Cine y televisión

ELIZABETH MONTGOMERY (Hollywood, 15 de abril de 1933 – Beverly Hills, 18 de mayo de 1995).

Santander en la Red exalta en esta página las producciones cinematográficas – de la pantalla grande o de la chica – que hicieron historia en el séptimo arte, a sus actores, a sus actrices, a los compositores de sus bandas sonoras, a sus directores y, en fin, a quienes hicieron posible esa hermosa simbiosis entre la dureza de la realidad y el sortilegio de la fantasía.

Nos quitamos el sombrero ante ellos, ante su talento, ante su belleza, ante toda la magia que nos hizo sentir tan felices, o tan tristes, o tan en suspenso, pero siempre tan convencidos de que, inmersos en la negrura de un teatro y gracias al haz de luz de un proyector, o sentados en el piso frente a la pantalla de un televisor ajeno, éramos seres privilegiados por la vida.

Y es que, por virtud del cine, fuimos niños, o jóvenes, cargados de ilusiones en un mañana mejor; por virtud del cine, fuimos niños, o jóvenes, que con el pago de una boleta en la taquilla, gracias a dinero conseguido con indecibles dificultades, pudimos conocer el mundo, y el amor, y las pasiones, y los avatares todos de la vida, sin pararnos de una silla y sin soltar la mano tibia de la jovencita que nos hacía acelerar los latidos de nuestro corazón enamorado; y fuimos niños, o jóvenes, que con la conquista previa de un permiso nos pudimos sentar en cualquier cojín, o en una alfombra, o en las refulgentes baldosas de un piso que no era el de nuestra casa, a embelesarnos con el incomparable sortilegio de las emociones que iban aflorando a la pantalla televisiva entre propaganda y propaganda.

Hoy aquellos teatros ya no existen; todos fueron derribados en aras del progreso, según la concepción que de esa palabra impusieron los poderosos; nada queda del Teatro Real, del Teatro Unión, del Teatro Garnica, del Teatro Rosedal, del Teatro Libertador, del Teatro Colombia, del Teatro Analucía, del Teatro Santander, del Cinema 1, del Cinema 2, del Teatro El Cid, del Teatro Sofía, del Teatro Riviera. Ni siquiera de aquel teatrito en piso de tierra que los curas del Instituto Tecnológico Salesiano Eloy Valenzuela acondicionaron para ofrecernos una película en blanco y negro después de la catequesis. Empero, todos ellos perdurarán en nuestra memoria y en nuestro corazón agradecido.

Como perdurará también el recuerdo de la tienda La Veracruzana, de don Gratiniano, donde paradójicamente -y lamentablemente, para quienes manteníamos nuestros bolsillos vacíos- nada era gratis; y de la sala de la casa de los Pinzón; y de la sala de la casa de los Suárez, los dueños de la Funeraria Colombiana, lugares donde por primera vez pudimos disfrutar de una película, sentados frente a un televisor.

¡Que viva el buen cine!