LOS MÁRTIRES OLVIDADOS DE LA BATALLA DE BOYACÁ. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander.

Hoy es fiesta nacional en Colombia. Ciertamente, el 7 de agosto de 1819, que era sábado, en el puente sobre el río Teatinos (río Boyacá, en la lengua indígena de la región) se llevó a cabo la histórica batalla que permitió el restablecimiento en Santa Fe de las autoridades granadinas.

Recapitulando, las autoridades de aquí -instituidas a partir del 20 de julio de 1810, en lo que habría de ser la I República- habían sido salvajemente derrocadas por España durante los violentos sucesos de la Reconquista Española, adelantada bajo el mando del Pacificador Pablo Morillo, y la instalación del Régimen del Terror. Numerosos granadinos habían sido condenados a la pena de muerte y ejecutados en la horca o en el paredón de fusilamiento, entre ellos José María Carbonell y Emigdio Benítez, líderes populares firmantes del acta del 20 de julio de 1810, el primero cartagenero y el segundo socorrano. Los virreyes habían sido reinstalados en el poder como representantes del rey.

El general Simón Bolívar, al frente del reorganizado ejército patriota, inició la campaña militar de recuperación de la Nueva Granada partiendo desde Venezuela. Su plan consistía en invadir a la actual Colombia ingresando por los llanos de Casanare y atravesando los helados territorios boyacenses.

Luego de una épica marcha, llevada a cabo en medio de indecibles penalidades, las tropas colombianas arribaron, por fin, al corazón mismo del virreinato, cerca de Tunja. Se avecinaba, entonces, el enfrentamiento entre las tropas españolas y las colombianas.

En sus memorias, el general independentista irlandés Daniel Florencio O’Leary escribe:

“El 7 continuó Barreiro su marcha y apenas se cercioró de ello Bolívar, que en persona hacía un reconocimiento de la dirección que llevaba, dio orden a su ejército, que tenía formado en la plaza de Tunja, de marchar hacia el punto a donde el enemigo se dirigía, con intención de interponerse entre éste y Santafé. A las dos de la tarde llegaba al puente de Boyacá la primera columna realista y estaba pasándolo cuando la vanguardia patriota la atacó por la retaguardia, a tiempo que la división de Santander coronaba las alturas que dominaban la posición en que Barreiro había desplegado su ejército. Dióse principio a la batalla (…)”. [Daniel Florencio O´Leary, Bolívar and the war of Independence. Memorias del general Daniel F. O´Leary. La batalla y el parte de victoria. En: Reportaje de la Historia de Colombia. 158 documentos y relatos de testigos presenciales sobre hechos ocurridos en 5 siglos. Del Descubrimiento a la Era Republicana. Selección y presentación de textos: Jorge Orlando Melo. Asistente de investigación: Alonso Valencia Llano. Planeta Colombiana Editorial. Bogotá. 1989, p. 342].

Así comenzó, pues, la famosa Batalla de Boyacá.

Hoy queremos destacar a los patriotas colombianos olvidados, a los mártires de la Independencia muertos en ese histórico combate y, a través de ellos, exaltar y homenajear a todos los héroes anónimos y olvidados de la Guerra de Independencia.

Para empezar, rendimos homenaje a la memoria de uno de los miembros del ejército libertador muerto en aquel memorable campo de batalla. Su singular puesto dentro de las tropas patriotas lo convierte, sin duda, en un personaje muy especial. Se trata del sacerdote católico Miguel Díaz.

En la actualidad, el nombre del presbítero Miguel Díaz no le dice nada a nadie. Empero, fue uno de los patriotas colombianos que perdió la vida en aquel enfrentamiento. En efecto, el padre Díaz murió en la Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819, al recibir en su humanidad un terrible cañonazo mientras, en su condición de capellán del ejército libertador, trataba de auxiliar a un oficial de la Legión Británica que acababa de ser herido, el capitán Juan Johnston.

