y sí la valía, en cambio, que me animara a irme con él y los demás compañeros de nuestro pequeño grupo de estudio a compartir en su casa un almuerzo de graduados pobres y la espumosa satisfacción de una cerveza helada.

Sí: ese es el último recuerdo que conservo de ti. Sí: el último recuerdo, mona linda.

Porque lo demás, tu figura suspendida en el aire paralizado por el asombro, la palidez extrema de tu rostro transfigurado por la confusa entremezcla del dolor y el miedo, tus ojos enrojecidos por los raudales del llanto, tu pelo como un oriflama rasgando el aire tibio de las cinco de la tarde y tu confusa sensación de angustia ante la magnitud sobrecogedora del abismo, no son recuerdos, mona linda, sino el producto no sé bien si de mi imaginación calenturienta o de esa inconmensurable tristeza que de tarde en tarde reaparece en la vida de las personas para parir en cascada tantas imágenes igual vívidas que de una perturbadora e inexplicable nostalgia.

Hoy, tantos años después, todo el mundo atraviesa el puente, bajo el indolente imperio de la rutina diaria y la creciente dictadura de los atascos, pero tengo la certidumbre de que muy pocos recuerdan a los más de doscientos cincuenta seres humanos que decidieron sobrepasar los barandales para arrojarse sin preámbulos en los brazos del olvido, y de que nadie, absolutamente nadie -excepto yo- tiene siquiera la más mínima idea de quién fuiste.

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, viernes treinta y uno de marzo de dos mil diecisiete.

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PÉKERMAN. Por: VAGO.

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EL INÚTIL. Por: El Diablillo del Parnaso.


Entraste a disfrutar de la pensión,

Pensión por demás inmerecida:

Pasaste tantos años de tu vida

Sin hacerle a la vida aportación.

 

No entiende nuestra gente la razón

Del por qué no te dieron la salida,

ni por qué una burocracia mal vivida

Te alcanzó para alcanzar jubilación.

 

Mientras hombres y mujeres por montón

Sobreviven entre la marginación

Después de que a la Patria le sirvieron,

 

Personajes como tú, que nada hicieron,

Que otra carga para el fisco no más fueron,

Se llevan del erario… ¡¡¡ qué porción !!!

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VICKY (Crónica, Capítulo II). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Dos años atrás, en 1964, los curas jesuitas habían fundado una cosa llamada Cenpro y, cuando menos se percató Colombia, para asombro de las señoras de rebozo y veladora que se iban a oír la misa en el único lugar posible para oírla, que no podía ser sino la casa de Dios – a la otra puerta de la casa del cura-, y, por supuesto, para asombro mío, que -formado en materia religiosa en el catecismo del padre Gaspar Astete- creía lo mismo que ellas, una mañana de domingo apareció en la pantalla de los escasos televisores que los colombianos tenían instalados en la sala de sus casas -o sea un paso antes del comedor- el controversial milagro de la misa en directo pero a distancia, la misa en televisión, y, poco tiempo después, algún día se vio en el coro, o como casual refuerzo del mismo, a las estrellas que por aquellos días iluminaban el firmamento artístico nacional, entre ellas la joven vallecaucana de capul y cabellos largos que ya era famosa gracias a su “Llorando estoy”, ante cuyo descubrimiento dentro del grupo de cantores todos empezaron a decir en voz alta, olvidando que estaban en plena misa: “¡Miren, miren, ahí está Vicky!”, sin que faltara, por supuesto, la inevitable precisión del lugar que ocupaba dentro del grupo e, incluso que alguno se parara del piso y la mostrara tocando la pantalla con el dedo índice.


El jesuita Germán Bernal nos recuerda aquellos tiempos: “Desde 1960 los jesuitas de Colombia conformaron un grupo apostólico dedicado a la pastoral de las comunicaciones sociales, muy especialmente enfocado a la producción de programas por televisión. El padre Rafael Vall-Serra, S.J., dio inicio a la obra, que se llamó Centro de Producción de Televisión, Cenpro, y luego daría origen a la actual empresa comercial del mismo nombre. Cenpro inició la transmisión de la misa por televisión en Colombia. En 1964 se comenzó a celebrar la santa misa desde un pequeño estudio de Inravisión. Con el exiguo apoyo económico de una cadena de almacenes, se pudo comenzar esta emisión de la eucaristía, trasmitida en vivo y en directo. El grupo de jesuitas de Cenpro aseguraba la continuidad del programa. Los jóvenes estudiantes de humanidades y filosofía de la Compañía de Jesús colaboraban en la elaboración de los guiones y en otros aspectos de la producción. Se contaba con medios muy precarios: por ejemplo, las imágenes que enriquecían el programa eran láminas pegadas sobre cartones, tomadas por una de las cámaras del estudio; de otra parte, el espacio para la celebración era muy estrecho. Y no debemos olvidar que en aquellos comienzos de la televisión en Colombia la señal era en blanco y negro”.


