Periodismo

NOTA: Estas remembranzas forman parte de nuestro próximo libro ENTRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y LA CENSURA (Columnas de opinión, informes especiales y memorias de un periodista anónimo).

MÁQUINA DE ESCRIBIR

DE CÓMO NACIÓ Y MUY PRONTO MURIÓ EN EL DIARIO DEL ORIENTE “EL NUEVO PERIODISMO”.

Precedido de la natural controversia, apenas obvia en un medio periodístico como el de la Bucaramanga de los albores de los años 70, época en la cual todas las figuras más representativas de la prensa local se habían hecho, única y exclusivamente, en los azarosos terrenos de la práctica diaria, Inocencio Carvajal llegó al Diario del Oriente como el primer periodista graduado en una universidad.

Su alma mater, según trascendió de inmediato (nunca pude comprobar la veracidad de ese rumor), era la Universidad La Gran Colombia, de Bogotá. En los escondrijos de la memoria y con la inevitable deformación de los años, creo que físicamente se me parecía a uno de los linotipistas del periódico, uno de apellido Oviedo, talvez, y esa semejanza la encuentro porque a ambos se les formaban unos particulares hoyitos en las mejillas al sonreír.

Pero si cayó mal en aquel gremio de periodistas empíricos el que llegara a reemplazar a una de aquellas figuras emblemáticas del periodismo bumangués un individuo con flamante diploma universitario de Periodismo y Comunicación Social debajo del brazo, sí que cayó peor la petulancia de aquel forastero. Y es que, si mal no recuerdo, Inocencio reemplazaba en el cargo de redactor judicial, es decir, de cronista de la llamada en ese entonces “página roja”, a José Sanmiguel Hernández, hombre de menuda estatura y rápido andar, y uno de los más veteranos, capaces y apreciados cronistas de la ciudad.

El nuevo cronista judicial del Diario del Oriente, en efecto, no arribó al medio comarcano con la modestia de quien llega a un sitio que no es el propio y sólo con sus acciones y su simpatía es que va calando en el ambiente ajeno hasta apropiarse de él, como ha sucedido con personas de quienes llega a saberse más tarde que hasta son declarados hijos adoptivos de un lugar donde no nacieron, como sucedió, pongamos por caso, con el destacado pintor y escultor bolivariano Antonio Frío, a quien el pueblo de Zipaquirá oficialmente acogió como zipaquireño ilustre, o más atrás en el tiempo, como aconteció con el también pintor Segundo Agelvis, de quien casi nadie en Bucaramanga sabe que no era bumangués, porque el pueblo de esta ciudad lo consideró siempre, y lo continúa considerando, uno de sus más importantes hijos, o como acaeció con José A. Morales, quien es el socorrano más socorrano de todos los socorranos (o acaso superado tan sólo, quizás, por Manuela Beltrán, Manuel Ortiz y los demás protagonistas de esa inmortal gesta heroica que fue la Insurrección de los Comuneros), así en los libros sobre la materia se insista en decir que nació en Tocaima, y otros sugieran que no fue en Tocaima, sino en Guaduas.

No. Parece que Inocencio, según aseveraron entonces las lenguas viperinas del periodismo local (es decir, todas), llegó con ínfulas de que les iba a enseñar, a “la partida de empíricos” que reinaba en nuestra prensa escrita, cómo era que se hacía eso que él llamaba “el nuevo periodismo”.

Por desdicha para el recién llegado, su estilo no sólo no le gustó al gremio de los comunicadores, sino -más grave para él- tampoco al público en general, vale decir, a los lectores de nuestra prensa, pero principalmente a los del Diario del Oriente.

Y es que en una ciudad acostumbrada a la pluma galana de cronistas de vieja data y de nuevo cuño que narraban las noticias tratando de poner en el relato toda la exquisitez idiomática que les era posible, y que en esta tierra ya lo hacían desde mucho antes de que el periodista de El Espectador Gabriel García Márquez terminara demostrando que del periodismo a la literatura no había más que un paso, y mucho antes de que él mismo llegara a afirmar que el periodismo era ni más ni menos que un género literario, difícilmente podía agradar el nuevo estilo que trató de imponer Inocencio para referir las que tenían que ver con los hechos de sangre.

