FANATISMO. Por: El Diablillo del Parnaso.

Hay suelto mucho loquito

Que gusta del precipicio,

De darse a fuete suplicio

Y ver que todo es maldito.

 

De oír sus cosas me agito,

Y hasta prefiero yo el vicio,

Porque me sacan de quicio

El santurrón y el refrito.

 

A Dios yo no lo desmiento

Pues su existencia la siento

En cada cosa que admiro,

 

Pero en la vida yo aspiro

A no toparme al vampiro

Que muerde ciencia y talento.

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EL COLEGIO COLOMBIANO DE PSICÓLOGOS OFRECE LA CONFERENCIA “LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA Y LOS ALBORES DE LA PSICOLOGÍA EN COLOMBIA” (ENTRADA LIBRE).

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ACERCA DEL PREMIO A LA VIDA Y OBRA DE UN ARQUITECTO. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas.

Si lo que se pretende no es otorgar un premio de arquitectura, sino exaltar la vida y la obra de un arquitecto -como lo piensa hacer por estos días la SCA (Sociedad Colombiana de Arquitectos)-, es obvio de toda obviedad que no solo se puede tomar en consideración lo que un profesional haya diseñado.

Ni siquiera lo que, además, haya construido.

Esta distinción previa es importante hacerla porque, contrariamente a lo que se cree, el arquitecto que diseña no necesariamente construye, del mismo modo que no necesariamente el escultor esculpe. Leonardo Da Vinci, por ejemplo, fue un gran escultor del Renacimiento y, sin embargo, no hay una sola escultura de él en ninguna parte del mundo.

Y es que el hecho de que un proyecto arquitectónico no se lleve a cabo no significa que el proyecto como tal desmerezca nada. De hecho, en una sociedad como la colombiana, donde -contrariando a Vitruvio- muchas veces se prefiere la fealdad, la inutilidad o la inestabilidad a lo bello, lo útil y lo estable, con tal de satisfacer intereses políticos, o de complacer el mal gusto de patanes con riqueza, o simplemente gracias a la coima pagada por debajo de la mesa en la adjudicación de la correspondiente licitación pública – o si no, repasen los últimos escándalos en las obras públicas-, no es exótico que un proyecto hermoso, útil y firme no se ejecute. Las trabas a un proyecto arquitectónico en un país tan extremadamente corrupto como Colombia suelen no estar relacionadas con el talento o falta de talento del arquitecto, ni con lo admirable o no admirable que sea el proyecto, sino con las ambiciones dinerarias de los funcionarios que deben aprobarlo y la capacidad económica del profesional para satisfacerlas.

Pero es que, además, la obra de un arquitecto va mucho más allá de los planos, las maquetas y los rénderes, esto es, de las casas, los edificios y las urbanizaciones que diseñe, e, incluso, de los proyectos que ejecute, o que le ejecuten. Un arquitecto puede haber construido muchas casas, muchos edificios y un sinnúmero de urbanizaciones, y, sin embargo, no ser un buen arquitecto, ni -mucho menos- merecer que se le condecore por su obra. La Arquitectura, en efecto, tiene unos compromisos sociales, culturales, humanos y éticos. Cuando se premia la obra de un arquitecto no solo se premian los proyectos y/o realizaciones profesionales que le permitieron llenar sus cuentas bancarias, pues esa sería una visión toscamente egoísta de lo que significa la hermosa profesión que la vida le posibilitó estudiar y ejercer; se premia también su compromiso con la sociedad en la que vive, su aporte a la preservación de la riqueza cultural de su pueblo, su preocupación por la dignidad del hombre -que es, a la postre, el destinatario de sus obras- y, por supuesto, su riguroso respeto a los cánones éticos y morales que soportan la supervivencia de su profesión y de su nación.

Esto último es de una importancia mayúscula. Y lo es, porque si para otorgarle a un arquitecto el premio a su obra bastara valorar su obra arquitectónica como tal, despojada de, por ejemplo, cualquier consideración ética, habría que exaltar, entonces, al arquitecto que diseña la lujosa mansión de un delincuente o un moderno y sofisticado túnel gracias al cual una banda de hampones ha podido acceder a las bodegas de un banco y cometer el robo del siglo.  (También, claro está, habría que condecorar al ingeniero calculista).

Pero si es diáfano que la obra del arquitecto no es solo la sumatoria de sus diseños, y ni siquiera la de sus ejecuciones, mucho menos puede pretenderse que al premiar no solo su obra, sino además su vida -colocada esta primero que aquella-, se haga caso omiso de su vida y solo se premie su obra, entendida esta con la estrecha concepción de “diseños arquitectónicos”. En ese caso, habría que precisar que lo que se premia es solo la obra arquitectónica del profesional, no lo meritoria que haya sido su vida.

¿O podrá, acaso, premiarse la vida y obra de un arquitecto del que se sabe que maltrataba a su familia? ¿O al que timaba a sus clientes aprovechándose de su ignorancia, de su buena fe o de la confianza que generaba el que estos lo creyeran -porque él dio muestras de serlo- su amigo? ¿O al que como catedrático universitario no se preocupaba por enseñarles a sus alumnos, sino por cerciorarse de rajarlos? ¿O a aquel a quien jamás se le escuchó pronunciarse contra la destrucción del patrimonio arquitectónico de su tierra?

Y aquí surgen muchas dudas acerca de cuál es el procedimiento que se sigue para las postulaciones y las selecciones.

¿Quién postula a los candidatos? ¿Es -como he escuchado decir, con incredulidad y asombro- que es el mismo candidato quien se auto-postula? ¿No es la auto-postulación un atentado contra la dignidad de la profesión y del premio mismo? Si ha descollado tanto el candidato, ¿no es lo obvio que quienes lo postulen sean sus colegas, y no que lo haga él mismo? ¿Se les pregunta por él a quienes han sido sus clientes? ¿Se indaga por el candidato en los entornos sociales donde ha desempeñado su tarea? ¿Se pide públicamente que quienes sepan de indelicadezas, incumplimientos u otras máculas suyas, puedan hacerlas saber?

En los tiempos actuales, en pleno predominio de la arquitectura sin poesía, de las torres sin alma, de la paulatina destrucción de las joyas arquitectónicas que constituían el patrimonio cultural de nuestras ciudades, de las invariables y sórdidas cajas de bocadillos, de los lóbregos pabellones de fosas mortuorias en obra negra que luego terminan siendo edificios donde habrá de hacinarse la vida; en estos tiempos de mal gusto, de la extravagante ostentación del poderoso y del indolente desinterés por el humilde, en estos tiempos canallas donde ya solo importa construir y construir para ganar plata así las ciudades pierdan su identidad y se suma en el olvido su historia, el arquitecto debe volver a ser un poeta del urbanismo.

