VICKY (Crónica, Capítulo II). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Dos años atrás, en 1964, los curas jesuitas habían fundado una cosa llamada Cenpro y, cuando menos se percató Colombia, para asombro de las señoras de rebozo y veladora que se iban a oír la misa en el único lugar posible para oírla, que no podía ser sino la casa de Dios – a la otra puerta de la casa del cura-, y, por supuesto, para asombro mío, que -formado en materia religiosa en el catecismo del padre Gaspar Astete- creía lo mismo que ellas, una mañana de domingo apareció en la pantalla de los escasos televisores que los colombianos tenían instalados en la sala de sus casas -o sea un paso antes del comedor- el controversial milagro de la misa en directo pero a distancia, la misa en televisión, y, poco tiempo después, algún día se vio en el coro, o como casual refuerzo del mismo, a las estrellas que por aquellos días iluminaban el firmamento artístico nacional, entre ellas la joven vallecaucana de capul y cabellos largos que ya era famosa gracias a su “Llorando estoy”, ante cuyo descubrimiento dentro del grupo de cantores todos empezaron a decir en voz alta, olvidando que estaban en plena misa: “¡Miren, miren, ahí está Vicky!”, sin que faltara, por supuesto, la inevitable precisión del lugar que ocupaba dentro del grupo e, incluso que alguno se parara del piso y la mostrara tocando la pantalla con el dedo índice.


El jesuita Germán Bernal nos recuerda aquellos tiempos: “Desde 1960 los jesuitas de Colombia conformaron un grupo apostólico dedicado a la pastoral de las comunicaciones sociales, muy especialmente enfocado a la producción de programas por televisión. El padre Rafael Vall-Serra, S.J., dio inicio a la obra, que se llamó Centro de Producción de Televisión, Cenpro, y luego daría origen a la actual empresa comercial del mismo nombre. Cenpro inició la transmisión de la misa por televisión en Colombia. En 1964 se comenzó a celebrar la santa misa desde un pequeño estudio de Inravisión. Con el exiguo apoyo económico de una cadena de almacenes, se pudo comenzar esta emisión de la eucaristía, trasmitida en vivo y en directo. El grupo de jesuitas de Cenpro aseguraba la continuidad del programa. Los jóvenes estudiantes de humanidades y filosofía de la Compañía de Jesús colaboraban en la elaboración de los guiones y en otros aspectos de la producción. Se contaba con medios muy precarios: por ejemplo, las imágenes que enriquecían el programa eran láminas pegadas sobre cartones, tomadas por una de las cámaras del estudio; de otra parte, el espacio para la celebración era muy estrecho. Y no debemos olvidar que en aquellos comienzos de la televisión en Colombia la señal era en blanco y negro”.


Pero Vicky no se resignó, como otros artistas de su generación, a quedarse congelada en el tiempo, ocupando las páginas, cada vez más amarillas, de los periódicos de la época, los diarios de ese 1966 en el que irrumpió con todo el sortilegio de sus baladas. Por cierto, uno de estos, fundado el año inmediatamente anterior, advirtiendo con inequívocas señales de humo el espíritu sensacionalista y mercachifle que habría de caracterizarlo siempre, no había tenido empacho en difundir contra ella, cuando apenas despuntaba, cuando era tan solo una jovencita soñadora con escasos 19 años, una especie irresponsable cuya solidez bien habría podido servirle a Paul Tabori para nutrir su Historia de la estupidez humana, pero que, en todo caso, alcanzó a desencadenar en la escuela un enfrentamiento entre sus seguidores y sus detractores, que, dicho sea de paso, fue parado en seco cuando los contrincantes avistamos la presencia del rector, pues sabíamos que por mucha Declaración Universal de los Derechos del Niño que hubiera, a los profesores de la Camacho Carreño jamás les temblaba el pulso para cogerlo a uno a reglazos si lo ponchaban, y no precisamente en un partido de béisbol, sino pasándose la disciplina por la faja.


