DON QUIJOTE ANTE LA PSICOLOGÍA. [Informe especial]. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


“Sr. D. Luis López-Ballesteros y de Torres

Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal “Don Quijote” en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil puedo ahora, ya en edad avanzada, comprobar el acierto de su versión española de mis obras, cuya lectura me produce siempre un vivo agrado por la correctísima interpretación de mi pensamiento y la elegancia del estilo. Me admira, sobre todo, cómo no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión ha podido alcanzar tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura.

Freud

Viena, 7 de Mayo de 1923”

Con esta carta, dirigida a su traductor, el controvertido psiquiatra austríaco Sigmund Freud, padre del Psicoanálisis, dejó para la posteridad no solo el motivo por el cual aprendió el idioma español, sino la duda irresoluta de si su famosa teoría y su difundido método diagnóstico y terapéutico acaso tuvieron raíces en su interés científico por el celebérrimo personaje de la literatura hispana.


Existe para algunos psicoanalistas una evidente relación entre Sigmund Freud y El Quijote. De hecho, el psicoanalista israelí Juan Pundik titula su libro Freud y el Quijote: el Psicoanálisis en lengua castellana.

Se ha llegado, incluso, al extremo de indicar que el padre del psicoanálisis no fue Freud, sino Sancho Panza. Eso sugiere, por lo menos, el autor mexicano Carlos Chávez Macías en su libro Don Quijote, primer psicoanalizado de la historia: la probable influencia de Miguel de Cervantes en Sigmund Freud. 

“El Quijote -escribe Chávez Macías- se enferma al leer, según Cervantes, y sana al final de la vida, ¿por qué? Porque se lo ha contado todo a Sancho, quien funciona de sicoanalista. Las palabras leídas enfermaron, las palabras habladas sanaron. ¿Qué fue lo importante? La escucha, como es para los sicoanalistas. Las personas que van a consulta para que el sicoanalista les diga qué hacer no entienden que eso va en contra del sicoanálisis; lo importante es que uno hable y el otro sepa escuchar”.

En la misma dirección apunta Nayelly Yael González en un artículo titulado El padre del psicoanálisis es Sancho y no Freud:

“El creador del psicoanálisis nació en Austria en 1856, murió 83 años después en Londres. Freud, se convirtió en una notable influencia para importantes personajes como André Bretón, Luis Buñuel, Salvador Dalí y Alfred Hitchcock. Sin embargo, alguna vez nos hemos preguntado ¿quién o quienes fueron las más significativas influencias en Freud para llegar a la creación del psicoanálisis?
A la edad de 13 años, Freud comenzó una amistad con Eduard Silverstein, con quien años más tarde mantendría comunicación por correspondencia, en la que Freud utiliza un nombre clave para identificarse, Cipión, del Coloquio de los Perros de Cervantes, el escucha (el psicoanalista clásico). Mientras que a Silverstein lo denomina Berganza, el amigo (el paciente clásico).
No sólo en las cartas enviadas a su amigo Silverstein, Freud deja a la luz su gusto por la obra de Cervantes, también en las que escribía a su novia comenta lo mucho que le gusta El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, y la invita a la lectura de la obra.
Freud aprendió la lengua castellana para la lectura de Don Quijote, por lo que es de suponerse que tenía una especie de identificación con Cervantes. Sin embargo, la verdadera relación de la obra cervantina con el psicoanálisis es Sancho Panza.
La obra trata de un hombre cuya afición a las novelas de caballería lo volvieron loco, así que decidió armarse caballero andante e irse por el mundo. Para ello se hizo de un escudero, Sancho Panza. Después de encuentros y batallas, es derrotado por el Caballero de la Blanca Luna y devuelto a su casa, donde ya en el lecho de muerte admite haber vivido loco y estar muriendo cuerdo.
Para llegar a esta última aseveración, el Quijote ha tenido que pasar por un largo proceso de compresión del mundo real y el de la fantasía, es decir, ¿cuántas conversaciones mantiene don Quijote con Sancho? Durante la vida del Quijote como caballero andante, convierte a Sancho, más que en su escudero, en su amigo al cual le cuenta de lo que ve, lo que escucha, de su Dulcinea, de la libertad. Sancho, siendo el cuerdo, le dice que son molinos y no gigantes, que son ovejas y no un ejército; pero en la mayoría de las ocasiones Sancho únicamente escucha.
El psicoanálisis, también conocido como “la cura del habla”, se basa en la asociación libre, en que el paciente le comunica a su analista todo lo que se le ocurra, sus deseos, sueños, anhelos, fantasías, recuerdos, mientras articula el discurso. No hay preguntas del analista, el paciente habla de acuerdo con sus propios intereses, y el psicoanalista escucha e interviene cuando lo cree necesario.
Vemos una gran similitud entre lo que un psicoanalista hace y lo que hacía Sancho. Sin embargo, la mayor evidencia de que Sancho es el padre del psicoanálisis es el hecho de que el Quijote sana, gracias a las conversaciones con Sancho, como en el psicoanálisis. Es decir, Sancho fue psicoanalista del Quijote”.

Desde luego, no es enteramente válido pretender el abordaje psicológico de un hombre creado por la imaginación de un escritor. Ello ha hecho que algunos descarten de plano la pretensión de intentar un “diagnóstico” sobre la salud mental de Alonso Quijano, el buen vecino que se convierte en Don Quijote de la Mancha como resultado, dicen unos, de leerse todos los libros de caballerías publicados, o, más bien, dicen otros, de pretender entender la enrevesada redacción de los mismos. Sin embargo, y con la natural limitación de no estar abordando a un personaje real, sí resulta interesante una aproximación al laberinto mental de Don Quijote.

Aunque es de advertir que, en puridad de verdad, no faltan los psiquiatras que han arribado a la conclusión de que el personaje literario Don Quijote fue tomado de alguien real.

Así, los psiquiatras españoles Rosana Corral Márquez y Rafael Tabarés Seisdedos, Residente de Psiquiatría del Hospital Clínico Universitario de Valencia y Profesor Titular de la Unidad Docente de Psiquiatría y Psicología Médica del Departamento de Medicina de la Universidad de Valencia, respectivamente, en su ensayo Aproximación psicopatológica a El Quijote escriben lo siguiente:

“Nada nos permite deducir que el autor tuviera conocimientos médicos específicos para describir, de una forma tan fiel, lo que hoy podría definirse dentro de algunas categorías diagnósticas de las enfermedades mentales, ya que las nociones sobre la enfermedad mental eran entonces confusas y precarias. Autores como R. Salillas, (…)  defienden que Cervantes conoció el famoso libro de Huarte de San Juan Examen de Ingenios, motivo por el cual el Don Quijote recibe el calificativo de “ingenioso”, que no “loco”. No obstante, la descripción psicopatológica del trastorno delirante en el protagonista sorprende por su agudeza y fidelidad a la realidad, y esto no parece resultar de la lectura de ningún tratado “psiquiátrico” de la época, ya que no existían como tal. En nuestra opinión, Cervantes debió de tomar el modelo para la locura de su personaje directamente de la realidad. Por tanto, Cervantes ocuparía un puesto de honor entre los autores de su época que dedicaron su interés a la descripción de la enfermedad mental y cabe calificarle como uno de los más finos observadores de la conducta humana en la historia”.

En efecto, Rafael Salillas publicó en 1905 el libro Un gran inspirador de Cervantes: el doctor Juan Huarte y su examen de ingenios. Además de él, don Miguel de Unamuno publicó, el mismo año 1905, Vida de don Quijote y Sancho, libro en el que también afirma la relación entre Cervantes y Huarte de San Juan. (Téngase en cuenta que el nombre completo del médico y filósofo español era Juan Huarte de San Juan).

Martín de Riquer, Miembro de Número de la Real Academia Española y catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, en su célebre y erudita Introducción a la lectura del Quijote (Barcelona, 1958), escribe que “(…) es oportuno recordar (…) que en tiempos de Cervantes, pero antes de publicarse el Quijote, se registran locuras de personas reales provocadas por la lectura de libros de caballerías. Entre las diversas anécdotas que se han recogido sobre este tema, la única que encaja perfectamente con la novela de Cervantes es la que se narra en ciertos cartapacios de don Gaspar Galcerán de Pinós, conde de Guimerá, que cuenta, en el año 1600, de un estudiante de Salamanca que, “en lugar de leer sus liciones, leía en un libro de caballerías, y como hallase en él que uno de aquellos famosos caballeros estaba en aprieto por unos villanos, levantóse de donde estaba, y empuñando un montante, comenzó a jugarlo por el aposento y esgrimir en el aire, y como lo sintiesen sus compañeros, acudieron a saber lo que era, y él respondió: -Déjenme vuestras mercedes, que leía esto y esto, y defiendo a este caballero: ¡qué lástima! ¡cuál le traían estos villanos”. Anécdota que, rememora, fue traída a colación por Marcelino Menéndez y Pelayo en su discurso Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote, pronunciado en 1905 y “reimpreso en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, I, Edición Nacional de las Obras Completas de Menéndez Pelayo, Madrid, 1941; la anécdota del estudiante de Salamanca se refiere en la página 350”.

Lo cierto es que en el capítulo I, Cervantes narra acerca de Alonso Quijano que “se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio”. (Téngase presente que se decía “celebro”, hoy “cerebro”. Actualmente, “celebro” es un vocablo antiguo y popular. María MOLINER, Diccionario de uso del español. Ed. Gredos. Madrid).


Los doctores Corral y Tabarés señalan:

“Su diagnóstico es de monomanía o paranoia según las corrientes psiquiátricas vigentes en cada época, es decir, antes y después de la revolución kraepeliniana. Asimismo, todos elogian el valor de la novela como puntual historia clínica y el acierto de Cervantes en describir de forma tan fiel un cuadro clínico que recibiría su designación científica tres siglos después”. (loc. cit.).

El psiquiatra español Francisco Alonso Fernández en su libro El Quijote y su laberinto vital asegura que “El Quijote es una novela psicopatológica protagonizada por un enfermo mental”. “En esos momentos – dice- había un contexto psiquiátrico verdaderamente excepcional debido a varias razones. En primer lugar, existía una red de ocho hospitales psiquiátricos distribuidos por toda España, lo que constituye algo único en su época. De hecho, el primer centro psiquiátrico del mundo se creó en 1409 en Valencia y luego, entre el siglo XV y el XVI, se hicieron siete más en otras ciudades. Además, y esto es lo más importante, España era el único país donde se pensaba que el trastorno mental era una auténtica enfermedad, hasta cierto punto, un proceso del cerebro”.