Pero Vicky no se resignó, como otros artistas de su generación, a quedarse congelada en el tiempo, ocupando las páginas, cada vez más amarillas, de los periódicos de la época, los diarios de ese 1966 en el que irrumpió con todo el sortilegio de sus baladas. Por cierto, uno de estos, fundado el año inmediatamente anterior, advirtiendo con inequívocas señales de humo el espíritu sensacionalista y mercachifle que habría de caracterizarlo siempre, no había tenido empacho en difundir contra ella, cuando apenas despuntaba, cuando era tan solo una jovencita soñadora con escasos 19 años, una especie irresponsable cuya solidez bien habría podido servirle a Paul Tabori para nutrir su Historia de la estupidez humana, pero que, en todo caso, alcanzó a desencadenar en la escuela un enfrentamiento entre sus seguidores y sus detractores, que, dicho sea de paso, fue parado en seco cuando los contrincantes avistamos la presencia del rector, pues sabíamos que por mucha Declaración Universal de los Derechos del Niño que hubiera, a los profesores de la Camacho Carreño jamás les temblaba el pulso para cogerlo a uno a reglazos si lo ponchaban, y no precisamente en un partido de béisbol, sino pasándose la disciplina por la faja.


Fue así como seguí viéndola y escuchándola cantar durante los comienzos de la década siguiente, en las noches solitarias en que casi dormitando sobre mi escritorio de periodista imaginario esperaba, no solo a que el reloj diera las campanadas de las once, sino a que mi malogrado amigo Rafael Bohórquez Jr. subiera desde el taller hasta la sala de redacción llevando consigo no solo las últimas pruebas por corregir, sino el bálsamo reconfortante de su indeclinable sonrisa. Y era que en ese lejano 1973, yo tenía que aplicarme a la tarea de marcar los yerros en aquel inolvidable Diario del Oriente, hoy no solo desaparecido, sino también olvidado, pero que alcanzó a aproximarme tanto al hermético y fascinante mundo de los linotipos como a la posibilidad de culminar mi interrumpido bachillerato.

También, desde luego, en las postrimerías de ese decenio, en aquel 1979 en el que mientras Vicky lanzaba su nuevo y exitoso “Pobre gorrión”, yo aceleraba la terminación de mi tesis de grado tratando de convencer a propios y extraños de que en Colombia todavía existían indígenas.

Y todavía seguía oyendo su voz y sus letras cargadas de delicadeza y de ternura en los albores de la década de los 80 cuando aún la hoy superpoblada Cabecera del Llano de mi solar nativo, y a donde nos acabábamos de pasar a vivir, era un sector casi desolado.


A la sazón, el país todavía no había sido sometido a la crónica cotidiana del espeluzno impune que se desplomaría sobre nuestro suelo desdichado pocos años después, cuando las tiernas letras de Esperanza Acevedo persistían, talvez más que nunca, en su impagable tarea de deleitarnos. Y es que iría a ser dentro de esa misma década, en la que sobrecargados de ilusiones habíamos principiado el ejercicio de la hermosa carrera que escogimos, cuando los alias de todos los pelambres pretenderían prohibirnos a los colombianos, bajo pena capital y con la cómplice indiferencia o la activa cooperación de los poderosos, el pacífico y legítimo ejercicio de nuestro inviolable derecho a ser honestos.

Una tarde cualquiera de sábado del año 1982, sentado en uno de los confortables muebles rojos de nuestra primera sala, mientras se avecinaba el crepúsculo, todavía observable desde el oriente de Bucaramanga sobre los lejanos cerros de occidente, abrí su recién adquirido disco -el primer disco suyo con el que pude salir airoso de la hoy también desaparecida tienda de Discos Diana- y puse a sonar la primera canción grabada en aquel acetato pulcramente editado por el sello Orbe. Así conocí de cerca ese precioso tema que ella tituló “Amor amargo”, con el que creí comprobar -nunca supe si con acierto o sin él- que Esperanza Acevedo era una magnífica compositora de baladas tristes porque, además de su indiscutible talento para la música, en el fondo de su corazón era una persona profundamente sensible y naturalmente propensa a la tristeza.