Fue así como seguí viéndola y escuchándola cantar durante los comienzos de la década siguiente, en las noches solitarias en que casi dormitando sobre mi escritorio de periodista imaginario esperaba, no solo a que el reloj diera las campanadas de las once, sino a que mi malogrado amigo Rafael Bohórquez Jr. subiera desde el taller hasta la sala de redacción llevando consigo no solo las últimas pruebas por corregir, sino el bálsamo reconfortante de su indeclinable sonrisa. Y era que en ese lejano 1973, yo tenía que aplicarme a la tarea de marcar los yerros en aquel inolvidable Diario del Oriente, hoy no solo desaparecido, sino también olvidado, pero que alcanzó a aproximarme tanto al hermético y fascinante mundo de los linotipos como a la posibilidad de culminar mi interrumpido bachillerato.

También, desde luego, en las postrimerías de ese decenio, en aquel 1979 en el que mientras Vicky lanzaba su nuevo y exitoso “Pobre gorrión”, yo aceleraba la terminación de mi tesis de grado tratando de convencer a propios y extraños de que en Colombia todavía existían indígenas.

Y todavía seguía oyendo su voz y sus letras cargadas de delicadeza y de ternura en los albores de la década de los 80 cuando aún la hoy superpoblada Cabecera del Llano de mi solar nativo, y a donde nos acabábamos de pasar a vivir, era un sector casi desolado.


A la sazón, el país todavía no había sido sometido a la crónica cotidiana del espeluzno impune que se desplomaría sobre nuestro suelo desdichado pocos años después, cuando las tiernas letras de Esperanza Acevedo persistían, talvez más que nunca, en su impagable tarea de deleitarnos. Y es que iría a ser dentro de esa misma década, en la que sobrecargados de ilusiones habíamos principiado el ejercicio de la hermosa carrera que escogimos, cuando los alias de todos los pelambres pretenderían prohibirnos a los colombianos, bajo pena capital y con la cómplice indiferencia o la activa cooperación de los poderosos, el pacífico y legítimo ejercicio de nuestro inviolable derecho a ser honestos.

Una tarde cualquiera de sábado del año 1982, sentado en uno de los confortables muebles rojos de nuestra primera sala, mientras se avecinaba el crepúsculo, todavía observable desde el oriente de Bucaramanga sobre los lejanos cerros de occidente, abrí su recién adquirido disco -el primer disco suyo con el que pude salir airoso de la tienda de Discos Diana- y puse a sonar la primera canción grabada en aquel acetato pulcramente editado por el sello Orbe. Así conocí de cerca ese precioso tema que ella tituló “Amor amargo”, con el que creí comprobar -nunca supe si con acierto o sin él- que Esperanza Acevedo era una magnífica compositora de baladas tristes porque, además de su indiscutible talento para la música, en el fondo de su corazón era una persona profundamente sensible y naturalmente propensa a la tristeza.

Hace pocos días, los medios que empezaron a esparcir la noticia de su muerte dijeron que acababa de fallecer una cantante de protesta de los años 60. Cuando leí aquello, tuve la intención de escribirles para aclararles que eso no era cierto, que Vicky solamente le había cantado al Amor. Pero luego desistí de la idea porque llegué a la conclusión de que, en realidad, sí lo había sido.

Porque en una sociedad proclive al desafecto, a la exclusión, a la indolencia, a la violencia y a la guerra, todo aquel que le cante al Amor es un cantante de protesta.

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, domingo 19 de marzo de 2017.

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A VICKY. Por: El Último Guane.


Que fuiste grande, lo fuiste,

Porque al Amor le cantaste

Y al odio te le enfrentaste

Con el dulzor que trajiste.

 

Hoy que ya te despediste

Y al ver yo cuánto dejaste,

Siento que aquí te quedaste

En todo cuanto escribiste.

 

Si, al fin, es Dios nuestro fuerte,

No hay que llorar por la muerte,

Hay que reír por la vida,

 

Por eso, ante tu partida,

Te digo, artista querida,

¡Gracias, Vicky, y buena suerte!