Antes de El Quijote, otros autores habían tocado el tema de la locura: Erasmo de Rotterdam en Elogio de la locura, Ludovico Ariosto en Orlando furioso, e incluso el anónimo autor del Amadís de Gaula, héroe del género caballeresco reiteradamente mencionado en El Quijote.


Don Quijote podría ser un psicótico (concepto que no debe confundirse con el de psicópata), prueba de lo cual sería el haber confundido la venta donde supuestamente se armó caballero con un castillo, los molinos de viento con gigantes, los rebaños de ovejas y carneros con un ejército, y los odres de vino -a los que apuñaló produciendo el derrame del licor- también con gigantes. El psicótico pierde el contacto con la realidad. Aunque, en estricto sentido, Don Quijote no tiene alucinaciones, sino que interpreta erradamente la realidad, es decir, que tiene ilusiones.

En efecto, las ilusiones se diferencian de las alucinaciones en que en estas no existe estímulo externo alguno.

Ilusión. Interpretación errónea de ciertos elementos en una experiencia determinada, de tal forma que la experiencia no representa la situación objetiva, presente o recordada. (…) Distinta de alucinación, que confunde una construcción central con un objeto real, mientras que la ilusión sólo deforma la percepción”. (Howard WARREN (compilador). Diccionario de Psicología).

Pero, contrariamente a lo que suele creerse, el hecho de que una persona tenga alucinaciones no significa que esté mentalmente enfermo:

Alucinación. Interpretación anormal de las experiencias ideacionales como percepciones. [Sintomático algunas veces, pero no siempre, de desequilibrio mental. (…). En la ilusión hay una percepción errónea de los datos sensoriales presentes; en la alucinación el error de percepción va hasta el punto de suponer hechos presentes ante un sentido que no está recibiendo estimulación alguna; en la idea delirante (error de juicio más que de percepción sensorial) hay una interpretación equivocada del estado de cosas pero no de los hechos inmediatamente presentes al sentido]”. (WARREN, op. cit.).

Según el psicólogo argentino Eduardo Cosacov, “la psicosis es un “Trastorno de la personalidad caracterizado por la irrupción de ideaciones incoherentes (delirio) y/o perturbaciones perceptuales (alucinaciones, ilusiones). En las psicosis, a diferencia de las neurosis, no existe conciencia de enfermedad. Ello significa que el individuo no percibe que su propia persona está afectada y es parte del problema. Existen varios tipos de psicosis, y aunque la etiopatogenia de ellas aún es objeto de investigación , se supone un mayor compromiso de factores biológicos y talvez hereditarios, en su génesis. Esto es particularmente válido en la esquizofrenia, paradigma de las psicosis según Karl Jaspers”. (Cosacov. Diccionario de Términos Técnicos de la Psicología).

En la esquizofrenia se insiste “en los fenómenos de disociación, por ej. alucinaciones, ilusiones fantásticas y vida emotiva desorganizada, junto con una consistencia intelectual relativa” (Howard C. Warren, compilador. Diccionario de Psicología). La típica aparición temprana de este desorden, en el caso concreto de Alonso Quijano es de imposible apreciación porque el inmortal relato de su vida comienza cuando ya se aproxima a los cincuenta años.

Ello, por supuesto, sin perjuicio de la existencia de esquizofrenias tardías.

Acerca de la posibilidad de que la esquizofrenia no aparezca en edad temprana, el psiquiatra Manuel Martín Carrasco, en un artículo titulado La esquizofrenia tardía, escribe que “La esquizofrenia tardía es una categoría diagnóstica controvertida. Aunque se considera que la esquizofrenia es una enfermedad de la adolescencia tardía o el inicio de la madurez, una proporción no desdeñable de pacientes presentan la enfermedad por primera vez en la etapa final de la vida. Sin embargo, las incongruencias de los sistemas de nomenclatura y diagnóstico, unido a una tendencia a relacionar las psicosis tardías con factores orgánicos, han dado lugar a que existan dudas sobre la conexión de estos casos con la esquizofrenia”.

Ha de destacarse que cuando Alonso Quijano se convierte en Don Quijote ya frisa los cincuenta años y nada se conoce de sus antecedentes personales, salvo la precisión al final del libro de que era un buen hombre, razón por la que, precisamente, era conocido como Alonso Quijano el Bueno.

En todo caso, la enfermedad mental de Don Quijote -en el entendido de que la tuviera- revierte al final de la obra. Y revierte sin tratamiento científico alguno.

Según la psicóloga colombiana Natalia Consuegra Anaya, la psicosis “Con frecuencia se define por oposición al concepto de neurosis. En tal caso, lo más coherente sería  considerar que el enfermo psicótico no tiene conciencia de su enfermedad y/o no efectúa una crítica de ella, en tanto que el neurótico reconoce sus síntomas. Es la pérdida de juicio de la realidad (…). Los síntomas positivos (exceso o distorsión de las funciones normales) incluyen distorsiones o exageraciones del pensamiento inferencial (ideas delirantes), la percepción (alucinaciones), el lenguaje y la comunicación (lenguaje desorganizado) y la organización comportamental (comportamiento gravemente desorganizado o catatónico). Los síntomas negativos (disminución o pérdida de las funciones normales) constituyen una parte primordial de la morbilidad asociada con el trastorno, son difíciles de evaluar porque ocurren en un continuo de la normalidad, son inespecíficos y pueden ser debidos a diferentes factores”. (Diccionario de Psicología).

El trastorno psicótico es, en fin, una “Enfermedad mental que produce alteraciones en los procesos de la percepción, el pensamiento, el lenguaje, la afectividad y el conocimiento, de tal manera que el sujeto no acostumbra a ser consciente de su enfermedad, con grave deterioro de la evaluación de la realidad” (Enciclopedia de la Psicología. Ed. Océano, España).

Veamos a continuación el relato cervantino de los cuatro pasajes enunciados atrás. Comencemos, pues, por el primero de ellos:

” (…) pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos distraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que, sin perdón, así se llaman) tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida, y así, con extraño contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:
-Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno (…)”. (Capítulo II).

Veamos ahora el segundo:


“En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.
-Aquéllos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquéllos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquéllos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-; que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba”. (Capítulo VIII).

Ahora leamos el tercero:


“En estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:
-Éste es el día ¡oh Sancho! en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene marchando.
-A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Sancho-; porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.
Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y, alegrándose sobremanera, pensó, sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura. Porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era encaminado a cosas semejantes; y la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros, que por aquel mesmo camino de dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahínco afirmaba don Quijote que eran ejércitos, que Sancho lo vino a creer, y a decirle:
-Señor, pues ¿qué hemos de hacer nosotros?
-¿Qué? -dijo don Quijote-. Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Sancho, que éste que viene por nuestra frente le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo el rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.
-Pues, ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? -preguntó Sancho.
-Quiérense mal -respondió don Quijote- porque este Alifanfarón es un furibundo pagano, y está enamorado de la hija de Pentapolín, que es una muy fermosa y, además, agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma, y se vuelve a la suya.
-¡Para mis barbas! -dijo Sancho-, ¡si no hace muy bien Pentapolín, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere!
-En eso harás lo que debes, Sancho -dijo don Quijote-, porque para entrar en batallas semejantes no se requiere ser armado caballero.
-Bien se me alcanza eso -respondió Sancho-; pero ¿dónde pondremos a este asno, que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega? Porque el entrar en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta agora.
-Así es verdad -dijo don Quijote-. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o no; porque serán tantos los caballos que tendremos después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro. Pero estáme atento y mira; que te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que en estos dos ejércitos vienen. Y para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben de descubrir los dos ejércitos.
Hiciéronlo ansí, y pusiéronse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a don Quijote se le hicieron ejércitos, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir:
-Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta, que, según es fama, es una de las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte, y verás delante y en la frente destotro ejército al siempre vencedor y jamas vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte.
Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista locura, y, sin parar, prosiguió diciendo:
-A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí están los que beben las dulces aguas del famoso Xanto; los montuosos que pisan los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte; los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo; y los númidas, dudosos en sus promesas; los persas, en arcos y flechas famosos; los partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de mudables casas; los citas, tan crueles como blancos; los etíopes, de horadados labios, y otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las extendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso; los que tiemblan con el frío del silvoso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y encierra.
¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuantas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos! Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y de cuando en cuando volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y como no descubría a ninguno, le dijo:
-Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice, que parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo: quizá todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? -respondió don Quijote-. ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
-No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros.
Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.
-El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo; que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.
Y diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante y, puesta la lanza en el ristre, bajó de la costezuela como un rayo.
Diole voces Sancho, diciéndole:
-Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote; que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir!. Vuélvase, ¡desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace, pecador soy yo a Dios ?
Ni por ésas volvió don Quijote; antes en altas voces iba diciendo:
-Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis cuán fácilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana.
Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas, con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes, decía:
-¿Adónde estás, soberbio Alifanfarón? Vente a mí; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta.
Llegó en esto una peladilla de arroyo y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó, sin duda, que estaba muerto o malferido y, acordándose de su licor, sacó su alcuza, y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estómago; mas antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza, tan de lleno, que se la hizo pedazos, llevándole, de camino, tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano. Tal fue el golpe primero; y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores y creyeron que le habían muerto; y así, con mucha priesa recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa, se fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole:
-¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros?
-Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo. Sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás como, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como yo te los pinté primero. Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda; llégate a mí y mira cuantas muelas y dientes me faltan; que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca”.

