EL EXILIADO [IX]. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander.

BARCO DE EMIGRANTES EUROPEOS HACIA AMÉRICA. [ÉPOCA: 1945-1950].

En América se quedaron subsistiendo, como era obvio, rastros de las dos culturas que en otra terrible guerra —esta aún más desigual— se disputaron el poder a lo largo y ancho del continente. Realmente una de ellas, la indígena, ya lo tenía desde tiempos inmemoriales. Se lo habían peleado entre ellos: toltecas y aztecas en México, por ejemplo. La otra llegó desde Europa a disputarlo a punta de violencia armada, de religión y de engaño. Finalmente, los invasores acabaron los últimos focos de resistencia, se apoderaron de las tierras, sometieron a los pueblos conquistados y convirtieron a sus hombres en siervos cuyas vidas se quemaron poco a poco alrededor de una mina de oro o de un río aurífero , expulsaron a los antiguos propietarios cuando sintieron que estorbaban —porque, por ejemplo, impedían el “progreso” consistente en convertir los “pueblos de indios” en parroquias de “blancos”— y fue así como de esa mezcla de dolor y arrasamiento cultural nació la nueva América, la América mestiza.

Hubo otro componente, claro está: el componente negro. Pero esa es otra historia.

En todo caso, y como se anotó, una que otra referencia a lo que era antes se quedó sobreviviendo en este nuevo continente que de panteísta pasó a ser católico y de hablar múltiples lenguas y dialectos pasó a hablar mayoritariamente en español. Una de esas pocas referencias fueron aquellos toponímicos que conservaron su nombre original, su nombre aborigen.

No ocurrió así con lugares como el río Yuma, que pasó a llamarse río Magdalena, ni con Bacatá, que pasó a ser Santa Fe —más tarde Bogotá—, pero sí sucedió, en cambio, con Bucaramanga, que siempre conservó su nombre indígena. Y fue esto último lo que ocurrió también con el río al que los españoles bautizaron Teatinos, al cual los indígenas de la zona persistieron en denominar, como siempre, río Boyacá.

No hubiera pasado de ser un riachuelo sin importancia distinta a la de contribuir escasamente a refrescar el entorno y embellecer el paisaje de no haber sido porque el 7 de agosto de 1819 encima de un diminuto y estrecho puente que lo cruzaba las tropas patriotas comandadas por el general Simón Bolívar interceptaron a las españolas realistas que comandaba el coronel José María Barreiro, quien trataba en esos momentos de llegar con sus diezmadas huestes a Santa Fe. Esa batalla selló la Guerra de Independencia de la Nueva Granada respecto de España. El puente, entonces, tomó el nombre del río y se empezó a llamar Puente de Boyacá.

PUENTE DE BOYACÁ (Fotografía tomada en 1919, año del Centenario de la Batalla de Boyacá. Academia Colombiana de Historia. Archivo General de la Nación).

PUENTE DE BOYACÁ, HOY.

Pero Boyacá no solo habrían de llamarse el río y su puente. En 1821, los ya triunfantes patriotas organizaron la nueva república de la Gran Colombia, con Venezuela, Nueva Granada y Quito (hoy Ecuador), y a aquella región, a aquel nuevo departamento, decidieron ponerle el nombre del ya histórico río. Así nació el departamento de Boyacá.

En 1857 Boyacá pasa a ser Estado Federal, en 1863 se convierte en Estado Soberano y en 1886 nuevamente adquiere la condición de departamento.

La palabra “Boyacá” proviene de una palabra muisca, “Boiaca”, que significa “Región de la Manta Real” o “Cercado del Cacique”. Etimológicamente, el vocablo deriva de dos palabras: “boy”, que quiere decir “manta” y “ca” que traduce “cercado”.

Hoy en día Boyacá es un hermoso departamento inevitablemente asociado al paso por tierra entre el departamento de Santander y la capital de la república, aunque ya no sea riguroso pasar por él para tal efecto. Cultural, social y económicamente, la tierra boyacense está ligada a la tierra santandereana, especialmente a su sur. De hecho, la Hoya del Río Suárez, zona panelera, comprende municipios aantandereanos del sur y boyacenses del norte. En ese contexto, municipios como Barbosa (antes corregimiento del municipio de Cite) y Moniquirá, como pueblos vecinos, mantienen un estrecho intercambio no solo económico, sino también social, musical y de costumbres. El río Suárez pasa tanto por Moniquirá como por Barbosa y el cultivo de caña panelera es un común denominador que enlaza las dos municipalidades.

PAISAJE BOYACENSE (Fotografía de Claudia Milena Ruiz Otálora).

Moniquirá pertenece a la antigua provincia de Ricaurte, denominada así en honor a un célebre patriota colombiano, el capitán Antonio Ricaurte. Barbosa, por su parte, pertenece a la antigua provincia de Vélez, llamada así para perpetuar en estas tierras a Vélez-Málaga, una ciudad de la provincia española de Málaga surcada por el río Vélez y perteneciente a la hoya de dicho río.  Aunque las provincias fueron eliminadas de la división territorial colombiana en 1911, subsisten en la memoria colectiva.

Allí, a Moniquirá, fue a parar el Barón László Majthényi. Y allí conocería a su tercera y última esposa.

MONIQUIRÁ, EL PUEBLECITO BOYACENSE DONDE EL BARÓN LÁSZLÓ MANTHÉNYI CONOCERÍA A SU TERCERA ESPOSA, DOÑA SILVIA RANGEL, QUIEN LO ACOMPAÑARÍA HASTA SU MUERTE. (Fotografía de José Hernando Pinto Erazo].

[CONTINUARÁ…]

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