El arquitecto no ha de olvidar jamás que, como bellamente dicen los masones, la Arquitectura es la profesión de Dios.

Ya casi no hay premio que no esté desacreditado.

Ojalá no vaya a desacreditarse también el Premio Nacional de Arquitectura.

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LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA POESÍA EN COLOMBIA. Por Óscar Humberto Gómez Gómez.

Para nuestro infortunio, nos tocó vivir en unos tiempos de turbulencia y de desafío a los valores. No vale la pena respaldar esta aseveración porque para comprobarla basta con observar a nuestro alrededor y verificar quién tiene más prominencia social hoy en día, si la prostituta desvergonzada que, fungiendo como “actriz”, engruesa cada vez más su astronómica cuenta bancaria acostándose con el que sea o la dama honesta y virtuosa que vive su condición femenina con dignidad; si el que ha ensangrentado al país o el que ha contribuido a enaltecerlo; si el ciudadano honrado que se mete a la política o el corrompido comprador de conciencias; si el contratista pulcro que pretende ganarse una licitación presentando una propuesta hermosa y razonable o el putrefacto ganador anticipado que simplemente soborna a quienes habrán de adjudicarla; si el jurista egregio e integérrimo que debería ocupar la judicatura y la magistratura o el tinterillo con diploma que lagartea cargos tan significativos para la República; y, en fin, si el que cree en Dios o cuando menos respeta las creencias ajenas y, por ende, la libertad de conciencia, o el ateo que no tiene otro razonamiento filosófico distinto a su propia vulgaridad y que se mofa de él y lo ridiculiza como si el ser más trascendental y controversial de todos los tiempos fuese tan solo un rey de burlas.

No es, entonces, exótico -hablando de las artes y de la literatura- que mientras expresiones musicales de vergonzosa calidad artística y poética ocupan sitiales encumbrados en la radio, la televisión e internet, las que reflejan la sensibilidad poética de sus autores, compositores e intérpretes sean desechadas con desprecio.

Y es obvio también que una de las manifestaciones más delicadas y bellas que han emergido dentro del decurso histórico de la humanidad -la Poesía- pretenda ser ignorada y mandada al cuarto de san Alejo de la sociedad contemporánea.

La revista Semana -que, dicho sea de paso, ha contribuido eficazmente, supongo que de manera involuntaria, a la consolidación de este estado de cosas dentro de la sociedad colombiana- ha publicado una nota periodística que pone sobre el tapete la situación actual de la Poesía.

Nos limitamos a insertarla aquí, para compartirla con nuestros amigos. En otra oportunidad nos referiremos al tema y expondremos nuestros puntos de vista. Sea de advertir, sin embargo, que, en cuanto a nosotros se refiere, continuaremos cultivando y defendiendo la Poesía, independientemente de que nos dé ganancia o pérdida, aunque de antemano sea también del caso subrayar que es vergonzoso para cualquier sociedad decente el prescindir de lo bello, de lo honesto y de lo admirable para, en cambio, perpetuar o fortalecer fenómenos que, como el delito y la inmoralidad, deberían ser repudiados sin contemplaciones en vez de profesar por ellos la irreflexiva admiración que hoy se profesa.

http://www.semana.com/cultura/articulo/los-nuevos-espacios-de-la-poesia/536184

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[ILUSTRACIÓN: Festival Internacional de Poesía en Medellín. Fotografía: Revista Semana.].

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BAMBUQUITO DE MI TIERRA. (Bambuco). Autor y compositor: José A. Morales. Intérprete: José A. Morales.

NOTA DEL PORTAL: José A. Morales, distinguido compositor colombiano de música andina, nació en el Socorro, departamento de Santander, al nororiente de Colombia. Hijo del prominente abogado penalista y hacendado Espíritu Santo Morales y de la modesta servidora doméstica suya doña Dolores López (y no de “Marco Tulio Morales”, un anónimo campesino, como erradamente se dijo siempre), en sus canciones exaltó la sencilla belleza de la mujer campesina de su tierra natal (bambuco Campesina santandereana), la añoranza de la escuela veredal y de su maestra, de nombre doña Inés (pasillo Camino viejo), lo valioso que es un buen amigo (vals Amistad), el encanto mágico del paisaje de su pueblo natal cuando la luna en la noche pareciera colgar del cielo como si Dios hubiese puesto un farolito (vals Pueblito viejo), la rebeldía del más frágil cuando el más fuerte pretende pasar por encima hasta de su honor de persona humilde, pero digna (bambuco Ayer me echaron del pueblo), la hermosura de los paisajes lugareños de su tierra natal (danza Socorrito), la virtud de la humildad (pasillo Soberbia), además de protestar contra la violencia liberal – conservadora que asoló al país (bambuco El corazón de la caña).

Pero más allá de esas canciones y, en general, de todo su inmenso repertorio, y como era previsible que ocurriera en alguien de su sensibilidad, también le dedicó a su tierra natal un hermoso bambuco al que le puso como título “Bambuquito de mi tierra”.

Esta preciosa composición fue grabada por renombrados artistas como el dueto Garzón y Collazos y el dueto Hermanos Martínez. No obstante, la versión que hoy compartimos con ustedes constituye una verdadera joya histórica de nuestra cultura nacional: es la interpretación que el propio compositor hizo de su canción, acompañado por la guitarra del maestro tolimense Gentil Montaña.

Este es, amigos de Santander en la Red, el maestro José A. Morales cantando Bambuquito de mi tierra.

¡Bienvenidos!

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ARQUITECTO. Por Óscar Humberto Gómez Gómez.

NOTA DEL PORTAL: El autor ha encontrado algunas poesías que escribió hace ya cierto tiempo y con las que pensaba armar un pequeño libro. Aunque no ha descartado esa idea, ha decidido publicar en su blog algunas de ellas, entre las cuales están unas de contenido estrictamente familiar, como la que hoy se inserta, titulada ARQUITECTO y dedicada a su hijo Sergio Andrés a propósito de su grado hace poco más de año y medio.

Mi hijo se graduó en Arquitectura,

Pero antes lo logró en ser caballero,

Desde el fondo de mi alma yo hoy espero

Que su vida esté colmada de ventura.