Hace pocos días, los medios que empezaron a esparcir la noticia de su muerte dijeron que acababa de fallecer una cantante de protesta de los años 60. Cuando leí aquello, tuve la intención de escribirles para aclararles que eso no era cierto, que Vicky solamente le había cantado al Amor. Pero luego desistí de la idea porque llegué a la conclusión de que, en realidad, sí lo había sido.

Porque en una sociedad proclive al desafecto, a la exclusión, a la indolencia, a la violencia y a la guerra, todo aquel que le cante al Amor es un cantante de protesta.

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, domingo 19 de marzo de 2017.

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A VICKY. Por: El Último Guane.


Que fuiste grande, lo fuiste,

Porque al Amor le cantaste

Y al odio te le enfrentaste

Con el dulzor que trajiste.

 

Hoy que ya te despediste

Y al ver yo cuánto dejaste,

Siento que aquí te quedaste

En todo cuanto escribiste.

 

Si, al fin, es Dios nuestro fuerte,

No hay que llorar por la muerte,

Hay que reír por la vida,

 

Por eso, ante tu partida,

Te digo, artista querida,

¡Gracias, Vicky, y buena suerte!

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[ILUSTRACIÓN: Fotografía en blanco y negro de Esperanza Acevedo (Vicky) tomada en los años 60. Diseño gráfico de Pedro Jesús Vargas Cordero].

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VICKY (Crónica. Capítulo I). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Solo había un canal de televisión y era en blanco y negro. Y solo había en mi barrio tres televisores, uno en la casa de los Pinzón, otro en la Funeraria Colombiana -de don José Suárez R., letra esta que nunca supe qué significaba- y otro en la tienda La Veracruzana, de don Gratiniano, donde -paradójicamente, y como era lógico- nada era gratis.

En esos tres televisores ajenos escuché por primera vez las presentaciones del Club del Clan.


El Club del Clan era un programa de go-gós y ye-yés, muchachos melenudos y niñas con capul, botas largas y faldas cortas que cantaban, no siempre con afinación, pero sí siempre con garra -a juzgar por sus gritos prolongados y estentóreos-, acompañados por guitarras eléctricas que parecían sollozar, bajos eléctricos que no estremecían el subsuelo como los de ahora, pero eran apenas suficientes para hacernos recordar que el infierno existe, y los redoblantes, bombos y platillos de unas baterías que en aquel entonces me parecían gigantescas, pero que hoy seguramente quedarían haciendo el oso al compararlas con las que le he visto tocar, para no ir tan lejos, al único ingeniero de minas y petróleos del mundo que le ha dedicado, al menos que yo sepa, su tesis de grado a la Música, William Blackburn, desde los años en que con sus baquetas endemoniadas le hacía la percusión al rock de su propia banda, Sector 16, hasta más tarde, cuando, ya con menos desasosiego, le marcaba el ritmo al romántico saxofón de Lalo Ariza.

Transcurría el año 1966 y en la escuela pública José Camacho Carreño, donde yo, a pesar de los vaticinios burlones que suele hacer la pobreza, soñaba dizque con ser alguien en la vida, decían que una joven y anónima secretaria se había ido de Palmira, la misma pequeña ciudad vallecaucana a la que le cantara el inmenso compositor costeño José Barros, para instalarse en la lejana, impersonal y yerta Bogotá dizque porque quería participar en aquel juvenil concurso.

Sí, en el del Club del Clan. Porque eso era en el fondo aquella sucesión de nuevos artistas: un concurso.  Pero no uno de esos de hoy en día, donde los jurados se reúnen antes para decidir quién va a ganarlo, de modo que cuando los pobres majaderos que aspiran al premio suben a la tarima, ya tienen su suerte echada. No. Aquel era un concurso elemental, sencillo y limpio, un concurso sano, descomplicado y simpático, un concurso liviano, sin ataduras, sin ceremonias y sin hipocresías. En una palabra, era un concurso fresco, como tenía que serlo porque llevaba implícito la frescura de la juventud.

Esa joven secretaria se llamaba Esperanza Acevedo. Fue mucho después que nos dieron a conocer su segundo apellido, el Ossa, del mismo modo como fue mucho más tarde que todo el mundo empezó a hablar, ya no de José A. Morales, sino de un tal José Alejandro Morales López.

Muy pronto vino a saberse que aquella joven creaba las canciones que interpretaba. Y también muy pronto vino a saberse que ella había decidido diferenciar a la compositora de la cantante y que para tal fin sus discos los grabaría Vicky mientras que los créditos de la autoría se los reconocerían a Esperanza Acevedo. Es decir, a Esperanza Acevedo Ossa.