Y para finalizar, aquí está el cuarto:

“Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón donde reposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:
-Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza cercen a cercen, como si fuera un nabo!
-¿Qué decís, hermano? -dijo el Cura, dejando de leer lo que de la novela quedaba-. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís, estando el gigante dos mil leguas de aquí?
En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía a voces:
-¡Tente, ladrón, malandrín, follón; que aquí te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!
Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:
-No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, el gigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida; que yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado, que es tamaña como un gran cuero de vino.
-Que me maten -dijo a esta sazón el ventero- si don Quijote o don diablo no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.
Y con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a don Quijote en el más extraño traje del mundo. Estaba en camisa, la cual no era tan cumplida, que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta la manta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien el porqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con el gigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba a fenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, y que ya estaba en la pelea con su enemigo; y había dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino. Lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo, que arremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpes, que si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra del gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo, y se le echó por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tanto acuerdo, que echase de ver de la manera que estaba. Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla de su ayudador y de su contrario.
Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no la hallaba, dijo:
-Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos, sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangre corría del cuerpo como de una fuente.
-¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? -dijo el ventero-. ¿No ves, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?
-No sé nada -respondió Sancho-: sólo sé que vendré a ser tan desdichado, que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal en el agua.
Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían las promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver la flema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de ser como la vez pasada, que se le fueron sin pagar, y que ahora no le habían de valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lo otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar a los rotos cueros.
Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya había acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se hincó de rodillas delante del cura, diciendo:
-Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, de hoy más, segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también, de hoy más, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he cumplido.
-¿No lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho-. Sí que no estaba yo borracho: ¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros: mi condado está de molde!
¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos reían sino el ventero, que se daba a Satanás; pero, en fin, tanto hicieron el Barbero, Cardenio y el Cura, que con no poco trabajo, dieron con don Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimo cansancio. Dejáronle dormir, y saliéronse al portal de la venta a consolar a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque más tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la repentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en grito:
-En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante, que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él y para su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero aventurero (que mala ventura le dé Dios, a él y a cuantos aventureros hay en el mundo), y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estaba escrito en los aranceles de la caballería andantesca; y ahora, por su respeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con más de dos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir para lo que la quiere mi marido; y por fin y remate de todo, romperme mis cueros y derramarme mi vino, que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense; que por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo, ni sería hija de quien soy!
Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se sonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lo mejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente del menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea consoló a Sancho Panza diciéndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía, en viéndose pacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él hubiese. Consolóse con esto Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por cierto que él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una barba que le llegaba a la cintura; y que si no parecía, era porque todo cuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento, como él lo había probado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, y que no tuviese pena; que todo se haría bien y sucedería a pedir de boca”. (Capítulo XXXV).

Otro tópico importante en cuanto a la salud mental de Don Quijote son sus episodios de profunda tristeza.


El psiquiatra español Marino Pérez-Arbeláez, de la Universidad de Oviedo, en su obra Psicología del Quijote, observa sobre el particular:

“Respecto de la melancolía, se puede decir, sin más trámites, que el Quijote fue concebido precisamente desde y para la melancolía (García Gilbert, 1997). Fue concebido desde la melancolía de Cervantes, de acuerdo con toda una dialéctica existencial Cervantes-don Quijote (Arbizu, 1984). Como dice Cervantes en el Prólogo, muchas veces intentó escribirlo y otras tantas lo dejó, pensando lo que diría, «con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla», actitud que responde a la iconografía de la melancolía. Estando así, dice Cervantes que entró un amigo suyo y al verlo «tan imaginativo» le pregunta la causa, a la que responde con varias: lo que diría el vulgo después de tantos años en el «silencio del olvido» (en concreto, hace veinte que no publica un libro), los tantos años a cuestas (cerca de sesenta) y, en fin, una serie de méritos literarios que él mismo se atribuye. Por otro lado, revela también en el Prólogo que el primer fin de la obra es que «el melancólico se mueva a risa». De hecho, en su defensa de los libros de caballeros andantes, don Quijote termina por recomendar al canónigo que «lea estos libros, y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala» (I, 50)”.

Aquí, como se observa, se da una identificación de Cervantes con Don Quijote, misma que, en lo que a nosotros respecta, no solo presentimos en el plano psicológico, sino que incluso atisbamos en el plano físico. Cervantes, por ejemplo, se describe a sí mismo como un hombre con tan solo “seis dientes” (Prólogo a su obra Novelas Ejemplares) y cuando Don Quijote le pregunta a Sancho Panza por qué lo ha llamado “El Caballero de la Triste Figura”, el escudero argumenta que ha sido porque tiene “la más mala figura” y que esta se debe: o al cansancio del combate que acaba de librar, o a “la falta de las muelas y dientes”. (Capítulo XIX).

Pero el doctor Pérez-Arbeláez complementa que “La melancolía parece estar en todos y en todo (y no sólo en Cervantes). Así, ‘triste y melancólico’ iba un pobre galeote encadenado (I, 22), ‘melancólica’ estaba la princesa Micomicona (I, 29), el mismo Rocinante parecía ‘melancólico y triste’ (I, 43), ‘melancólicos’ son algunos gobiernos (II, 13), el Guadiana ‘por doquiera que va muestra su tristeza y melancolía’ (II, 23), el son de algunas músicas es a veces ‘tristísimo y melancólico’ (II, 36) y, en fin, señales de agüero derraman ‘melancolía por el corazón’ (II, 58)”.


El psiquiatra Joaquín Sama sintetiza lo acaecido con un proyecto español en el que 600 psiquiatras dieron su opinión sobre la salud mental de Don Quijote. Relata el doctor Sama lo siguiente:

“Un amplio grupo de especialistas opina que no es factible llegar a un diagnóstico de certeza sobre un personaje de ficción, si para ello queremos basarnos en los criterios diagnósticos recogidos tanto en la Clasificación Mundial de Enfermedades (ICD-10), como en el DSM-V, manuales para el diagnóstico que, con las necesarias actualizaciones, utilizamos habitualmente los psiquiatras. El porcentaje de los que se manifiestan en este sentido es del 25,6 por ciento .

Quienes así se expresan, consideran que don Quijote no pertenece a la Psiquiatría, sino a la Literatura. La “locura” sería un decorado, un recurso técnico usado por Cervantes, cuyos objetivos son de orden literario. No procede, por tanto, hacer un diagnóstico que, además de innecesario, sería impreciso, al ser las “locuras” del Quijote recursos literarios utilizados por Cervantes con el fin de ridiculizar las novelas de caballerías, poniendo juntos a un loco y un cuerdo, que entablan un coloquio novelado entre locura y cordura.

Frente a estos dos grupos que representan el 55,93 por cien de los encuestados, hay un 41,80 % de opiniones tipificando a don Quijote con distintas clases de diagnósticos psiquiátricos, y un 2,17 % más que le atribuyen algún tipo de alteración caracterológica, como sería mitomanía, o incluso insomnio crónico.

El 15,3 % de los psiquiatras consultados considera a don Quijote como un enajenado mental, es decir, que está fuera de la realidad, pero sin llegar a concretar la clase de patología que padece. Esta falta de concreción en el diagnóstico muy probablemente se deba a que el “paciente” estudiado no es un caso real, sino un personaje de ficción que Cervantes, en su actividad creativa, nos presenta con diversas conductas alejadas de lo normal, pero sin llegar a conformar un cuadro con el suficiente número de signos clínicos englobables dentro de alguna entidad nosológica concreta.

Un 7,4 % de los especialistas opina que don Quijote de la Mancha padecía Trastorno de ideas delirantes persistentes, cuadro clínico caracterizado por la presencia de un conjunto más o menos coherente de ideas delirantes en relación a un tema, siendo dichas ideas irrebatibles mediante la argumentación lógica. El paciente está plenamente convencido de la veracidad de ellas, a pesar del claro contenido patológico que tienen.

Para un 6,6 % de los consultados don Quijote sufría Trastorno afectivo bipolar, en base a que en determinados momentos mostraba una conducta desinhibida, con excesiva exaltación del ánimo, grandilocuencia, ideación megalomaniaca, e insomnio, entre otros signos clínicos, mientras que en otros momentos su actitud viraba al extremo opuesto, mostrándose cansado, con decaimiento del ánimo, pérdida de ilusión y algún otro signo de la esfera depresiva.

El porcentaje aproximado del 12 % restante, se reparte entre diversos tipos de diagnósticos, tales como Trastorno esquizoafectivo ( 3,3 %), Parafrenia ( 2,8 %), Delirio compartido, folie a deux (2,8 %), Esquizofrenia paranoide ( 1,9 % ), Síndrome de Ganser (1,1 %) y Trastorno esquizotípico de la personalidad ( 0,6 % )”. (SAMA, Joaquín. ¿Estaba loco Don Qujote? En: nuevatribuna.es)

Acerca de la enfermedad mental que padecía Don Quijote, hemos encontrado los siguientes conceptos:

El psiquiatra Antonio Hernández Morejón (1773 – 1836) la describe como una “monomanía” (A partir de la revolución kraepeliniana, del psiquiatra alemán Emil Kraepelin, la monomanía pasa a ser la actual paranoia).

El psiquiatra Ricardo Royo Villanova (1868 – 1943) la interpreta como “paranoia crónica o delirio sistematizado o parcial de tipo expansivo, forma megalómana y variedad filantrópica”.

El doctor Vicente Goyanes Cedrón (1865 – 1954) habla de que en Don Quijote “la predisposición radica en su constitución biotípica; la patogénesis la hallamos en la represión continua del instinto, de la líbido; la plasmación o protoplástica, en la lectura de los libros de caballerías”

Como se anotó atrás, Don Quijote pone en evidencia ilusiones, no alucinaciones. Entre otras, ilusiones visuales, como la de confundir una venta con un castillo, los molinos de viento con gigantes, los rebaños de ovejas y carneros con ejércitos y una bacinilla con el yelmo de Mambrino, e ilusiones auditivas, como se aprecia en el siguiente diálogo: Don Quijote: “¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?” Sancho: “no oigo otra cosa sino muchos balidos de ovejas y carneros”.

Aunque, en realidad, los prenombrados psiquiatras españoles Corral Márquez y Tabarés Seisdedos refieren como alucinaciones visuales y táctiles las del capítulo VII de la primera parte cuando tras el “donoso escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”, oyen a Don Quijote gritar en su aposento “¡aquí, aquí, valerosos caballeros!” y le encuentran “levantado de la cama, y proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido”.

También pone en evidencia Don Quijote un delirio de persecución: “(…) cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada”.

Se habla, igualmente, de un Trastorno psicótico compartido (Don Quijote – Sancho Panza), que forma parte del Trastorno de ideas delirantes inducidas. En el capítulo XVIII, en que el protagonista se altera con la visión de dos manadas de ovejas, “con tanto ahínco afirmaba don Quijote que eran ejércitos, que Sancho lo vino a creer, y a decirle: -Señor, pues, ¿qué hemos de hacer nosotros?” (Rosana Corral Márquez y Rafael Tabarés Seisdedos, ob. cit.).

En el libro, Cervantes mismo define la patología de su personaje diciendo que “él es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos”.

Finalmente, el médico neurólogo español Iván Iniesta, en su obra El Síndrome de Don Quijote, señala que “en 2008 propusimos el término síndrome de don Quijote para designar aquellas transformaciones neuropsicológicas y/o cambios de comportamiento asociados con la lectura de una obra literaria”.

Luego de rememorar el final cuerdo del personaje, el doctor Iniesta expresa:

“(…) Y tal vez sea este lúcido ejercicio de autocrítica y desdén manifestado hacia los libros de caballería, su ausencia de dogmatismo y el profundo humanismo destilado por cada capítulo de su historia, los que hagan del Quijote el mejor ejemplo de un posible síndrome de Don Quijote, en el sentido de transformar a sus lectores en mejores personas”.