 

Que a su espíritu enriquezca la cultura,

Que no sepa lo que es el desespero,

Que tenga al Hacedor por consejero

Y porte la virtud cual armadura.

 

Como obliga el soneto a abreviatura,

Y yo he de respetarle su estructura,

Al poner punto final tan solo quiero

 

A mi hijo regalarle por entero

Mi cariño, y que su ánimo fiestero

Le sea eterno, al igual que su dulzura.

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[ILUSTRACIÓN: El arquitecto Sergio Andrés Gómez el día de su graduación, ceremonia celebrada en el Centro Empresarial El Cubo, de Bogotá, el jueves 1 de octubre de 2015 y que fue presidida por el rector de la Universidad de los Andes, de Bogotá, doctor Pablo Navas Sanz de Santamaría (Fotografía de familia tomada con celular). El joven y talentoso profesional santandereano adelantó sus estudios superiores de Arquitectura en la Universidad de los Andes, de Bogotá, y en la Universidad de Buenos Aires, Argentina, habiendo sido enviado a esta por su alma mater en calidad de alumno colombiano de intercambio. Actualmente, es miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Colombiana de Arquitectos Seccional Santander y ejerce su hermosa profesión al frente de su propia oficina, SG ARQUITECTURA, en Bucaramanga].

http://www.paginasamarillas.com.co/empresas/sg-arquitectura/bucaramanga-32349692?ad=80587190

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DESESPERACIÓN. Por: El Diablillo del Parnaso.


Quisiera que Movistar
Me diera ya esa alegría
De dejarme en paz de día
Y de noche, descansar;

Que no me vuelva a llamar
Con su insistente porfía,
Ni viole mi privacía,
Ni me obligue a contestar.

Por poderme liberar
Del incesante timbrar
Qué cosa hoy yo no haría:

Meterme al fondo del mar,
El Himalaya escalar,
O irme a vivir… ¡ a Hungría !

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LOS MÁRTIRES OLVIDADOS DE LA BATALLA DE BOYACÁ. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander.

Hoy es fiesta nacional en Colombia. Ciertamente, el 7 de agosto de 1819, que era sábado, en el puente sobre el río Teatinos (río Boyacá, en la lengua indígena de la región) se llevó a cabo la histórica batalla que permitió el restablecimiento en Santa Fe de las autoridades granadinas.

Recapitulando, las autoridades de aquí -instituidas a partir del 20 de julio de 1810, en lo que habría de ser la I República- habían sido salvajemente derrocadas por España durante los violentos sucesos de la Reconquista Española, adelantada bajo el mando del Pacificador Pablo Morillo, y la instalación del Régimen del Terror. Numerosos granadinos habían sido condenados a la pena de muerte y ejecutados en la horca o en el paredón de fusilamiento, entre ellos José María Carbonell y Emigdio Benítez, líderes populares firmantes del acta del 20 de julio de 1810, el primero cartagenero y el segundo socorrano. Los virreyes habían sido reinstalados en el poder como representantes del rey.

El general Simón Bolívar, al frente del reorganizado ejército patriota, inició la campaña militar de recuperación de la Nueva Granada partiendo desde Venezuela. Su plan consistía en invadir a la actual Colombia ingresando por los llanos de Casanare y atravesando los helados territorios boyacenses.

Luego de una épica marcha, llevada a cabo en medio de indecibles penalidades, las tropas colombianas arribaron, por fin, al corazón mismo del virreinato, cerca de Tunja. Se avecinaba, entonces, el enfrentamiento entre las tropas españolas y las colombianas.

En sus memorias, el general independentista irlandés Daniel Florencio O’Leary escribe:

“El 7 continuó Barreiro su marcha y apenas se cercioró de ello Bolívar, que en persona hacía un reconocimiento de la dirección que llevaba, dio orden a su ejército, que tenía formado en la plaza de Tunja, de marchar hacia el punto a donde el enemigo se dirigía, con intención de interponerse entre éste y Santafé. A las dos de la tarde llegaba al puente de Boyacá la primera columna realista y estaba pasándolo cuando la vanguardia patriota la atacó por la retaguardia, a tiempo que la división de Santander coronaba las alturas que dominaban la posición en que Barreiro había desplegado su ejército. Dióse principio a la batalla (…)”. [Daniel Florencio O´Leary, Bolívar and the war of Independence. Memorias del general Daniel F. O´Leary. La batalla y el parte de victoria. En: Reportaje de la Historia de Colombia. 158 documentos y relatos de testigos presenciales sobre hechos ocurridos en 5 siglos. Del Descubrimiento a la Era Republicana. Selección y presentación de textos: Jorge Orlando Melo. Asistente de investigación: Alonso Valencia Llano. Planeta Colombiana Editorial. Bogotá. 1989, p. 342].

Así comenzó, pues, la famosa Batalla de Boyacá.

Hoy queremos destacar a los patriotas colombianos olvidados, a los mártires de la Independencia muertos en ese histórico combate y, a través de ellos, exaltar y homenajear a todos los héroes anónimos y olvidados de la Guerra de Independencia.

Para empezar, rendimos homenaje a la memoria de uno de los miembros del ejército libertador muerto en aquel memorable campo de batalla. Su singular puesto dentro de las tropas patriotas lo convierte, sin duda, en un personaje muy especial. Se trata del sacerdote católico Miguel Díaz.

En la actualidad, el nombre del presbítero Miguel Díaz no le dice nada a nadie. Empero, fue uno de los patriotas colombianos que perdió la vida en aquel enfrentamiento. En efecto, el padre Díaz murió en la Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819, al recibir en su humanidad un terrible cañonazo mientras, en su condición de capellán del ejército libertador, trataba de auxiliar a un oficial de la Legión Británica que acababa de ser herido, el capitán Juan Johnston.

En el parte oficial rendido por el general venezolano Carlos Soublette se lee lo siguiente:

“Nuestra pérdida ha consistido en trece muertos y cincuenta y tres heridos. Entre los primeros el teniente de caballería N. Pérez y el reverendo padre fray Miguel Díaz, capellán de vanguardia; y entre los segundos el sargento mayor José Rafael de las Heras, el capitán Johnson y el teniente Rivero”. [Carlos Soublette, Jefe de Estado Mayor del Ejército Libertador, Venta Quemada (sic), 8 de agosto de 1819.  Citado por Daniel Florencio O´Leary, Bolívar and the war of Independence. Memorias del general Daniel F. O´Leary. La batalla y el parte de victoria. En: Reportaje de la Historia de Colombia. 158 documentos y relatos de testigos presenciales sobre hechos ocurridos en 5 siglos. Del Descubrimiento a la Era Republicana. Selección y presentación de textos: Jorge Orlando Melo. Asistente de investigación: Alonso Valencia Llano. Planeta Colombiana Editorial. Bogotá. 1989, p. 345].