En el parte oficial rendido por el general venezolano Carlos Soublette se lee lo siguiente:

“Nuestra pérdida ha consistido en trece muertos y cincuenta y tres heridos. Entre los primeros el teniente de caballería N. Pérez y el reverendo padre fray Miguel Díaz, capellán de vanguardia; y entre los segundos el sargento mayor José Rafael de las Heras, el capitán Johnson y el teniente Rivero”. [Carlos Soublette, Jefe de Estado Mayor del Ejército Libertador, Venta Quemada (sic), 8 de agosto de 1819.  Citado por Daniel Florencio O´Leary, Bolívar and the war of Independence. Memorias del general Daniel F. O´Leary. La batalla y el parte de victoria. En: Reportaje de la Historia de Colombia. 158 documentos y relatos de testigos presenciales sobre hechos ocurridos en 5 siglos. Del Descubrimiento a la Era Republicana. Selección y presentación de textos: Jorge Orlando Melo. Asistente de investigación: Alonso Valencia Llano. Planeta Colombiana Editorial. Bogotá. 1989, p. 345].

Lo que sabemos sobre este héroe de sotana es muy poco. No hay, por supuesto, ningún retrato suyo; ni siquiera una descripción aproximada. De hecho, hay un error en varias fuentes: confunden al capellán patriota Miguel Díaz con el también capellán patriota Fray Ignacio Mariño. Este no murió en la Batalla de Boyacá; murió, sí, en Boyacá, pero el 25 de junio de 1825 en Duitama, y no en combate alguno. (Algunas fuentes combinan el nombre del uno con el apellido del otro e identifican a la víctima mortal de la batalla como “el padre Ignacio Díaz”).

Otras fuentes confunden al lector al señalar que el capitán Johnston, de la Legión Británica, fue herido, sí, pero en Pantano de Vargas.

“Johnston Juan, 1818, inglés, Capitán.-Campaña de Apure; Pantano de Vargas, Boyacá, herido. Siguió al Sur, y fue ascendido por el Libertador en 1822”. (GALÁN, Ángel María. Las Legiones Británica e Irlandesa. Imprenta y Litografía de J. Casis. Bogotá, 1919).

Eso, mientras que otras dicen que el capitán Johnston efectivamente fue herido en la Batalla de Boyacá:

“(…) solo caen 13 muertos, contando al cura Miguel Díaz, que se acercó a prestarle auxilio al capitán Johnston, de la legión británica, y también recibió su cañonazo”. (RAMÍREZ ALONSO, Fabio. Otra mirada a la Batalla de Boyacá. El Tiempo. Bogotá, 7 de agosto de 2015).

Obsérvese que el general Soublette relaciona entre los heridos en la Batalla de Boyacá al capitán “Johnson”.

El miembro notorio de la Legión Británica que fue herido en Pantano de Vargas gravemente fue el coronel Jaime Rooke, quien murió poco después, luego de serle amputado el brazo donde había recibido el impacto.

Y otro de los heridos en Pantano de Vargas fue el sargento Inocencio Chincá, uno de los 14 llaneros de Rondón (25 de julio de 1819). Chincá fue lanceado por la espalda por el capitán español Ramón Bedoya y murió tres días después en Tibasosa. Antes, en pleno campo de batalla, Chincá se arrancó la lanza y con ella mató a Bedoya. Cuando ya agonizaba, en medio de los delirios de la fiebre, Chincá decía: “Bedoya me pringó, Bedoya me pringó…, pero también se fue”.

En Pantano de Vargas murieron alrededor de doscientos patriotas, casi todos anónimos.

Volviendo a la Batalla de Boyacá, del teniente “N. Pérez” ignoramos qué quiso decir Soublette con la letra “N.”, si su nombre comenzaba por esa inicial, o si, simplemente, se ignoraba su nombre.

De los restantes 11 patriotas muertos en la histórica batalla lo desconocemos todo.

Tres días antes de la memorable batalla, esto es, el miércoles 4 de agosto de 1819, el pueblo de Charalá se le atravesó al ejército español, concretamente a las tropas que comandaba el coronel Lucas González y que se proponían reforzar a las que comandaba Barreiro. Eso hizo que en la Batalla de Boyacá, el ejército español no hubiera podido contar con el apoyo de los soldados de González.