La primera noticia que narró el profesional universitario se refería al percance que un transeúnte había sufrido en la carrera 15 entre calles 34 y 35, frente al reputado almacén Normandie.  Corría el mes de diciembre y la Empresa Hidroeléctrica del Río Lebrija había instalado unas grandes y hermosas lámparas multicolores en el sector céntrico de la ciudad con el fin de iluminar las noches mágicas de la época de Navidad. Sucedió que un peatón iba transitando por esa vía, pero justamente cuando trató de cruzar la calzada entre el separador y el andén occidental, la luminaria, que no había quedado bien asegurada, se desprendió y cayó sobre él, generándole obviamente lesiones considerables que lo mantenían recluido en un centro asistencial. “El nuevo periodismo” del recién llegado informador judicial narró el hecho diciendo que “cuando el caballero iba pasando la calle, la lámpara instalada en el lugar se vino abajo y…poñoñoñóin…¡ciudadano al piso!”.

Que hubo molestia entre los lectores, pero sobre todo entre la familia del afectado, es fácilmente adivinable. Empero, a raíz de esa publicación no observamos cambio alguno en el color del rostro de nuestro director, ni apreciamos sudor copioso alguno en su frente, ni vimos movimientos extraños en la recepción del periódico.

La segunda noticia relatada por el profesional universitario de la comunicación tuvo que ver con un accidente de tránsito, este sí fatal, sucedido en la vía entre Girón y Lebrija cuando una distinguida odontóloga, quien viajaba conduciendo su campero, en una curva perdió el control del vehículo, se estrelló contra las rocas, la puerta del automotor se abrió, la conductora se salió y su cuerpo sin vida quedó tendido sobre el asfalto. Carvajal narró el lamentable episodio así: “Al abrirse la puerta del campero, la profesional salió disparada como escupida de tísico y fue a estrellarse contra el pavimento. Cuando las autoridades llegaron a auxiliarla, ya se encontraba completamente fría“.

Esta vez, a juzgar por la palidez de su cara, su pañuelo blanco limpiando las sudoríficas perlas de su frente y la agitación observada en la recepción esa mañana, el doctor Jaimes Espinosa se vio, con toda certeza, enfrentado a un problema más grande que el que le generó el caso del señor golpeado en la cabeza por la lámpara.

El tercer hecho tuvo lugar en un pueblo santandereano donde dos campesinos se habían trenzado en una fenomenal reyerta y ambos se habían matado mutuamente a machetazos. Fue un sangriento episodio que conmovió las fibras de la entraña popular porque los contendientes eran personas apreciadas en el entorno social donde la tragedia ocurrió y todo se había debido -según se dijo- al efecto de los tragos. “El nuevo periodismo” que ahora se hacía en el Diario del Oriente tituló la noticia así: “Dos muertos en falaz riña“.

Aquí sí fue Troya.  Entre la terrible andanada de críticas que se le vino encima a Inocencio recuerdo la columna de Clemente Toscano Jaimes, a la sazón jefe de redacción de El Liberal de Santander, periódico de reciente fundación y cuya impecable presentación, por cierto, hacía presagiar que desplazaría a Vanguardia Liberal o al menos le iba a hacer una fuerte competencia. El matutino era dirigido por el médico y político Norberto Morales Ballesteros. Toscano Jaimes, uno de los más respetados periodistas de la comarca, aparte de ejercer la jefatura de redacción mantenía su propia columna de opinión y fue en ésta donde descargó toda su artillería contra aquel “periodista” del cual enfatizaba, con una calculada perífrasis, que no era, “por supuesto”, el redactor judicial de El Deber, ni era, “desde luego”, el redactor judicial de Vanguardia Liberal, ni era, “claro está”, el redactor judicial de El Frente, ni, era, “obviamente”, el redactor judicial del Diario de Bucaramanga, ni era, “sobra decirlo”, el redactor judicial de El Liberal de Santander, dejando, pues, que el lector, por elemental y obvia exclusión, dedujera quién había sido el autor de semejante exabrupto.
El ácido columnista remataba con esta reflexión: “Si ese fue el saldo -dos muertos- de una riña de mentiras, ¿qué tal que hubiese sido una riña de verdad?”.