Lo que sabemos sobre este héroe de sotana es muy poco. No hay, por supuesto, ningún retrato suyo; ni siquiera una descripción aproximada. De hecho, hay un error en varias fuentes: confunden al capellán patriota Miguel Díaz con el también capellán patriota Fray Ignacio Mariño. Este no murió en la Batalla de Boyacá; murió, sí, en Boyacá, pero el 25 de junio de 1825 en Duitama, y no en combate alguno. (Algunas fuentes combinan el nombre del uno con el apellido del otro e identifican a la víctima mortal de la batalla como “el padre Ignacio Díaz”).

Otras fuentes confunden al lector al señalar que el capitán Johnston, de la Legión Británica, fue herido, sí, pero en Pantano de Vargas.

“Johnston Juan, 1818, inglés, Capitán.-Campaña de Apure; Pantano de Vargas, Boyacá, herido. Siguió al Sur, y fue ascendido por el Libertador en 1822”. (GALÁN, Ángel María. Las Legiones Británica e Irlandesa. Imprenta y Litografía de J. Casis. Bogotá, 1919).

Eso, mientras que otras dicen que el capitán Johnston efectivamente fue herido en la Batalla de Boyacá:

“(…) solo caen 13 muertos, contando al cura Miguel Díaz, que se acercó a prestarle auxilio al capitán Johnston, de la legión británica, y también recibió su cañonazo”. (RAMÍREZ ALONSO, Fabio. Otra mirada a la Batalla de Boyacá. El Tiempo. Bogotá, 7 de agosto de 2015).

Obsérvese que el general Soublette relaciona entre los heridos en la Batalla de Boyacá al capitán “Johnson”.

El miembro notorio de la Legión Británica que fue herido en Pantano de Vargas gravemente fue el coronel Jaime Rooke, quien murió poco después, luego de serle amputado el brazo donde había recibido el impacto.

Y otro de los heridos en Pantano de Vargas fue el sargento Inocencio Chincá, uno de los 14 llaneros de Rondón (25 de julio de 1819). Chincá fue lanceado por la espalda por el capitán español Ramón Bedoya y murió tres días después en Tibasosa. Antes, en pleno campo de batalla, Chincá se arrancó la lanza y con ella mató a Bedoya. Cuando ya agonizaba, en medio de los delirios de la fiebre, Chincá decía: “Bedoya me pringó, Bedoya me pringó…, pero también se fue”.

En Pantano de Vargas murieron alrededor de doscientos patriotas, casi todos anónimos.

Volviendo a la Batalla de Boyacá, del teniente “N. Pérez” ignoramos qué quiso decir Soublette con la letra “N.”, si su nombre comenzaba por esa inicial, o si, simplemente, se ignoraba su nombre.

De los restantes 11 patriotas muertos en la histórica batalla lo desconocemos todo.

Tres días antes de la memorable batalla, esto es, el miércoles 4 de agosto de 1819, el pueblo de Charalá se le atravesó al ejército español, concretamente a las tropas que comandaba el coronel Lucas González y que se proponían reforzar a las que comandaba Barreiro. Eso hizo que en la Batalla de Boyacá, el ejército español no hubiera podido contar con el apoyo de los soldados de González.

Leamos:

“El Libertador nombró alcaldes para  varios pueblos circunvecinos ya liberados, promulgó la ley marcial y dispuso el alistamiento de hombres y de caballos para crear milicias, incorporándose al ejército las guerrillas de Tovar, Montoya, Calvo, el Negro Marcos y otros (sic) que operaban en los páramos de las provincias de Tunja y del Socorro; con ellas y otros reclutas se organizaron las unidades de reserva llamadas Columnas de Tunja y del Socorro.

Al ejército realista también le llegaron refuerzos del Valle de Tenza, con los que Barreiro totalizó mil setecientos hombres de infantería y trescientos cincuenta de caballería.

Como era urgente definir la campaña, el Libertador decidió tomar la iniciativa, ocupando Paipa sin resistencia el 3 de agosto, mientras el enemigo se retiraba a El Espino. Situados los independentistas a orillas del Chicamocha, abandonaron sus posiciones el 4 de agosto a las ocho de la noche, efectuando por el camino de Toca la célebre marcha nocturna en dirección a Tunja. Esta marcha fue tan hábilmente realizada que el enemigo, no obstante estar al alcance de la voz, no se percató de ella y el movimiento culminó a las dos de la tarde del 5 con la entrada del grueso del ejército en la capital de la provincia. Mediante esta espectacular maniobra estratégica Bolívar cortó las líneas de comunicación enemigas, abasteció su ejército de vestuario, víveres, municiones y armamento en los almacenes del cuartel general español y estableció un nuevo gobierno provisional. Esta marcha fue, sin lugar a dudas, el movimiento definitivo para el triunfo de las armas republicanas en Boyacá.

Barreiro, desde la posición de El Espino, se encontraba desconcertado con el golpe dado por su enemigo e ignoraba que al capitán (sic) Lucas González, gobernador del Socorro, le habían presentado combate, sobre el río Pientá, los guerrilleros de Charalá y de sus alrededores y que por esto no había podido colaborar en el plan estratégico del comandante español”. (RIAÑO, Camilo. La campaña libertadora de 1819. Historia de Colombia, tomo 9, Ed. Salvat, Bogotá, 1988, p.p. 985 – 986).

Empero, “los guerrilleros de Charalá” terminaron siendo, en realidad, los hombres, mujeres y niños del pueblo, que masivamente se le opusieron al ejército español apoyados en elementos caseros y rústicos. La Batalla del Pienta fue, pues, un enfrentamiento completamente desigual entre un ejército y un pueblo anónimo militarmente desorganizado sin más armas que sus propios utensilios de labranza o de trabajo hogareño. Como era previsible que ocurriera, los militares españoles vencieron a los charaleños en las inmediaciones del río ante lo cual estos comenzaron a replegarse hacia el pueblo. Batiéndose en retirada, los patriotas sin nombre llegaron hasta el casco urbano, pero allí fueron perseguidos y masacrados por las tropas, produciéndose una de las matanzas más horrorosas de la Guerra de Independencia. La historiografía moderna está replanteando la verdadera importancia que tuvo esta batalla en cuanto a posibilitar el triunfo colombiano en el Puente de Boyacá. No obstante, será prácticamente imposible reconstruir la lista de las más de trescientas ignoradas víctimas mortales que dejó aquella heroica acción popular.