Leamos:

“El Libertador nombró alcaldes para  varios pueblos circunvecinos ya liberados, promulgó la ley marcial y dispuso el alistamiento de hombres y de caballos para crear milicias, incorporándose al ejército las guerrillas de Tovar, Montoya, Calvo, el Negro Marcos y otros (sic) que operaban en los páramos de las provincias de Tunja y del Socorro; con ellas y otros reclutas se organizaron las unidades de reserva llamadas Columnas de Tunja y del Socorro.

Al ejército realista también le llegaron refuerzos del Valle de Tenza, con los que Barreiro totalizó mil setecientos hombres de infantería y trescientos cincuenta de caballería.

Como era urgente definir la campaña, el Libertador decidió tomar la iniciativa, ocupando Paipa sin resistencia el 3 de agosto, mientras el enemigo se retiraba a El Espino. Situados los independentistas a orillas del Chicamocha, abandonaron sus posiciones el 4 de agosto a las ocho de la noche, efectuando por el camino de Toca la célebre marcha nocturna en dirección a Tunja. Esta marcha fue tan hábilmente realizada que el enemigo, no obstante estar al alcance de la voz, no se percató de ella y el movimiento culminó a las dos de la tarde del 5 con la entrada del grueso del ejército en la capital de la provincia. Mediante esta espectacular maniobra estratégica Bolívar cortó las líneas de comunicación enemigas, abasteció su ejército de vestuario, víveres, municiones y armamento en los almacenes del cuartel general español y estableció un nuevo gobierno provisional. Esta marcha fue, sin lugar a dudas, el movimiento definitivo para el triunfo de las armas republicanas en Boyacá.

Barreiro, desde la posición de El Espino, se encontraba desconcertado con el golpe dado por su enemigo e ignoraba que al capitán (sic) Lucas González, gobernador del Socorro, le habían presentado combate, sobre el río Pientá, los guerrilleros de Charalá y de sus alrededores y que por esto no había podido colaborar en el plan estratégico del comandante español”. (RIAÑO, Camilo. La campaña libertadora de 1819. Historia de Colombia, tomo 9, Ed. Salvat, Bogotá, 1988, p.p. 985 – 986).

Empero, “los guerrilleros de Charalá” terminaron siendo, en realidad, los hombres, mujeres y niños del pueblo, que masivamente se le opusieron al ejército español apoyados en elementos caseros y rústicos. La Batalla del Pienta fue, pues, un enfrentamiento completamente desigual entre un ejército y un pueblo anónimo militarmente desorganizado sin más armas que sus propios utensilios de labranza o de trabajo hogareño. Como era previsible que ocurriera, los militares españoles vencieron a los charaleños en las inmediaciones del río ante lo cual estos comenzaron a replegarse hacia el pueblo. Batiéndose en retirada, los patriotas sin nombre llegaron hasta el casco urbano, pero allí fueron perseguidos y masacrados por las tropas, produciéndose una de las matanzas más horrorosas de la Guerra de Independencia. La historiografía moderna está replanteando la verdadera importancia que tuvo esta batalla en cuanto a posibilitar el triunfo colombiano en el Puente de Boyacá. No obstante, será prácticamente imposible reconstruir la lista de las más de trescientas ignoradas víctimas mortales que dejó aquella heroica acción popular.

También será imposible reconstruir la lista de los numerosos patriotas que fueron quedando regados en el camino entre Guasdualito, Venezuela -de donde partió la expedición libertadora hacia Colombia, luego de sobrepasar Mantecal- hasta los territorios boyacenses -donde se enfrentó a las tropas españolas-, particularmente los nombres y apellidos de quienes murieron en la penosa travesía del Páramo de Pisba.