__________

[ILUSTRACIÓN: Fotografía en blanco y negro de Esperanza Acevedo (Vicky) tomada en los años 60. Diseño gráfico de Pedro Jesús Vargas Cordero].

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VICKY (Crónica. Capítulo I). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Solo había un canal de televisión y era en blanco y negro. Y solo había en mi barrio tres televisores, uno en la casa de los Pinzón, otro en la Funeraria Colombiana -de don José Suárez R., letra esta que nunca supe qué significaba- y otro en la tienda La Veracruzana, de don Gratiniano, donde -paradójicamente, y como era lógico- nada era gratis.

En esos tres televisores ajenos escuché por primera vez las presentaciones del Club del Clan.


El Club del Clan era un programa de go-gós y ye-yés, muchachos melenudos y niñas con capul, botas largas y faldas cortas que cantaban, no siempre con afinación, pero sí siempre con garra -a juzgar por sus gritos prolongados y estentóreos-, acompañados por guitarras eléctricas que parecían sollozar, bajos eléctricos que no estremecían el subsuelo como los de ahora, pero eran apenas suficientes para hacernos recordar que el infierno existe, y los redoblantes, bombos y platillos de unas baterías que en aquel entonces me parecían gigantescas, pero que hoy seguramente quedarían haciendo el oso al compararlas con las que le he visto tocar, para no ir tan lejos, al único ingeniero de minas y petróleos del mundo que le ha dedicado, al menos que yo sepa, su tesis de grado a la Música, William Blackburn, desde los años en que con sus baquetas endemoniadas le hacía la percusión al rock de su propia banda, Sector 16, hasta más tarde, cuando, ya con menos desasosiego, le marcaba el ritmo al romántico saxofón de Lalo Ariza.

Transcurría el año 1966 y en la escuela pública José Camacho Carreño, donde yo, a pesar de los vaticinios burlones que suele hacer la pobreza, soñaba dizque con ser alguien en la vida, decían que una joven y anónima secretaria se había ido de Palmira, la misma pequeña ciudad vallecaucana a la que le cantara el inmenso compositor costeño José Barros, para instalarse en la lejana, impersonal y yerta Bogotá dizque porque quería participar en aquel juvenil concurso.

Sí, en el del Club del Clan. Porque eso era en el fondo aquella sucesión de nuevos artistas: un concurso.  Pero no uno de esos de hoy en día, donde los jurados se reúnen antes para decidir quién va a ganarlo, de modo que cuando los pobres majaderos que aspiran al premio suben a la tarima, ya tienen su suerte echada. No. Aquel era un concurso elemental, sencillo y limpio, un concurso sano, descomplicado y simpático, un concurso liviano, sin ataduras, sin ceremonias y sin hipocresías. En una palabra, era un concurso fresco, como tenía que serlo porque llevaba implícito la frescura de la juventud.

Esa joven secretaria se llamaba Esperanza Acevedo. Fue mucho después que nos dieron a conocer su segundo apellido, el Ossa, del mismo modo como fue mucho más tarde que todo el mundo empezó a hablar, ya no de José A. Morales, sino de un tal José Alejandro Morales López.

Muy pronto vino a saberse que aquella joven creaba las canciones que interpretaba. Y también muy pronto vino a saberse que ella había decidido diferenciar a la compositora de la cantante y que para tal fin sus discos los grabaría Vicky mientras que los créditos de la autoría se los reconocerían a Esperanza Acevedo. Es decir, a Esperanza Acevedo Ossa.


Un día le preguntaron a Luis Carlos Galán Sarmiento cuál era su artista favorito y él dijo que era una mujer y nombró a Vicky.

Fue entonces cuando descubrí que una que otra vez hay uno que otro político con el cual resulto teniendo una que otra coincidencia.

(CONTINUARÁ).

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LA HECHICERA. Por: El Último Guane.


Qué magia tenían tus ojos,

Que con tan solo mirarme,

Yo empezaba a perturbarme

Y me venían los sonrojos.

 

Qué encanto, tus labios rojos,

Que solo con susurrarme,

En ellos sentía extasiarme

Y adiós decían mis enojos.