También será imposible reconstruir la lista de los numerosos patriotas que fueron quedando regados en el camino entre Guasdualito, Venezuela -de donde partió la expedición libertadora hacia Colombia, luego de sobrepasar Mantecal- hasta los territorios boyacenses -donde se enfrentó a las tropas españolas-, particularmente los nombres y apellidos de quienes murieron en la penosa travesía del Páramo de Pisba.

“Para cruzar la cordillera, los ejércitos libertadores debían pasar por una de las depresiones de la misma, las cuales forman a la manera de pasos naturales, abiertos sobre sus cimas. A Bolívar y sus oficiales les correspondía escoger entre el boquerón de Peña Negra, que conducía al Valle de Tensa (sic); el Páramo de Totilla, acceso a las regiones vecinas de la laguna de Tota; o el páramo de Pisba, abierto a cuatro mil metros de altura, que permitía el paso hacia la población de Socha y el valle del río Chicamocha.
Para pronunciarse sobre las ventajas de adoptar uno de estos caminos, los jefes patriotas necesitaban considerar, además de las condiciones del terreno y las facilidades del tránsito en dada uno de ellos, la posible localización de las fuerzas realistas al lado opuesto de la cordillera. Esta última circunstancia tenía especial importancia, porque las penalidades que habrían de sufrir las tropas en el paso de los Andes hacían indispensable para ellas un descanso de algunos días en el paso opuesto, antes de verse obligadas a entrar en combate con el enemigo. Por estas razones, Bolívar escogió el páramo de Pisba, el más difícil de vencer por su altura, pero también el menos defendido y el más lejano de los diferentes sitios donde se hallaban las guarniciones españolas, o donde ellas podían efectuar rápidas concentraciones para atacarlo cuando pisara los valles granadinos. Acordado este plan, Bolívar destacó la vanguardia, (…).

Vinieron entonces los días temidos por el Libertador. A medida que ascendían por el escarpado y estrecho sendero, la temperatura se tornaba más fría y los soldados, mal abrigados y peor alimentados para resistirla, enfermaban gravemente o morían. La lluvia era torrencial, la vegetación iba desapareciendo y la roca dura, donde sólo prendían raros cactus, hacían más triste el panorama de aquella heroica travesía. El aire, con la altura, se iba enrareciendo y los fatigados organismos de los soldados parecían invadidos por extraña somnolencia. El terrible soroche causaba estregados entre aquellos desventurados y solamente la flagelación lograba, a veces, arrancar de la muerte sus cuerpos helados. Las mujeres, amantes o esposas, quienes fielmente seguían a las tropas, hacían prodigios atendiendo a los enfermos, animando a los desalentados y dando pruebas de una resistencia que maravillaba a los oficiales extranjeros. O´Leary cuenta con asombro cómo una de ellas dio a luz en aquellas dramáticas horas y “a la mañana siguiente -dice- vi a la madre con el recién nacido en los brazos y aparentemente en la mejor salud, marchando a retaguardia del batallón”.
Tras de incontables penalidades y serias pérdidas, el 5 de julio de 1819 el grueso del ejército libertador llegó a Quebradas, en las laderas que descienden sobre la región de Socha. (…) El paso de los Andes, una de las empresas militares más audaces de la historia, estaba terminado y los patriotas (estaban) en el propio corazón del virreinato granadino (…)”. (LIÉVANO AGUIRRE, Indalecio. Bolívar. Editorial Oveja Negra. Bogotá. 1987, p.p. 217 – 220).

“Pero la prueba más difícil no había llegado aún, pues la montaña cubierta de nubes que ocultaban el paso del Páramo de Pisba se levantaba desafiante ante los ojos de los aguerridos llaneros. En Coraza, la vanguardia se dividió en tres grupos que, a partir del 1 de julio, cruzaron la zona inhóspita, terminando el desplazamiento el 5 con la llegada de Santander a Socha; el primer regimiento de lanceros de la división quedó ayudando a los ingleses en la retaguardia. El mismo 5 tocó el turno a la división de Anzoátegui, a cuya cabeza marchaba el Libertador; pero la falta de entrenamiento de las tropas para este tipo de operaciones y los problemas derivados de una inadecuada preparación para la marcha hicieron que esta división tuviera alrededor de cuarenta muertos en el tránsito y que no pudiera cruzar el páramo en una sola jornada, como es necesario en tales circunstancias, teniendo que permanecer en estas soledades durante la noche del 5 al 6 de julio, sometida a los rigores de una naturaleza bravía que golpeaba duramente los cuerpos, entumecidos por el frío, de los que se atrevían a desafiarla. Los primeros llegaron a Socha la tarde del 6, quedando perdidos muchos hombres, muertos los pocos caballos que les quedaban y abandonada la mayor parte del bagaje”. (RIAÑO, loc. cit, p.p. 975 – 976.).

En fin, hoy, cuando está de moda burlarse de nuestros próceres y ridiculizar su gesta, que sea este un pequeño homenaje a esos héroes nuestros de los que no se acuerda nadie.

O casi nadie.

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A continuación insertamos un soneto nuestro dedicado precisamente a ellos, a los patriotas colombianos que quedaron sumidos en los polvorientos anaqueles de la amnesia colectiva.

OLVIDO

(Soneto)

Por Óscar Humberto Gómez Gómez

 

A usted, héroe sin nombre y jamás condecorado,

Que agonizó en los hielos de un páramo desierto,

Y que murió en un suelo lejano, duro y yerto,

Para acabar por todos los suyos olvidado;

 

A usted, que hoy permanece perdido en el pasado,

Protagonista, acaso, de un libro nunca abierto,

Que en una patria libre pensó y soñó despierto,

A usted, titán sin gloria, por todos ignorado;

 

A usted que jamás tuvo el honor de una elegía,

Ni nombre en un diploma, ni ascenso cualquier día,

A usted, que nunca tuvo ni flor ni mausoleo,

 

En cuyas sienes nadie jamás puso laureles,

Ni que vistió casaca forrada en oropeles,

¡La bienaventuranza por siempre le deseo!