Nuestro director, sin embargo, optó por darle a Carvajal una última oportunidad. Pero, entonces, esta vez fueron “las diablitas” las encargadas de sellar su suerte. “Diablitas” que, claro, como ya lo he anotado en estas deshilvanadas memorias, cada vez me convenzo más de que no son tan “inocentes” como suele decirse, sino que en no pocas ocasiones son guiadas por la mano de algún “diablo” que, con perversa intención, altera el texto.
El suceso fue el siguiente: Había por aquellas calendas una pareja de antisociales de extrema peligrosidad en la mira de la policía. Uno era conocido con el alias de “Mechabrava”. El otro, con el de “El Caleño”. Ocurrió que este par de malandrines cometió un asalto a mano armada -en lo cual eran unos verdaderos expertos-, pero esta vez las autoridades lograron arribar al lugar de los hechos de manera oportuna y se produjo su espectacular captura. Como corrector de pruebas di fe ante el director, y la doy ahora -treinta y ocho años después- ante mis amigos y mis amigas, de que la crónica del acontecimiento, en la pluma de Inocencio, decía textualmente que “La policía capturó a los hampones autores del robo, entre los cuales se encontraban “Mechabrava” y “El Caleño”, quienes pasaron a disposición del señor Juez Quinto de Instrucción Criminal de esta ciudad“. Infortunadamente, la noticia salió publicada así: “La policía capturó a los hampones autores del robo, entre los cuales se encontraban “Mechabrava” y el señor Juez Quinto de Instrucción Criminal de esta ciudad“.

Todos quedamos convencidos de que el chirrido de llantas que escuchamos esa mañana frente a las instalaciones del periódico, la acalorada discusión en la recepción entre unos señores evidentemente indignados y la atortolada recepcionista, el rostro pálido y desencajado del director cuando nos llamó a su oficina para que le diéramos una explicación satisfactoria acerca de lo ocurrido con esa noticia y el no haber vuelto a ver nunca más a Inocencio Carvajal en las instalaciones del Diario del Oriente después de ese día, fueron hechos estrechamente relacionados con aquel “empastelamiento”, que es como se denomina dentro de la actividad periodística esa clase de mezclas y confusiones en los textos.

A mí, en lo personal, me quedó, sin embargo, la sensación de que se había cometido una injusticia con Inocencio.
Porque yo revisé cuidadosamente las tiras originales y puedo testificar -repito- que el periodista escribió la nota correctamente. Como le expliqué al director aquel lejano y turbulento día, en esa especie de juicio al que nos sometió dentro de su oficina, yo no le hice ninguna corrección al texto porque no había nada qué corregirle. Rafael Bohórquez, quien para ese momento aún estaba encargado de hacer los cambios en las galeras -reemplazando los lingotes donde estuvieran los errores por los que nuevamente levantaran los linotipistas- (más tarde fue designado prensista), me juró que él no había tocado nada. “Se supone que yo cambio los lingotes donde hay error por los nuevos lingotes que levantan los linotipistas, ya sin el error. Pero se supone también que los linotipistas levantan y funden nuevos lingotes solamente donde usted ha marcado que deben hacerse correcciones“, me dijo. Y agregó: “Luego si usted no marcó nada, o sea, si no había que hacer correcciones, ¿cómo iba yo a cambiar unos lingotes por otros?“. “Más aún, -remató: si usted no marcó nada, ¿cómo iban los linotipistas a levantar y a fundir un nuevo texto?

La argumentación de Rafael era incontestable. Mejor defensa, ni Gaitán.
Pero lo cierto es que, de todos modos, alguien le metió ese día la mano a las galeras.

Y yo sé que no fueron “las diablitas”.

Archivo de entradas