 

Qué sortilegio, tu pelo,

Por qué me dejaba lelo

El imán de tu sonrisa;

 

Pregunto y solo esta brisa,

Siempre gélida y de prisa,

Me responde con su hielo.

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A SEVERO HERNÁNDEZ. Por Óscar Humberto Gómez Gómez.

Nada importa que la vida sea tan dura,

Ni que haya poco pan sobre la mesa

Si un muchacho de los nuestros raudo besa

La victoria al descender por la espesura.

 

Nada importa si en la casa no hay holgura,

Si a los sueños y al mañana se atraviesa

Con su rostro endurecido la tristeza,

Él a punta de sudor todo lo cura.

 

De Pamplona viene hoy con su bravura

Penetrando entre la niebla y la dehesa

Y lo anima el frailejón, que nunca cesa

De mecerse entre los vientos de la altura.

 

El paisaje de mi tierra es hermosura,

El ciclismo es un ejemplo de entereza,

Y aquel joven que hoy se colma de grandeza

Mezcla es de verraquera y de dulzura.

 

El descenso de El Picacho es la pavura

Donde incluso hasta el ateo a Dios le reza,

Y este hombre, que en su cicla es la fiereza,

De allá viene como niño en travesura.

 

Él desciende y sube la temperatura

Mientras crecen su coraje y su presteza,

Y a la vista de su ardor y su guapeza,

Dicen todos que la etapa está segura.

 

Es el estadio el universo en miniatura,

Donde el viva en la garganta nadie apresa,

Donde todo el mundo a gritos se confiesa

Y al más cuerdo se le olvida la cordura.

 

Y es allí donde aparece la figura

Del que lleva varias horas en la empresa

Y es entonces para el pueblo la sorpresa

De hombre y cicla en preciosa ensambladura.

 

El paso, ya en la pista, lo apresura,

Ruge el mundo y su rugido tanto pesa,

Tanto mece a nuestra tierra bumanguesa,

Que parece hallarse en riesgo la estructura.

 

El resto ya no es más que añadidura,

Es pensar que yo fui rico en la pobreza

Porque tuve a mi favor la gran riqueza

De haber visto tanta entrega y galanura.

 

Y al que hizo realidad tal coyuntura,

A ese hombre que mostró tanta nobleza,

Muchas gracias, campeón, por su proeza

De a pedal ponerle miel a la amargura.

 

Que haya siempre para usted buenaventura

Como ese día en que de tierra pamplonesa

Vino a darnos alegría de sobremesa

Montando airoso sobre su cabalgadura.

 

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, sábado 4 de marzo de 2017.

___________

[ILUSTRACIÓN: Fotografía en blanco y negro del recordado ciclista santandereano Severo Hernández Tarazona tomada en los años 60. La poesía recrea su triunfo en la segunda etapa de la XV Vuelta a Colombia en Bicicleta corrida entre Pamplona y Bucaramanga el día jueves 18 de marzo de 1965].

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JUVENTUD. Por: El Último Guane.


No sé qué diga el Talmud,

Ni qué proclame el Corán,

Biblia o Torá qué dirán,

En torno a la juventud.

 

Sé que existen, y en alud,

Consejos que sabios dan,

Que se venden, como el pan,

Del septentrión hasta el sud.

 

Pues yo, que sabio no soy,

Miro al ayer desde hoy

Y es esta mi conclusión:

 

Que uno vivirla debiera

Cada instante que pudiera

Porque no hay repetición.

____________

[ILUSTRACIÓN: CONSAGRACIÓN DE SAN LUIS GONZAGA COMO PATRONO DE LA JUVENTUD. Óleo sobre lienzo. 1863. Francisco de Goya y Lucientes ((Fuendetodos, provincia de Zaragoza, España, 30 de marzo de 1746 – Burdeos, Francia, 16 de abril de 1828). Depósito Ayuntamiento de Jaraba. Jaraba, Comunidad de Calatayud, Provincia de Zaragoza, España].