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Y cerramos este homenaje con música. Desde luego, música de la que se escuchaba durante los años de la Guerra de Independencia.

Pues bien: el connotado músico nortesantandereano José Rozo Contreras, oriundo de Pamplona y autor de los arreglos del Himno Nacional de Colombia, encontró en una de las ediciones del famoso Papel Periódico Ilustrado la partitura de la contradanza La Vencedora y le hizo los correspondientes arreglos. Esta contradanza fue tocada por la banda del ejército patriota el mismo sábado 7 de agosto de 1819 hacia las 4 de la tarde, cuando ya la batalla había finalizado. Durante un tiempo, esta pieza fue el Himno Nacional de la Nueva Granada (que era como se llamaba nuestro país). No se conoce el nombre del compositor.

Aquí está, pues, esta joya histórica: La Vencedora, contradanza ejecutada el 7 de agosto de 1819, al final de la batalla de Boyacá, por la banda de música del ejército patriota, y que llegó a ser considerada el Himno Nacional de la Nueva Granada.

¡Que la disfruten!

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ILUSTRACIONES:

(1) Sacerdote en el altar. (Óleo sobre lienzo. Primera mitad del siglo XIX). Francisco-Mario Granet (1775 – 1849). Museo de Bellas Artes de Caén (Francia).

(2) Bolívar atravesando el Páramo de Pisba. Carlos Mauricio Ogliastri.

(3) General Carlos Soublette, patriota venezolano y colombiano, quien llegaría a ser Presidente de Venezuela. Ilustración sobre un retrato de Martín Tovar y Tovar. Soublette vivió en Bucaramanga durante los meses de 1828 en que la Presidencia de la Gran Colombia (Nueva Granada, Venezuela y Quito, hoy Ecuador) estuvo funcionando en la actual Casa de Bolívar, sede de la Academia de Historia de Santander.

(4) Casa de Bolívar de Bucaramanga, sede de la Academia de Historia de Santander, desde donde el general Simón Bolívar, Presidente de la Gran Colombia, despachó en 1828, mientras se celebraba la Convención de Ocaña.

(5) Puente de Boyacá. Fotografía tomada en el año 1969. Revista Cromos. Edición No. 2673. Bogotá, 24 de febrero de 1969.

(6) Coronel Juan José Rondón, patriota venezolano y colombiano. Era hijo de una pareja de esclavos libertos. El 11 de agosto de 1822, durante una de las batallas por la Independencia de Venezuela, la Batalla de Naguanagua, fue herido en un pie y murió días después a consecuencia de la gangrena, según unas fuentes, o del tétanos, según otras, entre estas el general José Antonio Páez el León de Apure. (Retrato que se conserva en el Salón Azul del Palacio Federal de Venezuela. Copia retocada).

(7) Río Pienta. Fotografía de Carolina Guevara. También es utilizada la pronunciación “Pientá”.

(8) Bolívar y Santander en los llanos. Óleo de Jesús María Zamora.

(9) Paso del Páramo de Pisba. Francisco Antonio Cano. Casa de Bolívar. Bogotá.

(10) Billete de dos mil pesos ($2.000), uno de los de más baja denominación en Colombia, que reproduce la obra Paso del Páramo de Pisba, de Francisco Antonio Cano. El de más alta denominación homenajea al político Carlos Lleras Restrepo, del Partido Liberal, presidente de la república entre los años 1966 y 1970.

(11) Ilustración alusiva a la poesía. Tomada de Poemas de una mujer. Un mar en calma (arjonadelia.blogspot.com.co).

(12) Ilustración alusiva a la poesía. Tomada de Posta (posta.com.mx).

(13) Edición del Papel Periódico Ilustrado, dirigido por Alberto Urdaneta. Esta hermosa obra del periodismo nacional fue fundada por Urdaneta en 1881 y se sostuvo, contra viento y marea, hasta 1888. Alcanzó 116 números, distribuidos en 5 volúmenes. Sus contenidos eran sobre historia, ciencias, bellas artes (pintura y escultura), crónicas periodísticas (“sección… destinada a recoger todo lo que diga relación con nuestra querida ciudad. Viejas crónicas, anécdotas olvidadas, tipos ya en la penumbra, gracejos siempre nuevos”), costumbrismo, literatura (poesía, novelas cortas), agricultura (“… sección importantísima para nuestra patria, pues consideramos que el desarrollo de la agricultura es su mejor esperanza”), etcétera. Ha sido una de las aventuras editoriales más bellas e importantes de Colombia.

(14) Edición del Papel Periódico Ilustrado, dirigido por Alberto Urdaneta.

(15) Video de La Vencedora, Himno Nacional de la Nueva Granada.

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4 DE AGOSTO DE 1819: BATALLA DEL PIENTA. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander.

RÍO PIENTA // CHARALÁ /SANTANDER. [Fotografía de Carolina Guevara].

El 4 de agosto de 1819, el pueblo de Charalá obstruyó el avance de las tropas españolas que, comandadas por el coronel Lucas González, se dirigían hacia Tunja con el fin de reforzar las tropas realistas del coronel José María Barreiro, que pocos días antes habían enfrentado a las del general Simón Bolívar en Pantano de Vargas, a consecuencia de lo cual se encontraban diezmadas.

Aquel desigual enfrentamiento entre civiles armados de elementos rústicos y sin formación militar alguna, y tropas del ejército español, es conocido como la Batalla del Pienta.

El Pienta es uno de los dos ríos que bañan el territorio charaleño; el otro es el río Táquiza (no confundirlo con el río Cáqueza).

La derrota de los charaleños fue espeluznante, pues los militares españoles persiguieron a sus oponentes quienes, ya en manifiestas condiciones de desventaja, se replegaron hacia el pueblo, donde se produjo la matanza final, que ya había comenzado a orillas del río: trescientos santandereanos anónimos aproximadamente fueron masacrados por los invasores que unos años atrás habían dado al traste con la I República (1810 – 1816).

A pesar del triunfo militar español, la férrea oposición santandereana al avance de las tropas invasoras hizo que, en todo caso, los refuerzos que el coronel Lucas González le iba a proporcionar al coronel José María Barreiro no llegaran oportunamente.

Por ello, el coronel Barreiro hubo de enfrentar a las tropas de Simón Bolívar en el Puente de Boyacá, sobre el río Teatinos, el 7 de agosto siguiente, sin contar con ellos, lo que posibilitó la victoria patriota.