Nos parece importante destacar que, como advierte el académico Jaime García Mafla, del Instituto Caro y Cuervo, de Colombia, en su prólogo a la edición de Panamericana Editorial, Don Quijote le hablaba a Sancho Panza en el español corriente de la época, mientras que a los demás, en sus ataques de locura, se les dirigía con un español de dos siglos atrás, es decir, un español arcaico (“Non fuyan” en vez de “No huyan”, por ejemplo).

Como queda dicho, la enfermedad mental de Don Quijote -repetimos: en el entendido de que la tuviera- revierte, de todas formas, al final de sus días. Y revierte, se insiste, sin tratamiento científico alguno.

El mismo Alonso Quijano lo precisa dirigiéndose al vecino a quien convirtió en su escudero: “Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”. Y, ya en sus finales, ante la insistencia de Sancho Panza -y paradójicamente del bachiller Sansón Carrasco, el mismo vecino suyo que hasta se disfrazó de caballero a ver si así podía traerlo de nuevo a la cordura- para que retorne a sus andanzas, rechaza rotundamente semejante solicitud aduciendo que “Yo fui loco, y ya soy cuerdo; fuí don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”.

De ahí el famoso epitafio que escribió para su tumba -y para la posteridad- el propio bachiller Sansón Carrasco:

“Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de la vida con su muerte;
tuvo a todo el mundo en poco,
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco”.


El que un trastorno psicótico revierta solo, sin tratamiento, no es exótico. Existe, en efecto, por ejemplo, el “trastorno psicótico breve” que consiste en una “alteración psicótica que dura más de un día y remite antes de un mes, que cursa con ideas delirantes, alucinaciones y lenguaje desorganizado” (Enciclopedia de la Psicología, Ed. Océano).

No obstante todo lo anterior, constituye una visión estrecha pretender abordar a Don Quijote solamente a la luz de su insania mental. El personaje rebasa por completo los linderos de la enfermedad psíquica y se inserta dentro del sueño, antiguo pero siempre vigente, de un mundo mejor, más libre, más honesto y más justo, un mundo donde el más fuerte no arrase con el más frágil y en el que también el desvalido tenga derecho a la esperanza. El personaje cervantino no es, pues, un mero loco al que han perturbado los enrevesados y extravagantes – pero tozudamente populares – libros de caballerías. Es, cuando menos además de eso, un soñador, un hombre bueno y transparente que desde su debilidad física se levanta contra las injusticias, contra los abusos, contra las tropelías, y cree que con el solo poder de su brazo y de su lanza pondrá en su sitio a quienes abusan de su posición dominante y avasallan a los más humildes.

Es, entonces, necesario advertir que, a pesar de la expresa calificación que Miguel de Cervantes Saavedra da, bien como narrador, o bien a través de su inmortal personaje, a aquella transformación del cazador aficionado que abandona la caza, y hasta los asuntos personales, para vestirse de caballero andante e irse aquella mañana de un caluroso viernes de julio a recorrer el mundo por donde lo lleve su raquítico caballo, hay psiquiatras que se atreven a afirmar que Don Quijote, definitivamente, no estaba loco.

Y es aquí donde cobra todo su valor la Psicología, disciplina que más allá de la enfermedad mental está llamada a abordar el alma humana. Y como disciplina que aborda el alma humana, en toda la plenitud de su complejidad, puede adentrarse en el pensamiento, en los ideales, en la representación que el personaje se hace de que es posible construir otra España más digna para todos, incluidos los excluidos, y por eso Don Quijote bien podría terminar no siendo el loco, el paciente psiquiátrico que deba ser tratado científicamente -seguramente con fármacos- , sino, sencillamente, el hombre capaz de sentir el dolor ajeno, la tristeza del otro, la incertidumbre de aquellos que no cuentan con lo que él cuenta.

Emerge, entonces, una pregunta cualitativamente distinta: ya no la de cuál enfermedad mental padece Don Quijote, sino si verdaderamente Don Quijote está loco o es, más bien, un idealista al que la sociedad de entonces no comprende, ni quiere comprender.

Resulta a este respecto bien elocuente que un considerable porcentaje de psiquiatras -no de psicólogos- considere, desde su perspectiva científica, que definitivamente Don Quijote no estaba loco.

Así nos lo cuenta el psiquiatra español Joaquín Sama:

“Transcurridos más de 400 años desde que viera la luz la inmortal obra de D. Miguel de Cervantes “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha”, un grupo compuesto por más de 600 psiquiatras residentes en España, participó en 2007 en un proyecto consistente en exponer sus respectivos criterios clínicos en relación a la existencia o no de algún tipo de patología mental en don Alonso Quijano, protagonista de tan singular novela.

Fruto de este trabajo bajo el título “En torno a los diagnósticos psiquiátricos de Don Quijote”, hoy tenemos recogidas las opiniones expresadas por este amplio elenco de profesionales, buenos conocedores del alma humana.

Buena parte de los expertos consultados, concretamente el 30,33 por ciento de ellos, opinó que el principal protagonista de la novela de Cervantes, el inmortal don Quijote de La Mancha, no es un enfermo mental.

Para muchos es un idealista, un ser dolido por el tedio, un excéntrico fuera de lo común, que actuaría como un loco para escapar de la aburrida y monótona vida que le ofrecía la pequeña población manchega donde nació; para otros, don Quijote sería un transgresor social, un luchador por las libertades y la justicia, políticamente incorrecto, que al final de sus días llega a sentir con pesimismo la derrota de los ideales. Todos tenemos dentro de nosotros algo de Quijotes y no por ello estamos alienados.

Para algunos, don Quijote es un humorista, alguien que ha tomado conciencia de su parte inútil y superflua, y se complace por ello. Para otros, don Quijote es un inconformista, el arquetipo del revolucionario anónimo que toma partido en solitario contra las injusticias sociales. Incluso podría tratarse de un mitómano, excéntrico y algo chiflado, a quien se le va la cordura en algunos momentos, pero conserva el sentido de la realidad en lo fundamental.

Hay quien ve en don Quijote una alegoría del romanticismo, un alegato de la trascendencia que tiene arriesgar la propia vida en defensa de unos ideales tan alejados de razones económicas cuando no hedonistas. Podría ser un hombre común que saca lo mejor de sí mismo tras determinadas lecturas y que se compromete a defender con tenacidad todo aquello en lo que cree.

Para otros, don Quijote sería un fanático en post de un ideal, a todas luces inalcanzable, que le hará sentir la infinita soledad del idealista. ¿Acaso es locura vivir de acuerdo a un ideal?

Desde mi punto de vista, cuando Cervantes escribe su genial novela Don Quijote de La Mancha, está narrando la biografía de un ser entrañable adornado por una cualidad que destaca sobre todas las demás: el altruismo.

En efecto. Don Quijote, tras renunciar a la paz hogareña, pone en riesgo su propia existencia en una lucha desigual contra supuestos y peligrosos enemigos, ofrece protección a su muy amada y sublimada Dulcinea, busca con ahínco deshacer entuertos y traer la justicia a este mundo, sin obtener a cambio una contrapartida cierta. ¿Acaso todo esto no es sino altruismo?

La Etología, esa ignorada ciencia que estudia el comportamiento, define la conducta altruista como aquella acción que busca mejorar las posibilidades de supervivencia de otros seres a pesar de la merma de las posibilidades de quien la ejerce. ¿Pretender mejorar las condiciones de vida de los demás, aún a riesgo de perder la propia, no es tal vez el mejor ejemplo de conducta altruista?

El altruismo, conducta que aporta estabilidad y eficiencia evolutivas, como se ha podido demostrar incluso con algoritmos matemáticos, se encuentra inscrito en nuestro código genético, existiendo tres tipos principales de altruismo: el recíproco, popularmente expresado en la conocida máxima “Hoy por ti, mañana por mí”; el consanguíneo, es decir, aquel que se siente hacia quienes comparten nuestros propios genes, y el manipulado: el que busca obtener ventajas evolutivas de un modo injusto, como sería, por ejemplo, fingir una afección médica para lograr la correspondiente prestación social.

Pues bien. ¿Qué tipo de altruismo motiva a nuestro héroe, el ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha? Sin duda, el recíproco en su expresión más genuina: deshaciendo entuertos pretende conseguir un mundo mejor, crear unas condiciones de vida que aumenten las posibilidades de supervivencia de los demás, empeño que momentáneamente merma sus propias posibilidades. En contrapartida espera alcanzar más adelante un reino y los favores de Dulcinea, es decir, la posibilidad de perpetuar sus propios genes. ¿No se cumple rigurosamente aquello de “Hoy por ti, mañana por mí”?

Que el altruismo sea una transacción no resta un ápice de mérito a nuestro héroe que, condicionado culturalmente, decide entregarse a ese comercio de favorecernos unos a otros, tan entroncado con la más pura tradición cristiana: “Amaos los unos a los otros”.

He ahí otro aspecto a destacar del Quijote, el condicionamiento cultural de su altruismo, cómo la lectura de novelas de caballerías condiciona de una determinada manera, congruente con el medio en el que vive, la forma de expresar ese impulso genético de favorecernos unos a otros. Tan intenso efecto le produce aquel tipo de lecturas, en boga por aquella época, que decide convertirse en un Caballero Andante más, como los héroes de sus novelas, para impartir justicia por los campos de Castilla, cual arrojado benefactor.

La emoción de sentirse héroe se hace tan intensa en él, que en ciertos momentos le lleva a perder el sentido de la realidad, que no el juicio. En los episodios de los molinos de viento o el rebaño de ovejas no tiene alucinaciones, sino falsas percepciones, ilusiones debidas a la intensa emotividad que pone en el empeño.

Don Quijote no es un enajenado mental, ni siquiera en sus momentos menos lúcidos, más disparatados: es, en todo caso, y solo en una parcela muy concreta de su personalidad, un fundamentalista, concepto tan de actualidad, que incluso llega a confundir la realidad exterior cautivado por los más nobles ideales”.  (SAMA, Joaquín, loc. cit.).

Por eso, no es cierta la tajante aseveración de los precitados psiquiatras españoles Rosana Corral Márquez y Rafael Tabarés Seisdedos, cuando afirman que

“En definitiva, todos los médicos que han estudiado la obra de Cervantes coinciden en considerar a Don Quijote como un enfermo mental”. (loc. cit.).


De hecho, la enfermedad mental como tal, es decir, en general, como entidad patológica propia y distinta, por lo tanto, de la enfermedad física, ha llegado a ser negada.

Fue así como en el contexto del espíritu contestatario de los años 60, surgió la Antipsiquiatría. Se trata, en términos sencillos, de un “Movimiento que se opone a la psiquiatría tradicional y a la noción de enfermedad mental en que esta se apoya” (Pequeño Larousse Ilustrado, 2016).