Un día le preguntaron a Luis Carlos Galán Sarmiento cuál era su artista favorito y él dijo que era una mujer y nombró a Vicky.

Fue entonces cuando descubrí que una que otra vez hay uno que otro político con el cual resulto teniendo una que otra coincidencia.

(CONTINUARÁ).

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LA HECHICERA. Por: El Último Guane.


Qué magia tenían tus ojos,

Que con tan solo mirarme,

Yo empezaba a perturbarme

Y me venían los sonrojos.

 

Qué encanto, tus labios rojos,

Que solo con susurrarme,

En ellos sentía extasiarme

Y adiós decían mis enojos.

 

Qué sortilegio, tu pelo,

Por qué me dejaba lelo

El imán de tu sonrisa;

 

Pregunto y solo esta brisa,

Siempre gélida y de prisa,

Me responde con su hielo.

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A SEVERO HERNÁNDEZ. Por Óscar Humberto Gómez Gómez.

Nada importa que la vida sea tan dura,

Ni que haya poco pan sobre la mesa

Si un muchacho de los nuestros raudo besa

La victoria al descender por la espesura.

 

Nada importa si en la casa no hay holgura,

Si a los sueños y al mañana se atraviesa

Con su rostro endurecido la tristeza,

Él a punta de sudor todo lo cura.

 

De Pamplona viene hoy con su bravura

Penetrando entre la niebla y la dehesa

Y lo anima el frailejón, que nunca cesa

De mecerse entre los vientos de la altura.

 

El paisaje de mi tierra es hermosura,

El ciclismo es un ejemplo de entereza,

Y aquel joven que hoy se colma de grandeza

Mezcla es de verraquera y de dulzura.

 

El descenso de El Picacho es la pavura

Donde incluso hasta el ateo a Dios le reza,

Y este hombre, que en su cicla es la fiereza,

De allá viene como niño en travesura.

 

Él desciende y sube la temperatura

Mientras crecen su coraje y su presteza,

Y a la vista de su ardor y su guapeza,

Dicen todos que la etapa está segura.

 

Es el estadio el universo en miniatura,

Donde el viva en la garganta nadie apresa,

Donde todo el mundo a gritos se confiesa

Y al más cuerdo se le olvida la cordura.

 

Y es allí donde aparece la figura

Del que lleva varias horas en la empresa

Y es entonces para el pueblo la sorpresa

De hombre y cicla en preciosa ensambladura.

 

El paso, ya en la pista, lo apresura,

Ruge el mundo y su rugido tanto pesa,

Tanto mece a nuestra tierra bumanguesa,

Que parece hallarse en riesgo la estructura.

 

El resto ya no es más que añadidura,

Es pensar que yo fui rico en la pobreza

Porque tuve a mi favor la gran riqueza

De haber visto tanta entrega y galanura.

 

Y al que hizo realidad tal coyuntura,

A ese hombre que mostró tanta nobleza,

Muchas gracias, campeón, por su proeza

De a pedal ponerle miel a la amargura.

 

Que haya siempre para usted buenaventura

Como ese día en que de tierra pamplonesa

Vino a darnos alegría de sobremesa

Montando airoso sobre su cabalgadura.

 

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, sábado 4 de marzo de 2017.

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[ILUSTRACIÓN: Fotografía en blanco y negro del recordado ciclista santandereano Severo Hernández Tarazona tomada en los años 60. La poesía recrea su triunfo en la segunda etapa de la XV Vuelta a Colombia en Bicicleta corrida entre Pamplona y Bucaramanga el día jueves 18 de marzo de 1965].

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JUVENTUD. Por: El Último Guane.


No sé qué diga el Talmud,

Ni qué proclame el Corán,

Biblia o Torá qué dirán,

En torno a la juventud.

 

Sé que existen, y en alud,

Consejos que sabios dan,

Que se venden, como el pan,

Del septentrión hasta el sud.

 

Pues yo, que sabio no soy,

Miro al ayer desde hoy

Y es esta mi conclusión:

 

Que uno vivirla debiera

Cada instante que pudiera

Porque no hay repetición.

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[ILUSTRACIÓN: CONSAGRACIÓN DE SAN LUIS GONZAGA COMO PATRONO DE LA JUVENTUD. Óleo sobre lienzo. 1863. Francisco de Goya y Lucientes ((Fuendetodos, provincia de Zaragoza, España, 30 de marzo de 1746 – Burdeos, Francia, 16 de abril de 1828). Depósito Ayuntamiento de Jaraba. Jaraba, Comunidad de Calatayud, Provincia de Zaragoza, España].

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