La Batalla del Pienta, sin embargo, no fue mencionada siquiera por la historiografía oficial colombiana y solo recientemente se ha empezado a hablar de ella, obviamente por parte de los santandereanos, a pesar de la evidente y enorme importancia que tuvo en la historia de nuestra Independencia nacional.

CHARALÁ // SANTANDER. [Fotografías antiguas. Fuente: Alcaldía Municipal].

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LA BATALLA DEL PIENTA (Escultura santandereana).

El maestro Juan José Cobos exhibió recientemente en el Hotel Punta Diamante, de Ruitoque Condominio, Área Metropolitana de Bucaramanga, su nueva escultura: una hermosa obra sobre la Batalla del Pienta, aún en proceso. Si obtenemos su permiso, la estaremos fotografiando y con ella complementaremos la ilustración de esta entrada, que, por demás, se limita a reproducir -fusionándolas- las dos que sobre este hecho histórico publicamos en el año 2014.

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PIENTA, LA HORMIGA Y EL CORONEL (Cine santandereano).

Bajo la dirección del joven y dinámico periodista y hombre de televisión santandereano Mario Mantilla Barajas —hijo del recordado periodista y locutor deportivo don Mario Mantilla Suárez— la cinematografía santandereana se enriqueció, en el año 2011, con el cortometraje “PIENTA, LA HORMIGA Y EL CORONEL“.

La película, producida por Avatar, es protagonizada por un excelente elenco de actores y actrices locales encabezado por Rubén Darío Mantilla como Fernando Arias Nieto, el patriota protagonista, testigo y relator de la trágica gesta santandereana. En el papel del   sanguinario coronel Lucas González actúa Walter Ardila, egresado del Colegio San Pedro Claver (promoción 1974) y reconocida figura del arte escénico santandereano.

MARIO MANTILLA BARAJAS, TALENTOSO PERIODISTA, HOMBRE DE TELEVISIÓN Y CINEASTA SANTANDEREANO, DIRECTOR DE “PIENTA, LA HORMIGA Y EL CORONEL”.

A continuación, nuestro portal presenta el “trailer” de la cinta. Con ello se asocia, no solo a la efemérides de la Batalla del Pienta, sino al que fue, sin duda, un importante aporte del talento cultural santandereano al conocimiento de nuestra historia.

Dé, por favor, clic izquierdo encima del enlace:

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A NUESTROS CICLISTAS. Por: Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

Con esa sencillez que les aflora en su hablar jadeante y en medio de su sudor y su fatiga, nuestros ciclistas han representado y siguen representando a esa Colombia que jamás ha debido dejar de ser lo que era.

Si no, que lo digan las palabras de Darwin Atapuma el pasado 20 de julio, luego de cruzar la meta en segundo lugar: “Me imagino que estaba paralizada toda Colombia con la etapa. Estoy feliz por mi actuación, pero estaba soñando con regalarle un bonito triunfo a Colombia en nuestro día 20 de julio. No se pudo. Lo intentamos hasta el final, pero estoy muy feliz, muy contento. No me dejaron ganar, pero lo intentaremos más veces en el futuro“.

Los ciclistas de antes, entrevistados en plena meta, decían acezando: “¡Un saludo a mi ´amá, a mi ´apá, a todos allá en la casa, que estoy bien”.

Había uno que siempre llegaba de último: Alfaro. No recuerdo el nombre. Corría por la Virgen del Carmen. Portaba un inmenso escapulario que le cubría pecho y espalda. Cuando la Vuelta a Colombia de cierto año llegó a Pamplona, en la radio entrevistaron al obispo de la diócesis. “Monseñor: qué mensaje le envía al corredor Alfaro, que corre por la Virgen del Carmen”. Y el prelado respondió: “Bueno, Alfaro, eso está muy bien, te felicito porque es una gran demostración de fe el que corras por la Virgen del Carmen. Pero, ¡pedalea, hijo, pedalea!”.

Inolvidables las emociones que cuando todavía éramos niños nos dejó la Vuelta a Colombia en Bicicleta, que entonces se corría por departamentos, no por marcas comerciales. De cada departamento se destacaba alguno, no solo en lo deportivo, sino también en el afecto de su gente: Martín Emilio “Cochise” Rodríguez por Antioquia, Carlos Montoya por el Valle, Pedro J. Sánchez por el Tolima, Severo Hernández por Santander, Miguel Samacá por Boyacá. Después empezaron los triunfos internacionales. Primero, fueron en competencias no profesionales: la Vuelta al Táchira, los Campeonatos Bolivarianos de Ruta, la Vuelta de la Juventud Mexicana. En 1967, esta competencia fue ganada por Álvaro Pachón (ciclista de Cundinamarca), con segundo lugar de “Cochise” Rodríguez.  Colombia también ganó por equipos (Álvaro Pachón, Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, Severo Hernández, Pedro J. Sánchez, Asdrúbal Salazar y Albeiro Mejía).  Y el título de la montaña también fue para Colombia con “Cochise”. El santandereano Severo Hernández, luego de una emotiva y larga escapada en solitario, ganó la última etapa, corrida entre Zitácuaro y Ciudad de México. El país literalmente se paralizó. Nuestro corredor fue recibido por una multitud que colmó la carrera 27; iba a bordo de un carro de bomberos y lucía un sombrero de charro.

Lamentablemente y como siempre, la hipocresía aflora en el trato a nuestros ciclistas. Si no que lo diga lo acontecido este año con Nairo Quintana. Bastó con que este joven campesino boyacense y excelente ciclista no quedara este año en el podio del Tour de Francia para que se desencadenaran contra él las más descomedidas críticas provenientes de los mismos de siempre: los jinetes de tribuna, los futbolistas de tribuna, los que desde su asiento le gritan al jinete que temple las riendas hacia la izquierda, que le gritan al delantero que dispare ya desde ahí, pero dictan sus cátedras porque no están, desde luego, ni montando el caballo, ni frente al arco contrario. Son los mismos que cuando Nairo Quintana estaba buscando apoyo -incluso en esta Bucaramanga de donde también salen ahora las críticas en su contra- jamás hicieron nada para dárselo o por ayudarle a encontrarlo.