El psiquiatra inglés David Cooper publica en 1967 su libro Psiquiatría y Antipsiquiatría, y con él se enfrenta al mundo científico bajo la perspectiva de que la enfermedad mental no es sino un concepto construido por el poder político para emplearlo como instrumento represivo contra quienes se atreven a desafiarlo. El psiquiatra húngaro Thomas Szasz, por su parte, publica las obras El mito de la enfermedad mental y La fabricación de la locura: un estudio comparativo de la inquisición con el movimiento de salud mental y en ellas cuestiona el empleo de la fuerza contra los pacientes, la hospitalización forzada y, sobre todo, el que el Estado utilice la psiquiatría como instrumento de dominación política, lo que conduce a que se le ubique dentro de la Antipsiquiatría, a lo que él se opone e incluso llega a criticar de manera enfática aquella corriente. En todo caso, la Antipsiquiatría despierta una fuerte oposición popular en contra de la Psiquiatría, la cual, debido a métodos como los electrochoques es percibida como represiva e irrespetuosa de la dignidad de las personas que son sometidas, contra su voluntad, a tales tratamientos. También se critica duramente el que se etiquete a las personas y se pone de presente lo funesto que ello resulta para el paciente etiquetado. Así mismo, se habla de que el paciente psiquiátrico termina siendo víctima de la exclusión social. Michel Foucault escribe que “Las definiciones de enfermedad y de demencia, y la clasificación de las demencias, fueron realizadas de modo tal de excluir de nuestra sociedad a ciertas personas”. El cuestionamiento es, incluso, llevado a la literatura a través de obras como Alguien voló sobre el nido del cuco, novela del escritor norteamericano Ken Kesey y que al ser llevada, a su vez, al cine en la película Atrapados sin salida, que hizo famoso al actor Jack Nicholson, consolida una actitud social de rechazo a la psiquiatría y específicamente a los manicomios.

Lo cierto es que descalificar como “loco” al disidente, al que piensa y actúa diferente, al que no se somete a los rígidos cánones impuestos por la sociedad, ha sido una estrategia política, particularmente de los regímenes totalitarios. No solo por los lados del sistema capitalista, como sostiene la Antipsiquiatría en los años 60, sino también dentro del sistema opuesto, el comunista, como queda visto con la brutal metodología empleada por el régimen estalinista en la Unión Soviética en contra de más de un “contrarrevolucionario”. Las primeras denuncias de semejantes métodos se referían a la dirigente comunista Mariya Spiridónova, quien luego de ser figura central de la Revolución cayó en desgracia ante los bolcheviques. La “Esquizofrenia lentamente progresiva” fue la entidad mental de la que se valió el psiquiatra ruso Andréi Snezhnevski como soporte de la que fue llamada “Psiquiatría represiva” en la Unión Soviética. Dicha “enfermedad” solo afectaría el comportamiento social del enfermo. Los “tratamientos” consistían en torturas con electrochoques, radiaciones, aislamiento en celda, trabajos forzados; administración de narcóticos, antipsicóticos e insulina; palizas y punciones lumbares. La Asociación Psiquiátrica Mundial reaccionó al conocer las denuncias que se hicieron públicas y la Unión Soviética terminó retirándose de ella.

En 1974 se fundó en Suiza el primer comité en contra del abuso político de la psiquiatría.

Pero el asunto es más viejo de lo que se piensa. Si bien la Antipsiquiatría nace en los 60, sus antecedentes se encuentran mucho antes. Y el uso del “loco” para enervar las posturas de los idealistas, los soñadores y los inconformes llega hasta los tiempos mismos de Cervantes. Los poderosos debilitan la imagen de su opositor o crítico recurriendo a lo que sea, incluido el descrédito social, y pocas cosas desacreditan más a quien expone unas ideas que el presentarlo como un personaje que está loco.

Aunque hay, desde luego, otros argumentos. El de que se trata de un “apóstata” o de un “hereje”, por ejemplo. En el mismo año 1600 en el que enloquece aquel estudiante de Salamanca lector infatigable de libros de caballerías -apenas cinco años antes de aquel 1605 en que Cervantes publica El Quijote- el Santo Oficio ha condenado al filósofo Giordano Bruno a morir quemado en la hoguera solamente por pensar distinto. Cervantes lo tenía que saber porque claramente se nota que era un hombre culto y porque, además, había vivido en Italia (el relato de “El curioso impertinente”, inserto dentro del Quijote, transcurre en Florencia).

Nada mejor, entonces, que poner a encarnar sus propios ideales de justicia en un loquito.

O sí: algo hay todavía mejor: que ese loquito sea gracioso, que haga reír al lector quien quiera que sea.  Martín de Riquer hace saber que “Una serie de testimonios ciertos nos demuestra que la reacción casi unánime que provocó entre sus contemporáneos el Quijote fue la risa. Los españoles de 1605 se rieron a carcajadas leyendo las aventuras del Ingenioso Hidalgo y celebraron a Cervantes como autor gracioso y divertido” (loc. cit.).

Empero, no todo el Quijote es una sucesión de situaciones humorísticas: a través de su personaje, Cervantes expresa su pensamiento personal sobre temas muy serios, que para la época no era tan sencillo tocar en forma directa sin peligro de que sobreviniera la peligrosa represión de los poderosos: el tema de la propiedad privada y la añoranza de los tiempos en que no existía “aquello de tuyo y mío” (discurso de Don Quijote en medio de los cabreros, Capítulo XI),  el tema de la liberación femenina frente al imperio del machismo (discurso de la pastora Marcela, a punto de ser apedreada, en su defensa, Capítulo XIV) o el tema de las armas y las letras (Discurso, Capítulo XXXVIII), por ejemplo, no tienen nada de chistosos.

En fin, la enfermedad mental ciertamente existe; pero el hecho de que alguien sufra de alucinaciones y que, incluso, padezca de esquizofrenia o de cualquier otro cuadro clínico mental no significa que carezca de ideales, de sueños o de una verdadera conciencia social.

Después de la aparición de Don Quijote, surgió el vocablo “quijote”.

Pero dicha expresión no fue acuñada en sentido elogioso o admirativo, sino -todo lo contrario- en sentido peyorativo.  En una sociedad egoísta, es lógico que el salir en defensa del otro no se vea como ningún gesto altruista, sino apenas como el defecto de andarse metiendo en problemas que no le conciernen a quien lo hace, así lo haga persiguiendo un ideal de justicia, dado que dicho ideal se da por irrealizable.

Son bien elocuentes la definiciones que nos suministra la gran lingüista española doña María Moliner en su Diccionario de Uso del Español (Ed. Gredos, Madrid):

quijote m. Por alusión a Don Quijote de la Mancha, se aplica como nombre calificativo a la persona que está siempre dispuesta a intervenir en asuntos que no le atañen, en defensa de la justicia. Generalmente, no se emplea con sentido admirativo, y puede tenerlo despectivo”.

De ahí derivan vocablos como “quijotería” (despectivo, cualidad de quijote), “quijotesco“(que actúa con quijotería), “quijotil (propio de un quijote) y “quijotismo“(desp.) m. Cualidad de quijote”.

Hay quienes piensan, sin embargo, que tomar la lucha de los tantos quijotes que hay en el mundo como una mera expresión de patología psíquica o como un mero defecto personal de algunos entrometidos constituye un gravísimo error conceptual que puede descalificar injustamente la grandeza de hombres y mujeres que no se resignan a abandonar sus esfuerzos en pro de la construcción de un mundo mejor y de una sociedad más justa.

Con todo, la triste realidad final es la de que Don Quijote termina muriendo en su casa, enfermo y extenuado, después de haber sido ridiculizado, apaleado, enjaulado y vencido.

 

En un lugar de Asia, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hombre que quería llevar a cabo la gran Revolución del Amor predicando que dizque todos éramos hermanos: terminó perseguido, arrestado, juzgado, condenado, torturado y, finalmente, crucificado.

Y en un lugar de América, de cuyo nombre tampoco quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hombre que pretendía que estas naciones fueran verdaderamente libres: también terminó aborrecido, desterrado dentro de la propia tierra que había libertado y forzado a largarse, enfermo y en la ruina, a morir en casa extraña, a orillas del mar, donde intentó en vano recuperar su salud resquebrajada.

Fue allí, próximo a la tumba, donde este personaje pronunció, con tristeza y amargura, la que habría de convertirse en una de sus frases postreras: “Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido los tres más grandes majaderos de la historia“.

 

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, domingo 23 de abril de 2017, Día del Idioma.

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ILUSTRACIONES: (1) Don Quijote. Pablo Picasso. 1955.

(2) Sigmund Freud.

(3) Don Quijote. Salvador Dalí.

(4) Don Quijote. Salvador Dalí.

(5) Don Quijote llega a la venta. Gustave Doré.

(6) Molinos de Viento en La Mancha, España.

(7) Don Quijote leyendo novelas de caballerías. Gustave Doré.

(8) Don Quijote enjaulado. Gustave Doré.

(9) Cervantes  en la prisión imaginando el Quijote. Vicente Barreto. Madrid. 1877.

(10) Poster de la película Don Quijote cabalga de nuevo, protagonizada por Fernando Fernán Gómez  como Don Quijote y Mario Moreno Cantinflas como Sancho Panza.

(11) Antonio Hernández Morejón. Real Academia Nacional de Medicina de España.

(12) Ricardo Royo Villanova.

(13) Vicente Goyanes Cedrón.

(14) Los actores españoles Fernando Rey como Don Quijote y Alfredo Landa como Sancho Panza en la miniserie de la televisión española El Quijote de Miguel de Cervantes.

(15) Los actores españoles Alfredo Landa como Sancho Panza y Fernando Rey como Don Quijote en la miniserie de la televisión española El Quijote de Miguel de Cervantes.

(16) Cervantes. Retrato atribuido a Juan de Jáuregui y Aguilar (1583 – 1641).

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ORACIÓN (II). Por: El Último Guane.


En dónde estás, Señor, cuando yo, triste,

Inmerso en el dolor o el abandono,

Pregunto al corazón por qué el encono

Con que la ingratitud a mi alma embiste.

 

En dónde estás, Señor, si el hombre insiste

En cultivar con odio como abono,

Si para dialogar no endulza el tono,

Si lo veo destruir cuanto aquí existe.

 

Aclárame, Señor, si en esos días

En que extraño las pasadas alegrías

Y a mi alma la conturba tanto dolo,

 

Aquella voz que escucho en mi consciencia,

Que me anima y me invita a la paciencia,

Eres tú, Señor, o yo hablo solo.