“Para cruzar la cordillera, los ejércitos libertadores debían pasar por una de las depresiones de la misma, las cuales forman a la manera de pasos naturales, abiertos sobre sus cimas. A Bolívar y sus oficiales les correspondía escoger entre el boquerón de Peña Negra, que conducía al Valle de Tensa (sic); el Páramo de Totilla, acceso a las regiones vecinas de la laguna de Tota; o el páramo de Pisba, abierto a cuatro mil metros de altura, que permitía el paso hacia la población de Socha y el valle del río Chicamocha.
Para pronunciarse sobre las ventajas de adoptar uno de estos caminos, los jefes patriotas necesitaban considerar, además de las condiciones del terreno y las facilidades del tránsito en dada uno de ellos, la posible localización de las fuerzas realistas al lado opuesto de la cordillera. Esta última circunstancia tenía especial importancia, porque las penalidades que habrían de sufrir las tropas en el paso de los Andes hacían indispensable para ellas un descanso de algunos días en el paso opuesto, antes de verse obligadas a entrar en combate con el enemigo. Por estas razones, Bolívar escogió el páramo de Pisba, el más difícil de vencer por su altura, pero también el menos defendido y el más lejano de los diferentes sitios donde se hallaban las guarniciones españolas, o donde ellas podían efectuar rápidas concentraciones para atacarlo cuando pisara los valles granadinos. Acordado este plan, Bolívar destacó la vanguardia, (…).

Vinieron entonces los días temidos por el Libertador. A medida que ascendían por el escarpado y estrecho sendero, la temperatura se tornaba más fría y los soldados, mal abrigados y peor alimentados para resistirla, enfermaban gravemente o morían. La lluvia era torrencial, la vegetación iba desapareciendo y la roca dura, donde sólo prendían raros cactus, hacían más triste el panorama de aquella heroica travesía. El aire, con la altura, se iba enrareciendo y los fatigados organismos de los soldados parecían invadidos por extraña somnolencia. El terrible soroche causaba estregados entre aquellos desventurados y solamente la flagelación lograba, a veces, arrancar de la muerte sus cuerpos helados. Las mujeres, amantes o esposas, quienes fielmente seguían a las tropas, hacían prodigios atendiendo a los enfermos, animando a los desalentados y dando pruebas de una resistencia que maravillaba a los oficiales extranjeros. O´Leary cuenta con asombro cómo una de ellas dio a luz en aquellas dramáticas horas y “a la mañana siguiente -dice- vi a la madre con el recién nacido en los brazos y aparentemente en la mejor salud, marchando a retaguardia del batallón”.
Tras de incontables penalidades y serias pérdidas, el 5 de julio de 1819 el grueso del ejército libertador llegó a Quebradas, en las laderas que descienden sobre la región de Socha. (…) El paso de los Andes, una de las empresas militares más audaces de la historia, estaba terminado y los patriotas (estaban) en el propio corazón del virreinato granadino (…)”. (LIÉVANO AGUIRRE, Indalecio. Bolívar. Editorial Oveja Negra. Bogotá. 1987, p.p. 217 – 220).

“Pero la prueba más difícil no había llegado aún, pues la montaña cubierta de nubes que ocultaban el paso del Páramo de Pisba se levantaba desafiante ante los ojos de los aguerridos llaneros. En Coraza, la vanguardia se dividió en tres grupos que, a partir del 1 de julio, cruzaron la zona inhóspita, terminando el desplazamiento el 5 con la llegada de Santander a Socha; el primer regimiento de lanceros de la división quedó ayudando a los ingleses en la retaguardia. El mismo 5 tocó el turno a la división de Anzoátegui, a cuya cabeza marchaba el Libertador; pero la falta de entrenamiento de las tropas para este tipo de operaciones y los problemas derivados de una inadecuada preparación para la marcha hicieron que esta división tuviera alrededor de cuarenta muertos en el tránsito y que no pudiera cruzar el páramo en una sola jornada, como es necesario en tales circunstancias, teniendo que permanecer en estas soledades durante la noche del 5 al 6 de julio, sometida a los rigores de una naturaleza bravía que golpeaba duramente los cuerpos, entumecidos por el frío, de los que se atrevían a desafiarla. Los primeros llegaron a Socha la tarde del 6, quedando perdidos muchos hombres, muertos los pocos caballos que les quedaban y abandonada la mayor parte del bagaje”. (RIAÑO, loc. cit, p.p. 975 – 976.).