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ASÍ ES MI PUEBLO [Marcha]. Autor, compositor e intérprete: LUIS GABRIEL. Notas de Óscar Humberto Gómez Gómez.


Para la primera mitad de los años 70, ya el Carnaval de Barranquilla, que se celebraba cada año en la pujante urbe en la que se convirtió el viejo y arenoso caserío de Barrancas de San Nicolás, era percibido como una fiesta de profundo arraigo popular a la cual se volcaba la sociedad entera para darle rienda suelta a su alegría.

Empero, no todos los barranquilleros hacían lo mismo, ni pensaban igual. Había, por el contrario, quienes creían que detrás de aquel desencadenamiento de bullicio, música, baile, licor y belleza, había una realidad social marcada por la necesidad y que ese pueblo que se lanzaba a las calles en un turbión de regocijo alrededor de las marimondas, los monocucos, el Rey Momo y Joselito Carnaval, en buena parte desfogaba su tristeza por el hambre, el desempleo y la carencia de amor. Que el carnaval equivalía, como en la canción de Los Beatles, a la soledad dentro de la multitud.

Uno de esos barranquilleros de pura cepa que, a pesar de serlo, no se volcaban a las calles a gritar al paso de las carrozas y las comparsas, y prefería, más bien, irse a un parque y dedicarse durante horas a observar desde allí el transcurrir de la vida, no podía ser, claro está, sino un cantante de protesta.

Cantante y, además, creador de sus propias canciones.


Aquel cantautor era un muchacho flaco y sonriente, que aparecía en la televisión -por aquel entonces todavía en blanco y negro- y paralizaba la atención del país con su picardía y unas letras cargadas de sensibilidad social. Se llamaba Luis Gabriel Naranjo y, como una expresión más de su simplicidad, su nombre artístico no era otro que su mismo nombre de pila.

Luis Gabriel Naranjo Arce nació en Curramba La Bella el 30 de mayo de 1950 y para los principios de los años 70 vivía en Canadá, país de donde se vino a Colombia con el propósito de iniciar la que, en efecto, fue una carrera artística tan fugaz como exitosa.

En 1973 Leonardo Álvarez organizó una nueva edición de su Festival del Coco o Festival de la Canción Protesta, certamen que tenía como sede a San Andrés Isla, pero ese año fue trasladado a Barranquilla. Eran los tiempos en que emergía el dueto Elia y Elizabeth, conformado por las hermanas Fleta Mallol, bogotanas de nacimiento, pero criadas en la capital del Atlántico, hijas de españoles que se habían conocido precisamente en La Arenosa. Luis Gabriel participó con la canción Por favor, sonría (“Sonría, qué bella es la vida, formemos un mundo de paz y de amor”). No ganó, quedó de segundo, por delante del “venezolano” Gimeno (Gimeno Acosta, del que habría de saberse después que no había nacido en Venezuela, sino en Islas Canarias), quien ocupó el tercer puesto con la canción Vacío; el ganador, con la canción Hay un niño en la calle y un diamante en un baile, fue el mismo cantautor santandereano que el año inmediatamente anterior había participado en el festival celebrado en la isla de ensueño incrustada en el mar Caribe y que luego nos disputaría Nicaragua: Pablus Gallinazo, quien en su disco long play de entonces les puso a las canciones con las que participó un asterisco y en la parte inferior de la carátula hizo anotar frente al asterisco explicativo la siguiente frase: “Canción perdedora en el Festival de la Canción Protesta de San Andrés”.


Al año siguiente, 1974, Luis Gabriel sorprendió a los televidentes colombianos cuando apareció cantando su nueva canción Así es mi pueblo en la que criticaba, con letra sencilla, aguda y desprovista de cualquier atisbo de aspereza, acompañado por una banda de pueblo (de esas que daban retreta en los parques los domingos y que desaparecieron porque en este país nunca hay plata para la cultura), aquellas fiestas anuales de su Barranquilla natal en las que, según él, lo que hacía su gente era olvidarse de las lágrimas.