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PATRIOTISMO. Por: VAGO.

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HISTORIA DE PIEDECUESTA. Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro Correspondiente de la Academia de Historia de Santander.

Si por Girón hubiera sido, Piedecuesta no existiría.

Al menos no si ello hubiese dependido del Cura de Girón.

Se llamaba Joseph. No “José”, como todos los que por aquí querían perpetuar con su nombre la memoria del carpintero más famoso del mundo, sino “Joseph”, en inglés.

Su segundo nombre tampoco era muy común que digamos: “Elseario”.

El padre Joseph Elseario Calvo, pues, se opuso terminantemente a la idea de fundar la nueva parroquia. Y no solo lo hizo desde el púlpito, sino también ante los estrados eclesiásticos, y hasta enfrentándose con las jerarquías de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, a la cual él pertenecía y a la cual, con su labor pastoral, trataba de lograr que perteneciera todo el conglomerado social de la zona, desde los pudientes caballeros gironeses hasta los más desarrapados peones.

Sobre todo, claro está, los primeros —los gironeses ricos— que eran los que, en últimas, aportaban los diezmos y las primicias, porque los otros, como siempre, solamente le aportaban a la Iglesia lo mismo que le sigue aportando hoy en día la pobrería irredenta: su agobiadora e inveterada carga de necesidades y el peso abrumador de las oraciones con las cuales buscan satisfacerlas.

Todo parece indicar, sin embargo, que al Cura Joseph Elseario le salió, como dice el dicho popular, “el tiro por la culata”, porque fue una iniciativa suya, dirigida a los vecinos piedecuestanos más pudientes para que le financiaran la construcción de una capilla en el lugar donde años más tarde nacerían santandereanos destacados la que fue respondida con la idea de, más bien, independizarse eclesiásticamente de la ciudad fundada por Francisco Mantilla de los Ríos.

Fue en setiembre de 1772 cuando el Padre Joseph Elseario les pidió a sus vecinos mil doscientos pesos para financiar su viaje a Santa Fe encaminado a gestionar la erección de la capilla.
Y era que por entonces en Girón ya existía, aparte del templo principal, la Capilla del Señor del Humilladero, destinada a aglutinar a los gironeses que vivían apartados del casco urbano, y como los residentes del valle del Pie de la Cuesta, Los Santos y Palogordo vivían igualmente lejos, la idea era que, en lugar de tener que desplazarse kilómetros enteros para poder asistir a la misa y demás oficios religiosos, lo hicieran ahí mismo, al pie de sus casas. O, mejor dicho, al Pie de la Cuesta, que era como se llamaba aquel agreste entorno, por aquello de que justamente en ese lugar comenzaba la trepada hacia Pamplona.

Por supuesto que la ofrecida comodidad de poder oír la misa a la otra puerta de la casa no era gratuita: sería retribuida con la recolección de los jugosos aportes económicos de la feligresía por parte del padrecito Calvo.

En términos sencillos, el nuevo templo y su correspondiente entorno constituirían la viceparroquia de Piedecuesta, perteneciente, obviamente, a la parroquia de Girón.


Pero no. Al año siguiente, 1773, ya los vecinos piedecuestanos habían otorgado poder para que se les tramitara ante el Arzobispado, en vez de la construcción de una capilla dependiente de Girón, la erección de una nueva parroquia en el llano denominado San Francisco Javier, específicamente en el valle del Pie de la Cuesta, perteneciente a dicho llano.

Cuánto tenían que recorrer los vecinos para asistir a misa —a pie o a lomo de bestia, desde luego— era determinante. Y lo era, porque no se aceptaban parroquias cercanas. O sea, no se admitía que dos curas tuvieran que competir por la feligresía. Por eso, el Cura de Girón defendió la unidad de su parroquia echando mano a la medición de las distancias. Aunque para ello contó con la ayuda de otro Joseph. Fue así como el Cura Fernando Joseph Calvo, auxiliar del otro, y con eso que llaman hoy en día “pruebas de campo”, demostró que ir desde Girón hasta el sitio donde se pretendía fundar ahora la nueva parroquia y regresar tomaba apenas dos horitas y media.

Cuando el Arzobispado de Santa Fe envió a su representante a parlar con el cura Joseph Elseario, este se enganchó con él en una fuerte polémica.
No obstante, y con zafarrancho y todo, la autorización eclesiástica fue dada y el vecindario piedecuestano, presto y jubiloso, levantó la consabida capilla de bahareque y techo de paja, la casa cural y —por supuesto— la cárcel. El 20 de febrero de 1774 se expidió la autorización de funcionamiento de la nueva capilla y el 3 de octubre siguiente, otro Cura Joseph diferente de los dos anteriores, Joseph Gregorio Díaz Quijano, a nombre del Arzobispado, dictó la providencia por medio de la cual declaró erigida la parroquia.

La nueva parroquia, escindida, pues, de la de Girón, llevaría el nombre de San Francisco Javier.

Por cosas de la vida, como dice alguna vieja canción, Piedecuesta y Girón no dejaron de seguir teniendo sus desavenencias históricas. Si no, que lo digan la Insurrección de los Comuneros o la Guerra de Independencia. Entre el 16 de marzo y el 6 de junio de 1781, en efecto, se llevó a cabo la Insurrección de los Comuneros. Entre los numerosos pueblos que adhirieron a dicho levantamiento se contaron los de Bucaramanga y Piedecuesta. Girón, en cambio, apoyó en todo momento a las autoridades españolas. Debido a ello, se presentó un enfrentamiento armado entre Piedecuesta y Girón. En el combate, sostenido el 21 de mayo de 1781, cuando los gironeses, decididamente partidarios de España, marchaban sobre Piedecuesta con el fin de someter a los comuneros de allí por la fuerza y estos salieron a interceptarlos, murieron dos anónimos soldados del ejército comunero y se produjo la desbandada de este. A pesar de su triunfo, los gironeses quedaron, en los días subsiguientes, temerosos de la represalia de los piedecuestanos. El 29 de mayo, en efecto, las tropas comuneras de Piedecuesta invadieron a Girón. Los realistas gironeses no opusieron resistencia.

En el siglo siguiente, dos años después del Grito de Independencia, es decir, en 1812, nuevamente Girón y Piedecuesta se enfrentaron en el campo de batalla. Las tropas patriotas piedecuestanas, comandadas por el doctor Fernando Serrano, interceptaron a las tropas realistas gironesas que pretendían someter a la rebelde Piedecuesta por la fuerza. La batalla tuvo como escenario a Mensulí y el triunfo fue para el ejército patriota de Piedecuesta. Posteriormente, en plena Reconquista Española, cuando el territorio nacional padecía el baño de sangre del Pacificador Pablo Morillo, Fernando Serrano fue elegido Presidente de la República por la Resistencia patriota, congregada en los llanos de Casanare (Domingo 16 de junio de 1816). El entonces Coronel Francisco de Paula Santander fue elegido Comandante en Jefe del Ejército.


En Piedecuesta funcionó el famoso Colegio Universitario del gran educador don Victoriano de Diego Paredes y Paramato. El 18 de agosto de 1860, el reputado y controvertido institutor, sus hijos y sus alumnos llegaron presos a Bucaramanga. El ejército, instigado por la prédica del Obispo de Pamplona y la reacción del Gobierno de la Confederación, allanó el colegio en medio de una ensordecedora rechifla estudiantil y se los llevó arrestados; el colegio fue clausurado definitivamente y sus instalaciones convertidas en cuartel militar. Más de dos meses después, los prisioneros fueron trasladados de Bucaramanga a Bogotá, donde el Juez Nacional Demetrio Porras ordenó su libertad. Seis años más tarde, en 1866, el ilustre formador de juventudes regresó a Santander como Presidente del Estado Soberano. Era yerno del doctor Fernando Serrano.

Lo de “Villa de San Carlos del Pie de la Cuesta” es otra historia. Inicialmente, los vecinos solicitaron tal calidad, es decir, que Piedecuesta pasara de parroquia a villa. La solicitud fue aprobada por España en 1810, pero como estalló la Independencia, todo quedó en el aire hasta 1824 cuando la República les dio categoría de villas a las parroquias de alta población.

En algunos libros dice que Piedecuesta fue fundada por el Padre Ignacio de Zavala. Eso no es cierto. Sencillamente, el Cura Zavala fue nombrado primer párroco de la recién fundada parroquia. Pero a duras penas pudo posesionarse y ejercer ese ministerio, porque un importante sector de los vecinos lo rechazaron e incluso se llegó al extremo de hacer nombrar a otro Cura como primer párroco. El asunto, incluso, tuvo que ser dirimido por el Tribunal Arquidiocesano.

A pesar de ello, la versión oficial insiste en señalar a Ignacio de Zavala como el fundador de Piedecuesta.


La historia de Bucaramanga y la de Piedecuesta están ligadas por diversos acontecimientos.

Así, por ejemplo, el jueves 11 de setiembre de 1879 las tropas a caballo del Estado Soberano de Santander, procedentes de Piedecuesta y escoltando al Jefe del Estado, General Solón Wilches, ingresaron a Bucaramanga a reimplantar el orden.

Y es que el Presidente se encontraba en Piedecuesta cuando en el Club del Comercio de Bucaramanga se llevaba a cabo una agitada y candente reunión, en medio de las grandes tensiones sociales que se estaban dando en la ciudad a raíz de los nefastos hechos iniciados el domingo 7, día de elecciones, que habrían de ser conocidos en la historia como “El proceso de la Culebra Pico de Oro”.

Esos hechos de violencia, que desencadenarían una reclamación diplomática y una amenaza de intervención militar de Alemania contra Colombia con el fondeo de naves de guerra frente a las costas de Barranquilla, habían significado el asesinato a bala de los colombianos Obdulio Estévez y Luis Eduardo Mutis, y de los alemanes Hermann Hederich y Christian Göelkel, así como el incendio de las casas de Guillermo Jones, José María Valenzuela, Rafael Ariza, Nepomuceno Toscano, Luisa Valenzuela de Müller y Rudesindo Otero, y el saqueo de otras residencias.


En la Guerra de los Mil Días, Bucaramanga y Piedecuesta volverán a quedar entrelazadas. La espantosa Batalla de Bucaramanga (13 de noviembre de 1899) se sucederá inmediatamente después de la toma de Piedecuesta por las tropas liberales revolucionarias. “Sabedor de que gran parte de las fuerzas del Gobierno ocupaban a Piedecuesta”, el general Rafael Uribe Uribe “marchó sobre dicha plaza para sorprenderla durante la noche, (…) pero el enemigo la evacuó desde temprano; (…) y siguiendo los pasos del enemigo marchó sobre Bucaramanga (…)”, relata el general Gabriel Vargas Santos, comandante en jefe del ejército liberal en su libro La razón de mi dicho. En Bucaramanga las tropas liberales serán arrasadas, principalmente desde las arboledas de La Puerta del Sol y desde la torre de la iglesia de San Laureano.