En fin, hoy, cuando está de moda burlarse de nuestros próceres y ridiculizar su gesta, que sea este un pequeño homenaje a esos héroes nuestros de los que no se acuerda nadie.

O casi nadie.

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A continuación insertamos un soneto nuestro dedicado precisamente a ellos, a los patriotas colombianos que quedaron sumidos en los polvorientos anaqueles de la amnesia colectiva.

OLVIDO

(Soneto)

Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

A usted, héroe sin nombre y jamás condecorado,

Que agonizó en los hielos de un páramo desierto,

Y que murió en un suelo lejano, duro y yerto,

Para acabar por todos los suyos olvidado;

 

A usted, que hoy permanece perdido en el pasado,

Protagonista, acaso, de un libro nunca abierto,

Que en una patria libre pensó y soñó despierto,

A usted, titán sin gloria, por todos ignorado;

 

A usted que jamás tuvo el honor de una elegía,

Ni nombre en un diploma, ni ascenso cualquier día,

A usted, que nunca tuvo ni flor ni mausoleo,

 

En cuyas sienes nadie jamás puso laureles,

Ni que vistió casaca forrada en oropeles,

¡La bienaventuranza por siempre le deseo!

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Y cerramos este homenaje con música. Desde luego, música de la que se escuchaba durante los años de la Guerra de Independencia.

Pues bien: el connotado músico nortesantandereano José Rozo Contreras, oriundo de Pamplona y autor de los arreglos del Himno Nacional de Colombia, encontró en una de las ediciones del famoso Papel Periódico Ilustrado la partitura de la contradanza La Vencedora y le hizo los correspondientes arreglos. Esta contradanza fue tocada por la banda del ejército patriota el mismo sábado 7 de agosto de 1819 hacia las 4 de la tarde, cuando ya la batalla había finalizado. Durante un tiempo, esta pieza fue el Himno Nacional de la Nueva Granada (que era como se llamaba nuestro país). No se conoce el nombre del compositor.

Aquí está, pues, esta joya histórica: La Vencedora, contradanza ejecutada el 7 de agosto de 1819, al final de la batalla de Boyacá, por la banda de música del ejército patriota, y que llegó a ser considerada el Himno Nacional de la Nueva Granada.

¡Que la disfruten!

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ILUSTRACIONES:

(1) Sacerdote en el altar. (Óleo sobre lienzo. Primera mitad del siglo XIX). Francisco-Mario Granet (1775 – 1849). Museo de Bellas Artes de Caén (Francia).

(2) Bolívar atravesando el Páramo de Pisba. Carlos Mauricio Ogliastri.

(3) General Carlos Soublette, patriota venezolano y colombiano, quien llegaría a ser Presidente de Venezuela. Ilustración sobre un retrato de Martín Tovar y Tovar. Soublette vivió en Bucaramanga durante los meses de 1828 en que la Presidencia de la Gran Colombia (Nueva Granada, Venezuela y Quito, hoy Ecuador) estuvo funcionando en la actual Casa de Bolívar, sede de la Academia de Historia de Santander.

(4) Casa de Bolívar de Bucaramanga, sede de la Academia de Historia de Santander, desde donde el general Simón Bolívar, Presidente de la Gran Colombia, despachó en 1828, mientras se celebraba la Convención de Ocaña.

(5) Puente de Boyacá. Fotografía tomada en el año 1969. Revista Cromos. Edición No. 2673. Bogotá, 24 de febrero de 1969.

(6) Coronel Juan José Rondón, patriota venezolano y colombiano. Era hijo de una pareja de esclavos libertos. El 11 de agosto de 1822, durante una de las batallas por la Independencia de Venezuela, la Batalla de Naguanagua, fue herido en un pie y murió días después a consecuencia de la gangrena, según unas fuentes, o del tétanos, según otras, entre estas el general José Antonio Páez el León de Apure. (Retrato que se conserva en el Salón Azul del Palacio Federal de Venezuela. Copia retocada).