Andan pifiados, por supuesto. Se les olvida que Nairo no está corriendo por los colores de Colombia, que el Tour de Francia no es una carrera por países, que Nairo es un empleado, un trabajador de Movistar, que trabaja de ciclista, así como otros trabajan en los talleres, o en las oficinas y que, por consiguiente, no es él quien decide en qué competencias participa y en cuáles no. Por lo demás, Nairo sabe, y lo sabemos todos, que cuando ya no esté en condiciones de rendir, la poderosa empresa multinacional lo botará del empleo sin contemplaciones, como se bota al trabajador enfermo o que ya no da los resultados que la empresa exige. Algo así como esos empleados bancarios a los que se les imponen cuotas y cuando no son capaces de conseguirlas, los echan del puesto. No fue, entonces, él quien incurrió en el error de participar en el Giro de Italia, en el que no participó Froome. Ni tampoco Urán.

Es inconcebible que en comentarios sarcásticos publicados en algunos foros haya leído cosas como que Nairo Quintana “quedó entre los coleros, pero de todos modos fue un “triunfo moral””. En la clasificación general final, Nairo Quintana quedó ubicado en el puesto DOCE (12) mientras que el último, Rowe Luke, de Team Sky, quedó en el puesto CIENTO SESENTA Y SIETE (167). Ni por asomo, entonces, quedó “entre los coleros”; por el contrario, quedó ENTRE LOS PRIMEROS. De la noche a la mañana se ignora, de otro lado, la excelente participación que tuvo el ciclista colombiano en el Giro de Italia donde quedó subcampeón luego de perder la camiseta de líder en la última etapa, que era una contrarreloj. Aparte de Nairo Quintana -que yo sepa- ninguno de los restantes ciento sesenta y seis competidores del Tour de Francia 2017 había participado en el Giro de Italia. Es decir, ninguno había sufrido el desgaste físico que había sufrido Nairo. Todos llegaron al Tour frescos, como una lechuga.

Eso de alabar a las personas cuando están arriba y destruirlas cuando tienen un mal momento es una actitud hipócrita. Infortunadamente no solo se da en el deporte, sino en la vida académica, en el ejercicio profesional, en los negocios y en los demás aspectos de la vida, donde -como dice la columna de la Fundación Participar sobre este mismo tema (Las lecciones de Nairo, Vanguardia Liberal, julio 26 de 2017)- unas veces se gana y otras veces se pierde. El que Nairo Quintana no haya abandonado el Tour de Francia a pesar de las malas condiciones en que se hallaba y, antes por el contrario, lo haya terminado entre los primeros lugares, demuestra su valía como deportista y merece nuestro reconocimiento.

El psicólogo Juan José Cañas Serrano no pudo ser más preciso y elocuente en sus informes de prensa sobre el caso del ciclista norteamericano Lance Armstrong, convertido de héroe en villano, de ejemplo de superación en vergüenza deportiva, sin que ningún análisis crítico se les hiciera a la empresa US Postal, a su entrenador, a su médico, a la Unión Ciclística Internacional (UCI), ni al Tour de Francia, ni a nadie, a pesar de ser todos ellos los responsables de que en una competencia deportiva se establezcan y se mantengan unos estándares de exigencia literalmente inhumanos, que conducen a la búsqueda de métodos para doparse.

Rigoberto Urán es ahora el héroe; hasta es posible que lo condecoren con la Cruz de Boyacá. Vivimos en una sociedad de hipócritas, que al que triunfa lo eleva a los altares con adulación y al que pierde lo bota a la caneca de la basura con desprecio: este estupendo ciclista antioqueño había sido echado al olvido y nadie daba por él un peso. Ahora todos quieren tomarse con él la foto de la victoria.

Carlos Vives aparece con una canción, que seguramente será un éxito; es un bambuco dedicado a los ciclistas. En el video viste una ruana. Le quedó puesta al revés, con la V sobre los hombros y no sobre el cuello. Eso, sin embargo, es secundario. Yo vengo diciendo desde hace rato que a la música andina colombiana le hace falta un Carlos Vives, un artista joven y carismático que cante bambucos y resucite la música andina colombiana dentro de la juventud. Lo vengo planteando, porque, como igualmente reitero siempre, todo lo que se separa de la juventud, necesariamente envejece y muere. Hay una anécdota por contar: un día estuvo almorzando en mi hogar Pablito Bernal, el baterista de Carlos Vives, y con él le envié al famoso artista samario mi disco “El campesino embejucao”. Les ha llamado la atención a amigos míos que una parte de su nueva canción se le parece; para mí sería un honor, aunque, la verdad sea dicha, en lo personal percibo que las melodías no coinciden. En todo caso, me alegraría saber que el reconocido artista se inspiró en mi bambuquito guasca.

Carlos menciona en su canción a varios de los ciclistas que nos han dado tantas alegrías. Estoy de acuerdo con la mención de todos ellos. Echo de menos, sin embargo, a otros pioneros que también nos son muy queridos, especialmente a los santandereanos, como Alfonso Flórez y Severo Hernández. Pero, claro: es muy difícil sintetizar en cuatro minutos toda la historia del ciclismo nacional.

A propósito de Severo Hernández, que tantas emociones y satisfacciones nos dio a los oriundos de esta tierra en aquella inolvidable década de los años 60, cuando muchos de nosotros todavía prácticamente éramos niños, estaré dedicado en las próximas semanas a la preparación de un libro con el que pienso exaltar aquellos recuerdos. De hecho,  en este portal está publicada una poesía que escribí en honor de este magnífico ciclista nuestro:

A SEVERO HERNÁNDEZ. Por Óscar Humberto Gómez Gómez.

Volviendo al presente, felicito, pues, a Rigoberto Urán por su merecido título de subcampeón del Tour de Francia y el repunte que ello significa para su carrera deportiva.

Felicito a Darwin Atapuma por su emocionante segundo puesto en la etapa del 20 de julio y por su espíritu nacionalista.

Felicito a los demás ciclistas colombianos participantes, por su pundonor deportivo y por todo lo que nos han deparado con su esfuerzo.

Y felicito a ese inmenso ciclista colombiano que es Nairo Quintana, por la hombría que demostró al no abandonar el Tour de Francia a pesar de las adversas condiciones físicas en las que se encontraba, y por haber ocupado, finalmente, un puesto de honor para cualquier ciclista del mundo en una prueba de tan extremada dureza.

¡Por delante aún queda mucho futuro, campeón!

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[FOTOGRAFÍA: De izquierda a derecha: Jarlinson Pantano, Sergio Luis Henao, Darwin Atapuma, Rigoberto Urán, Carlos Betancur, Esteban Chaves y Nairo Quintana].

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