El devenir piedecuestano ha estado asociado al cultivo del tabaco, a su secado en los caneyes y, por supuesto, al igual que Bucaramanga y Girón, a la industria cigarrera. Mención especial merecen las cigarreras, algunas de ellas “chicoteras”, pues manualmente elaboraban los tabacos conocidos como “chicotes”. Entre una legión de mujeres ignoradas, en la memoria histórica piedecuestana deberán quedar registrados los nombres de Justa Gualdrón de Carreño, propietaria de Cigarros Gamos; Mercedes Urrea, de Cigarros Noel; Amanda Vargas Herrera viuda de Carrillo, de Cigarros El Centauro; y María Rocío Caballero Gualdrón, de Cigarros Comandantes; y Margot Martínez de Fuentes, Martha Cecilia Santos Cote, Gloria Acevedo, Martha Reyes Quijano y Martha Yolanda Niño Carreño, quienes dejaron en los fabriquines, unos de su propiedad y otros no, los mejores años de sus vidas.


Así mismo, el decurso histórico piedecuestano está ligado a la tradicional celebración de la Semana Santa, que con el paso de los años se convirtió, gracias al fervor popular, en una de las festividades religiosas más importantes no solo en Santander, sino en Colombia.


En su desarrollo más reciente como ciudad, Piedecuesta se ha ido extendiendo fuera de su casco urbano y en lo que antes era su área rural, hoy atravesada por la autopista que la comunica con la vecina ciudad de Floridablanca, se fundó en 1985 el Instituto Colombiano del Petróleo (ICP), de la Empresa Colombiana de Petróleos (ECOPETROL), y recientemente han surgido centros comerciales como DelaCuesta, que aglutinan a importantes negocios y firmas comerciales de la región y del orden nacional.

Piedecuesta ha sido cuna de prominentes personajes santandereanos como el fundador de Gaseosas Hipinto, Hipólito Pinto; el jurista Vicente González; los poetas Carmen de Gómez Mejía, Carlos Torres Durán y José Ortega Moreno; el médico y poeta Gonzalo Buenahora; el novelista Daniel Mantilla Orbegozo; el cronista Vicente Arenas Mantilla; el médico y político Guillermo Sorzano González; el periodista e historiador Luis Enrique Figueroa Rey; el médico Carlos Cortés Caballero; el pintor Mario Hernández Prada; el cantautor y escritor Pablus Gallinazo (Gonzalo Navas Cadena); el periodista y poeta Plinio Pilarica (Germán Valenzuela Sánchez); el ingeniero químico, historiador y escritor Manuel Enrique Rey Sanmiguel; la escritora, pintora, historiadora y educadora Carmen Cecilia Díaz de Almeida; el educador Humberto Gómez Nigrinis; y el empresario Álvaro Navas Cadena.


Y cuna, desde luego, de personajes que desde su humildad han refrendado, en todo caso, la trayectoria piedecuestana que acredita a su solar nativo como un pueblo de hombres y mujeres luchadores y libres.

Otros no han nacido allí, pero fue allí donde se forjaron y fue esa tierra la que les posibilitó labrarse un futuro promisorio. Así, por ejemplo, el magnífico ciclista Víctor Hugo Peña Grisales, el único colombiano que ha llegado a vestir la camiseta amarilla de líder en el Tour de Francia, se formó en este hermoso deporte rodando por las vías urbanas y rurales de Piedecuesta, pues a esta comarca llegó junto con su familia cuando aún era niño y es hoy un piedecuestano de pura cepa.


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ILUSTRACIONES: (1) Templo de Piedecuesta. Fotografía: Carlos Andrés Acuña Duarte. Wikipedia.(2) Plaza principal de Piedecuesta. Fotografía antigua. Subida por: Campoelías. Wikipedia. (3) Girón, sector español. Fotografía: Kamilo Kardona. Wikipedia. (4) Francisco Javier. Óleo sobre lienzo. Bartolomé Esteban Murillo (Dominio Público). (5) Comunero. Grabado: Herrera Casado. Wikipedia. (6) Fernando Serrano y Uribe. Cultura Banco de la República. Wikipedia. (7) Victoriano de Diego Paredes y Paramato. Wikipedia. (8) Carretera entre Bucaramanga y Piedecuesta. Fotografía: Quintilio Gavassa Mibelli (Cortesía del historiador y periodista Edmundo Gavassa Villamizar). (9) Templo de San Laureano de Bucaramanga en 1879. Fotografía: Quintilio Gavassa Mibelli (Cortesía del historiador y periodista Edmundo Gavassa Villamizar). (10) Guerra de los Mil Días. Ejército conservador. Fotografía: Quintilio Gavassa Mibelli. Revista Credencial (Cortesía del historiador y periodista Edmundo Gavassa Villamizar). (11) Cigarrera. Escudo de Piedecuesta. En: Mujeres cigarreras e identidad piedecuestana por Luis Rubén Pérez Pinzón. Alcaldía de Piedecuesta. Secretaría de Desarrollo Social y Dirección de Cultura. (12) Procesión de Semana Santa en Piedecuesta. Fotografía: Vanguardia Liberal. (13) Carlos Cortés Caballero. Fotografía: Nylse Blackburn Moreno. (14) Víctor Hugo Peña Grisales. Fotografía: Vanguardia Liberal. (15) Ciclista ascendiendo la cuesta. Anónimo.

BIBLIOGRAFÍA: MARTÍNEZ GARNICA, Armando. GUERRERO RINCÓN, Amado Antonio. La provincia de Soto. Orígenes de sus poblamientos urbanos. ARENAS, Emilio. La Payacuá. Historia de Bucaramanga y las ciudades del Río de Oro. CACUA PRADA, Armando. Custodio García Rovira, el estudiante mártir.  SIERRA BARRENECHE, Eduardo. Santander, tierra con pasado, presente y futuro. GALLO RONDÓN, Betty. CHAPARRO LÓPEZ, Cecilia. Santander, folclor, mitos y leyendas. GÓMEZ GÓMEZ, Óscar Humberto. Historia de Bucaramanga. NÚÑEZ HARTMANN, Sergio. Así es Santander. OCHOA GONZÁLEZ, Enrique. Santander Siglo XXI. CAÑAS SERRANO, Juan José. PEÑA GRISALES, Víctor Hugo. Víctor Hugo Peña Grisales. Siempre hay una primera vez. PINZÓN GONZÁLEZ, Gustavo. Historia de la formación de Santander, sus provincias y municipios. VILLEGAS, Jorge. YUNIS, José. La Guerra de los Mil Días.

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LA JOVEN DEL PUENTE (Crónica). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).

CAPÍTULO I

DEPRESION
Tenías el cabello rubio. Y no era por obra y gracia de la sala de belleza, sino porque ese era el tinte con el que las hadas, o natura, o ese Dios en el que yo entendí siempre que creías, había tinturado tu pelo desde antes de que nacieras.

¿Qué hizo que una joven hermosa como tú, de la que todos pensábamos que lo tenía todo en la vida para ser feliz, terminara haciendo lo que tú hiciste?

Cuando aquella mañana triste de un día cualquiera vi a tu hermana y le pregunté por ti, jamás imaginé que me contestaría lo que me contestó, y fue tanta la impresión que me produjo su respuesta, que al principio opté por no creerle, quizás pensando ingenuamente que así la realidad sombría que ella me dibujaba, acompañándose de unos ojos humedecidos y de una sonrisa amarga, se transformaría, como por arte de sortilegio, en una tranquilizante explosión de fantasía. Sí: que yo despertaría del embrujo y descubriría que no era cierto, que tú jamás hiciste lo que hiciste, y que, igual que yo, estabas luchando, con más comodidades que las mías, por construir el futuro alrededor de los libros, de la frescura incomparable de la juventud y del cautivante verdor de la esperanza.

Fue cuando empezó a llover y a soplar un viento helado y taciturno, y entonces comprendí, con perfecta claridad, que todo era cierto y que, por culpa del persistente destierro social del amor, tú tampoco habías sido capaz de sobreponerte a los inoportunos embates de la desilusión, ni a las agotadoras arideces del hastío, ni al peso insoportable de la incertidumbre.

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CAPÍTULO II

DEPRESION

Que Pilar Stella Quiroga Niño solo tenía escasos diecisiete años cuando se le arrojó a las brumas aquel lunes catorce de marzo de mil novecientos setenta y siete, decía la prensa. Y algo similar comenzó a repetir al año siguiente. Eso dijo cuando Jairo Antonio Combariza rompió el hilo de la existencia a sus veinticuatro años el jueves diecinueve de enero, y cuando detrás de él se fue Yolanda Castellanos de García el jueves siguiente, veintiséis de enero, a sus veintiuno, y cuando Gloria Inés Henao Valencia repitió el drama apenas una semana después, el viernes tres de febrero, a sus diecinueve, y cuando Milton Emilio Ortega Sepúlveda a sus veintiocho años hizo lo mismo el viernes diez de marzo, y cuando Rocío Pérez Miranda lo hizo a sus dieciséis años el lunes veintisiete de marzo. Todos tenían “solo” la edad que tenían. Una edad tan breve, tan fugaz, tan incipiente, que era -eso decían- como cortar de tajo un capullo.

Pero entonces el jueves treinta de marzo les siguió los pasos Fortunato Fontecha Franco a sus setenta y tres años. Fue ahí cuando se comprendió que no solamente los jóvenes podían desencantarse temprano de la vida, sino que también podían desilusionarse de ella tardíamente quienes ya la habían transitado un largo trecho.

Aunque, de todos modos, la juventud frustrada retornó al espeluzno al día siguiente. Sí: ese viernes treinta y uno de marzo de mil novecientos setenta y ocho, Luis Hernando Niño García, otra vez de “solo” diecisiete años, se coló por entre los resquicios de la vida para entregársele sin contemplaciones a la muerte. Para este momento ya veintisiete personas habían tomado lo que los periodistas carentes de riqueza lexicográfica llamaban “una determinación fatal”.

El martes treinta de mayo siguiente se anunciaba a los cuatro vientos, como si se estuviera relatando un partido macabro a través de La Voz de la Indolencia, que con “una persona de sexo masculino identificada como Jorge Rueda” se había llegado a “la víctima número treinta de la incontenible oleada”.