En aquella época no existían aún los videos musicales. La realización de uno significaba un costo inalcanzable. Mucho menos podía soñarse siquiera con hacerlo a partir, nada más ni nada menos, que de una canción de protesta.

Julio Luzardo, miembro de una familia estrechamente vinculada a la historia de nuestra televisión, cuenta que a la sazón se adelantaba en Colombia la campaña por la presidencia de la república y que quienes estaban detrás de la idea de producir un video de Luis Gabriel con los pocos recursos disponibles vieron la feliz ocasión de hacerlo con Así es mi pueblo aprovechando las imágenes para televisión tomadas a las concurridas manifestaciones populares a favor de uno de aquellos candidatos, el doctor Álvaro Gómez Hurtado.

Con esas tomas y otras efectuadas en los que él describe como “pueblitos del norte”, el video se hizo realidad.

Lo hemos insertado en las dos versiones subidas a Internet, la primera por el propio Julio Luzardo, y la segunda con mejor sonido, por alguien que le imprimió los recursos de la modernidad a un trabajo artístico que fue joven en su momento, pero que hoy tiene más de cuarenta años.

También transcribimos la letra completa de la canción.


Aquí está, pues, Luis Gabriel en Así es mi pueblo, grata recordación de una época y, por supuesto, de una expresión artística -la canción protesta- que caló hondamente en la sociedad colombiana de aquel entonces.

¡Bienvenidos!

ASÍ ES MI PUEBLO

Marcha

(Luis Gabriel Naranjo)

La fiesta va a empezar
Y el pueblo canta y baila sin parar,
La fiesta va a empezar
Y el pueblo canta y baila sin parar.

Mi pueblo se ha quedado sin pescado
Y la carne en el mercado, racionada está,
Los cerdos y gallinas van de huelga,
Los borrachos van de juerga
Y los niños a rezar.

Aprisa, aprisa, el cura llama a misa,
Las comadres con sus suegros,
Todos con vestidos negros,
Se apresuran por llegar,
Y yo que ando sin trabajo,
Con el pelo alborotado,
Me voy al parque a observar…

A las gentes de un partido,
De los hombres oprimidos,
Que todo van a cambiar,
Con mentiras y un camino
De promesas, ¡cuentos chinos!
Porque todo siempre igual…

Yo me miro los bolsillos
Y no encuentro cigarrillos
Ni dinero para comprar
Y cazando mariposas
Me río de todas las cosas
Y me olvido de fumar.

Mi pueblo a fiestas va
Y solo así se olvida de llorar,
Mi pueblo a fiestas va
Y solo así se olvida de llorar

Llega un jipi mal parado,
¿Marihuana?… de aquel lado
Al final de la manzana la conseguirás,
Pero anda con cautela
O el maestro de la escuela
Te la va a robar.

Oh! qué veo, es un lindo bomboncito,
Y qué hermoso su ombliguito,
¿Para quién será?
Para aquel que está en la onda,
Fuma hierba, no se baña,
Y que viaja sin andar.

Ya los cachos de las reses se han perdido,
Hoy los llevan los maridos
De mi gran ciudad,
Y ellas miran sus vecinos,
Pero nunca el mal camino
Han seguido de verdad.

Beber, cantar, bailar,
Mi pueblo así se olvida de llorar,
Beber, cantar, bailar,
Mi pueblo así se olvida de llorar.

Un señor de traje verde,
Con su mazo causa estragos,
Ha venido malgeniado y me la quiere velar,
Pues piensa que soy un vago,
Sin papeles y varado,
Y me lo voy a escapar.

Hasta pronto, amigos míos,
Y recuerden en qué líos
Me ha metido esta canción
Que canté sobre mi pueblo
Sin yo hablarle mal a nadie
Ni de nadie hablar yo mal

La fiesta acabó ya
Y el pueblo así se olvidó de llorar,
La fiesta acabó ya
Y el pueblo así se olvidó de llorar.

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LA PAILA MOCHA. Por: El Diablillo del Parnaso.


Lo mínimo con que debería contar quien participa en un concurso, en una licitación, en una elección, en un sorteo, en una rifa o, en fin, en una competencia cualquiera es con que las reglas de juego se cumplirán y todos tendrán la misma oportunidad de ganar.