(7) Río Pienta. Fotografía de Carolina Guevara. También es utilizada la pronunciación “Pientá”.

(8) Bolívar y Santander en los llanos. Óleo de Jesús María Zamora.

(9) Paso del Páramo de Pisba. Francisco Antonio Cano. Casa de Bolívar. Bogotá.

(10) Billete de dos mil pesos ($2.000), uno de los de más baja denominación en Colombia, que reproduce la obra Paso del Páramo de Pisba, de Francisco Antonio Cano. El de más alta denominación homenajea al político Carlos Lleras Restrepo, del Partido Liberal, presidente de la república entre los años 1966 y 1970.

(11) Ilustración alusiva a la poesía. Tomada de Poemas de una mujer. Un mar en calma (arjonadelia.blogspot.com.co).

(12) Ilustración alusiva a la poesía. Tomada de Posta (posta.com.mx).

(13) Edición del Papel Periódico Ilustrado, dirigido por Alberto Urdaneta. Esta hermosa obra del periodismo nacional fue fundada por Urdaneta en 1881 y se sostuvo, contra viento y marea, hasta 1888. Alcanzó 116 números, distribuidos en 5 volúmenes. Sus contenidos eran sobre historia, ciencias, bellas artes (pintura y escultura), crónicas periodísticas (“sección… destinada a recoger todo lo que diga relación con nuestra querida ciudad. Viejas crónicas, anécdotas olvidadas, tipos ya en la penumbra, gracejos siempre nuevos”), costumbrismo, literatura (poesía, novelas cortas), agricultura (“… sección importantísima para nuestra patria, pues consideramos que el desarrollo de la agricultura es su mejor esperanza”), etcétera. Ha sido una de las aventuras editoriales más bellas e importantes de Colombia.

(14) Edición del Papel Periódico Ilustrado, dirigido por Alberto Urdaneta.

(15) Video de La Vencedora, Himno Nacional de la Nueva Granada.

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4 respuestas a LOS MÁRTIRES OLVIDADOS DE LA BATALLA DE BOYACÁ. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander.

  1. Luis Ernesto Rincón dijo:

    Muchas gracias, Oscar Humberto por tomarse el tiempo para hacer tan maravilloso relato; felicitaciones; qué gran historiador es usted.

  2. Iliana Blackburn dijo:

    Bonito homenaje a todos esos héroes anónimos, de los que nunca sabremos ni su nombre y que dieron su vida por la libertad y hegemonía del pueblo, con verdaderos ideales, nobles ideales, muy alejados de los que intentan ser héroes en la actualidad, convirtiéndose en mamarrachos de sus vicios e inmoralidades, en fin tantas desigualdades nos enfrentan a eso, pero existe una sola realidad, somos seres mortales y nuestro destino es el olvido, pasar la página y si nos recuerdan que sea por el bien que hagamos por eso debemos atender nuestra conciencia pues ella nunca nos engaña, podemos ser héroes del día a día en nuestras familias, en lo cotidiano, y aspirar a ser recordados por nuestros familiares a quienes les debemos el que nos amen aun con nuestras imperfecciones. Oscar muchas gracias por tan esmerado trabajo, por su amor a la historia y por el reconocimiento que ha realizado a quienes deciden luchar por sus convicciones y por sus ideales apostando su vida, verdaderos héroes de la patria. Un abrazo.

  3. Carlos López Tascón dijo:

    Un hermoso recuento para quienes han olvidado la historia de la gesta libertadora… o para quienes por completo la desconocen.

    Gracias a Oscar Humberto Gómez Gómez.

  4. ALEJANDRO GÓMEZ LAMUS dijo:

    Siempre he considerado la “Batalla de Boyacá”, como una emboscada. El enfrentamiento que dio la libertad a Colombia lo constituyó la “Batalla del Pantano de Vargas” el 25 de julio de 1819. Notable fue el arrojo y valentía del pueblo de Charalá en la “Batalla del Pienta” (4 de agosto de 1819), por la causa de la independencia del yugo español. Dr. ÓSCAR HUMBERTO, muy bueno su poema, como todos lo suyos.

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