ACERCA DEL PREMIO A LA VIDA Y OBRA DE UN ARQUITECTO. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas.

Si lo que se pretende no es otorgar un premio de arquitectura, sino exaltar la vida y la obra de un arquitecto -como lo piensa hacer por estos días la SCA (Sociedad Colombiana de Arquitectos)-, es obvio de toda obviedad que no solo se puede tomar en consideración lo que un profesional haya diseñado.

Ni siquiera lo que, además, haya construido.

Esta distinción previa es importante hacerla porque, contrariamente a lo que se cree, el arquitecto que diseña no necesariamente construye, del mismo modo que no necesariamente el escultor esculpe. Leonardo Da Vinci, por ejemplo, fue un gran escultor del Renacimiento y, sin embargo, no hay una sola escultura de él en ninguna parte del mundo.

Y es que el hecho de que un proyecto arquitectónico no se lleve a cabo no significa que el proyecto como tal desmerezca nada. De hecho, en una sociedad como la colombiana, donde -contrariando a Vitruvio- muchas veces se prefiere la fealdad, la inutilidad o la inestabilidad a lo bello, lo útil y lo estable, con tal de satisfacer intereses políticos, o de complacer el mal gusto de patanes con riqueza, o simplemente gracias a la coima pagada por debajo de la mesa en la adjudicación de la correspondiente licitación pública – o si no, repasen los últimos escándalos en las obras públicas-, no es exótico que un proyecto hermoso, útil y firme no se ejecute. Las trabas a un proyecto arquitectónico en un país tan extremadamente corrupto como Colombia suelen no estar relacionadas con el talento o falta de talento del arquitecto, ni con lo admirable o no admirable que sea el proyecto, sino con las ambiciones dinerarias de los funcionarios que deben aprobarlo y la capacidad económica del profesional para satisfacerlas.

Pero es que, además, la obra de un arquitecto va mucho más allá de los planos, las maquetas y los rénderes, esto es, de las casas, los edificios y las urbanizaciones que diseñe, e, incluso, de los proyectos que ejecute, o que le ejecuten. Un arquitecto puede haber construido muchas casas, muchos edificios y un sinnúmero de urbanizaciones, y, sin embargo, no ser un buen arquitecto, ni -mucho menos- merecer que se le condecore por su obra. La Arquitectura, en efecto, tiene unos compromisos sociales, culturales, humanos y éticos. Cuando se premia la obra de un arquitecto no solo se premian los proyectos y/o realizaciones profesionales que le permitieron llenar sus cuentas bancarias, pues esa sería una visión toscamente egoísta de lo que significa la hermosa profesión que la vida le posibilitó estudiar y ejercer; se premia también su compromiso con la sociedad en la que vive, su aporte a la preservación de la riqueza cultural de su pueblo, su preocupación por la dignidad del hombre -que es, a la postre, el destinatario de sus obras- y, por supuesto, su riguroso respeto a los cánones éticos y morales que soportan la supervivencia de su profesión y de su nación.

Esto último es de una importancia mayúscula. Y lo es, porque si para otorgarle a un arquitecto el premio a su obra bastara valorar su obra arquitectónica como tal, despojada de, por ejemplo, cualquier consideración ética, habría que exaltar, entonces, al arquitecto que diseña la lujosa mansión de un delincuente o un moderno y sofisticado túnel gracias al cual una banda de hampones ha podido acceder a las bodegas de un banco y cometer el robo del siglo.  (También, claro está, habría que condecorar al ingeniero calculista).

Pero si es diáfano que la obra del arquitecto no es solo la sumatoria de sus diseños, y ni siquiera la de sus ejecuciones, mucho menos puede pretenderse que al premiar no solo su obra, sino además su vida -colocada esta primero que aquella-, se haga caso omiso de su vida y solo se premie su obra, entendida esta con la estrecha concepción de “diseños arquitectónicos”. En ese caso, habría que precisar que lo que se premia es solo la obra arquitectónica del profesional, no lo meritoria que haya sido su vida.

¿O podrá, acaso, premiarse la vida y obra de un arquitecto del que se sabe que maltrataba a su familia? ¿O al que timaba a sus clientes aprovechándose de su ignorancia, de su buena fe o de la confianza que generaba el que estos lo creyeran -porque él dio muestras de serlo- su amigo? ¿O al que como catedrático universitario no se preocupaba por enseñarles a sus alumnos, sino por cerciorarse de rajarlos? ¿O a aquel a quien jamás se le escuchó pronunciarse contra la destrucción del patrimonio arquitectónico de su tierra?

Y aquí surgen muchas dudas acerca de cuál es el procedimiento que se sigue para las postulaciones y las selecciones.

¿Quién postula a los candidatos? ¿Es -como he escuchado decir, con incredulidad y asombro- que es el mismo candidato quien se auto-postula? ¿No es la auto-postulación un atentado contra la dignidad de la profesión y del premio mismo? Si ha descollado tanto el candidato, ¿no es lo obvio que quienes lo postulen sean sus colegas, y no que lo haga él mismo? ¿Se les pregunta por él a quienes han sido sus clientes? ¿Se indaga por el candidato en los entornos sociales donde ha desempeñado su tarea? ¿Se pide públicamente que quienes sepan de indelicadezas, incumplimientos u otras máculas suyas, puedan hacerlas saber?

En los tiempos actuales, en pleno predominio de la arquitectura sin poesía, de las torres sin alma, de la paulatina destrucción de las joyas arquitectónicas que constituían el patrimonio cultural de nuestras ciudades, de las invariables y sórdidas cajas de bocadillos, de los lóbregos pabellones de fosas mortuorias en obra negra que luego terminan siendo edificios donde habrá de hacinarse la vida; en estos tiempos de mal gusto, de la extravagante ostentación del poderoso y del indolente desinterés por el humilde, en estos tiempos canallas donde ya solo importa construir y construir para ganar plata así las ciudades pierdan su identidad y se suma en el olvido su historia, el arquitecto debe volver a ser un poeta del urbanismo.

El arquitecto no ha de olvidar jamás que, como bellamente dicen los masones, la Arquitectura es la profesión de Dios.

Ya casi no hay premio que no esté desacreditado.

Ojalá no vaya a desacreditarse también el Premio Nacional de Arquitectura.

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