Sin embargo, es tan generalizada la situación contraria, esto es, la de que ya se sabe de antemano quién ganará, que nadie debería volver a tomar parte en ningún certamen donde se esté detrás de un premio.

Y es que un certamen competitivo que no esté previamente adjudicado toca salir a buscarlo con la linterna de Diógenes.

La corrupción en las competencias ha penetrado todo: desde los reinados de belleza hasta los partidos de fútbol, desde las peleas de boxeo hasta la adjudicación de casas gratuitas, desde los bingos bailables hasta las grandes licitaciones públicas, desde los concursos de méritos hasta los concursos de baile, desde las ternas para altos cargos oficiales hasta las elecciones para el cargo de personero de un colegio, desde el juego del chance hasta las elecciones para presidente de la república, desde los sorteos de la lotería hasta los festivales vallenatos, desde los concursos de literatura hasta las rifas de un televisor de 32 pulgadas o de un viaje a Cancún para dos personas, desde los sorteos que se realizan en los centros comerciales hasta la adjudicación de las frecuencias para fundar emisoras de radio y, en fin, hay un etcétera tan extremadamente largo, que le toca a uno, más bien, no entrar a detallarlo de a mucho so pena de que termine escribiendo la historia reciente de Colombia.

Claro está que la falta de pulcritud en todo lo que huela a concurso, competencia o similares no es solamente cosa de este país, como creen algunos. En los Estados Unidos nunca se aclaró, pongamos por caso, la elección de G.W. Bush; el deshonesto dirigente de la FIFA que encabezó la más pestilente corrupción en ese deporte, Joseph Blatter, es suizo; y el escándalo de Odebrecht, para no citar sino el más reciente, comenzó en Brasil y ya tiene a las puertas de la cárcel, pongamos por caso, al expresidente del Perú Alejandro Toledo.

Hay corrupción en la derecha, como es el caso de algún exministro de Estado que lucha para que no lo extraditen de Estados Unidos a Colombia porque aquí lo que le espera como comité de recepción en el aeropuerto Eldorado es un piquete de guardias del INPEC o de agentes de la Policía listo a conducirlo a la cárcel; y hay corrupción en la izquierda, como es el caso de cierta pareja de hermanos “revolucionarios”, siempre preocupada por la desdicha de los pobres, que calmaba sus angustias sociales exigiendo coimas y cogiéndose los recursos públicos hasta que un día los pescaron -como decía el bobo del pueblo- “a todos dos”, gracias a una interceptación telefónica y a eso que, cuando existía Derecho Penal, la doctrina italiana denominaba chiamata di correo.

Ya es hora de que a esta enfermedad social le pongan nombre.

¿Por qué no Síndrome de Odebrecht?

Hasta suena.

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EL BILLETE VIEJO. Por: El Último Guane.

Billete de mil ¡y viejo!

Se ve que nadie te quiere,

Que réquiem y miserere

Te entonan frunciendo el cejo.

 

Que el güisqui sea bien añejo

No hay a quién desespere,

Mas nadie hay que hoy espere

En ti mirarse de espejo.

 

Triste billete arrugado,

Por nadie ya deseado,

Eres igual que la vida:

 

Vas, joven, a todo lado,

Empero, viejo y cansado,

Ya no encuentras bienvenida.

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EL CAMALEÓN. Por: El Diablillo del Parnaso.


Hay un camaleón insoportable

Que se siente de la palabra dueño,

Su verbo no produce más que sueño,

Pero él continúa hable que hable.

 

Amigo es de la cruz como del sable,

Te ríe o igual te frunce el ceño,

Lo mismo es cachaco que costeño,

Iracundo y también de genio afable.

 

A falta por doquier de Gaitanes,

Cuando hoy pululan más y más rufianes

Y al olvido se marchó la ideología,

 

Que derroche su soberbia altanería,

Su arrogancia, su poder, su hipocresía,

Mientras dejan de mandar los charlatanes.

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