Tan solo dos meses más tarde, el sábado veintinueve de julio, la “incontenible oleada” llegaba a las treinta y cinco desdichas con el joven Luis Bernardo Ardila Ambulla. Tenía veintidós años cuando su cuerpo golpeó el insensible fondo del precipicio.

Clara Rosa Guerrero contaba con dieciocho años aquel miércoles ocho de noviembre desgraciado y Víctor Manuel Medina Prada con veinticinco aquel desgraciado martes doce de diciembre siguiente cuando llevaron los crespones del luto a sus hogares mientras sus paisanos recién habían apagado las velitas de la Inmaculada Concepción y se alistaban para comenzar a jugar los aguinaldos.

Ya en el año ochenta, se largaron de su entorno para nunca más volver Reyes Suárez Toscano, de cincuenta y dos años, el miércoles veintitrés de abril, Consuelo Ferreira, de treinta y cinco, el sábado siguiente, Bertha Pinilla Roa, de cincuenta y cuatro, el martes diez de junio, y Alirio Díaz, otra vez de “solo” diecinueve, el sábado trece de setiembre.

Del agobiado joven que buscó las honduras de aquella lóbrega sima el sábado veintiocho de marzo de mil novecientos ochenta y uno únicamente se dijo que tenía “entre dieciséis y diecisiete años de edad”, pero, en cambio, sí se aprovechó la noticia para dar el yerto dato estadístico de que “sesenta y seis personas” se habían ido sin despedirse acudiendo a la compañía de aquellas columnas que parecían haber sido empotradas en el infierno.

Pero la maldición parecía no querer alejarse nunca y fue así como en pleno Jueves Santo, el dieciséis de abril Ignacio Dulcey Angarita también partió sin destino conocido y a la semana siguiente, el viernes veinticuatro de abril, se fue detrás de él Marcelino Carvajal.

El martes dieciocho de agosto, Gloria Rico, de veintitrés años, no quiso seguir enfrentándosele a la pobreza y apenas pocas horas después de ella siguió su ejemplo Carmen Cecilia Ramírez, nuevamente de “solo” diecinueve años.

Fue el viernes trece de noviembre cuando la prensa informó que ciento cinco personas se habían marchado en pos de la inmortalidad que les prometieron, contando a quien lo acababa de hacer ese día, Francisco Vargas Carreño, de cincuenta y cuatro años.

Pero cuatro días más tarde, se reanudaría el conteo con la decisión sombría tomada por Juan Cristóbal Cancino Mantilla, de veintidós años, y entonces la policía anunció, por primera vez, que haría algo distinto de llevar las estadísticas y apostaría una patrulla permanente en el lugar.

Empero, no la ubicó con la suficiente celeridad, o la patrulla no se dio cuenta, o no cumplió con su deber, porque tres días después Marina Rueda Walteros, de “solo” veinte años, se fue por el mismo sendero sin despedirse de nadie.

¿Pero qué pasa?, ¿qué diablos está sucediendo?, se preguntó la gente que devoraba los pasquines con el extra del día. Le contestó al día siguiente Hernando Carreño Tarazona y, entonces, la ciudadanía, que ante las fotografías de su cuerpo exánime parecía despertar por fin del letargo, empezó a exigir que el Estado interviniera de manera decidida y enérgica para solucionar el “problema”.

De la jovencita de unos veintidós años que el domingo trece de marzo de mil novecientos ochenta y tres apagó su corta existencia en aquel mismo escenario lúgubre solo se dijo que había sido vista llorando antes de lanzarse. En cambio, del joven de veinticuatro años que lo hizo el martes diez de mayo se dio el nombre: se llamaba José Gustavo Navas Leguizamón. Pero la prensa hizo la aclaración macabra de que otro joven de veintidós años y de nombre Javier Medina Macías había hecho lo mismo en días anteriores.

Al día siguiente, cuando aún no se cumplía el triste funeral de José Gustavo, le siguió los pasos Orlando Rueda Rosas, de veinticinco años.

Ramón Tarazona Merchán, de cuarenta y dos años, se fue el martes veintiséis de julio y Edmundo Silva se marchó el martes nueve de agosto, dos semanas después

El viernes veintitrés de setiembre lo hicieron Nelson Ramírez Rodríguez y “una mujer cuya identidad se desconoce”, según dijeron los diarios.

El sábado veintidós de octubre, se marchó una joven de veinticuatro años de quien vino a saberse el jueves veintisiete que se llamaba María Oliva Quintero Quiñones.

Aquel luctuoso mil novecientos ochenta tres también habría de llevarse consigo a Jesús López Hernández, de veintidós años, al ciudadano italiano Andrea Felice Bruno Bertigno (Martingnon, escribieron otros) y a Marco Julio Suárez Villamizar, de veinte años, estudiante del Instituto Técnico Superior Dámaso Zapata.

Pero la línea dolorosa no se cortaría ahí. Al año siguiente retomaría su trágico curso con las vidas cercenadas de Víctor Albarracín Martínez el domingo ocho de abril a sus veintidós años, de Juan Carlos Tarazona Parra el martes diecisiete de abril a sus veintiún años y de Armando Mora el jueves tres de mayo a sus cincuenta y uno. En esta última ocasión la prensa aprovechó la noticia para volver a la frialdad de las estadísticas: era la víctima doscientos ocho.

El martes tres de julio prosiguió el luto: el joven Juan Bautista Castillo Abaunza, de veintidós años, se marchó con su equipaje de hastío en busca de la felicidad que le había sido tan esquiva, y el jueves diecinueve de ese mismo mes le siguió los pasos alguien todavía más joven, Martín Niño Pinto, de veinte años. Y antes de que julio se despidiera, lo hizo alguien a quien la prensa solamente describió como “un tipo de aspecto humilde, de aproximadamente cincuenta y cinco años”.

Al mes siguiente, agosto, el día lunes veinte, se marchó Olga Lucía Hoyos, nuevamente de “solo” diecisiete años. Después, el domingo dieciséis de setiembre, se fue “una mujer de quien solo se sabe que se llamaba Elpidia”. Y en octubre lo hicieron José Gustavo Escobar Martínez, de setenta y cuatro años, y “una señora de cuarenta años aproximadamente”.

Ese año también se marchó para siempre sin que los periódicos hubiesen vuelto a aumentar sus tirajes a costa del dolor ajeno.

Pero la vida continuaba. Y también la muerte. El martes cuatro de febrero de mil novecientos ochenta y cinco se fue “la joven señora Claudia Patricia Rodríguez de Chaparro”, de quien ni siquiera se dijo la edad, y el viernes ocho de marzo siguió su ejemplo Virginia Motta Gutiérrez “porque su esposo le dio una paliza el día inmediatamente anterior”. A pesar de la razón que esgrimió la víctima, que debería haber sido suficiente para que algún funcionario judicial consciente de sus deberes hubiese abandonado la mesa del tinto para irse a su despacho y ordenar una severa investigación, que comenzara con la inmediata captura de aquel bruto, lo que la prensa dijo fue, más bien, que la deprimida dama había tomado una “fatal determinación de la cual sólo ella es responsable”. Al mes siguiente ya no hubo nombre alguno: únicamente se les contó a todos, a los que mantenían el interés y a quienes ya no tenían interés alguno en saberlo, que “una joven de veinticinco años aproximadamente” había decidido quitarse de encima el peso agobiador del sinsentido.

El jueves seis de junio de mil novecientos ochenta y cinco, Claudia Rocío Alarcón Roa, de “solo” veinte años, repetía la prensa, quien era “estudiante de la Universidad Santo Tomás”, también se arrojó a las honduras de la nada, y a raíz de la noticia volvieron las estadísticas gélidas: se había “convertido”en “la víctima número doscientos cuarenta y uno”. Apenas diez días después, el domingo dieciséis de junio, hizo lo mismo alguien cuyo nombre no se supo, o por lo menos la prensa no pudo decirlo: “un muchacho de aproximadamente veinte años de edad, vestía camisa celeste, bluyín azul y zapatos de gamuza”, fue todo lo que contaron. El martes tres de setiembre, Gabriel González Prada, de cuarenta y tres años, y de quien su esposa narró a los periodistas que “se hallaba desesperado por la falta de trabajo” culminó allí mismo su infructuosa búsqueda de ilusiones. Y al día siguiente, el miércoles cuatro de setiembre, “otro hombre no identificado, de una edad aproximada de sesenta años”, se fue detrás de él.

Entonces, vinieron las luces decembrinas y con ellas el adiós postrero de aquel año.

Pero no el de la desesperanza. El domingo veintitrés de marzo de mil novecientos ochenta y seis, Hernando Morales Mora, de veintiún años, no quiso continuar en la brega por llegar a ninguna parte y al mes siguiente, el viernes cuatro de abril, tampoco quiso seguirla Mario Romero, de veintiséis años, como tampoco deseó proseguir hacia un mañana incierto aquella “mujer de aproximadamente cuarenta y cinco años, sin identificar” que se fue el domingo veinte de abril sin despedirse de nadie.

Ninguno de esos nombres era el tuyo, claro; por eso, talvez nunca lo hubiera sabido, mona linda, si no me lo cuenta tu hermana.

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CAPÍTULO III

DEPRESION

(Yo sí había escuchado hablar de la depresión, pero no sabía qué era. Creía, como lo creía todo el mundo, que debía ser, seguramente, un concepto similar a la tristeza, una especie de tristeza profunda. Incluso llegué a pensar que un buen cómico podía remediarla con tan solo hacer derroche de su talento y desencadenar en quien la sufriera una buena dosis de curativas carcajadas.

De hecho, los ingleses acudían a un estupendo y famoso comediante  de apellido Garrick para contrarrestar los efectos del spleen.

El spleen es un vocablo que deriva de la palabra bazo. Y es que en la antigüedad se creía que la tristeza melancólica de las personas provenía de una sustancia que producía el organismo y que se llamaba la bilis negra.

Fue el escritor francés Charles Baudelaire quien primero se refirió al spleen. Y fue el poeta mexicano Juan de Dios Peza quien con versos desgarrados inmortalizó, bajo el título Reír llorando, la tragedia inconmensurable de la sociedad londinense y del prodigioso humorista que la rescataba de las inconmensurables honduras de su tristeza:

“Viendo a Garrick -actor de la Inglaterra-
el pueblo al aplaudirlo le decía:
“Eres el más gracioso de la tierra,
y el más feliz…”, y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores,
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
sufro -le dijo- un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte;
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión la de la muerte.

-Viajad y os distraeréis. -¡Tanto he viajado!
-Las lecturas buscad. -¡Tanto he leído!
-Que os ame una mujer. -¡Si soy amado!
-Un título adquirid. -¡Noble he nacido!

-¿Pobre seréis quizá? -Tengo riquezas.
-¿De lisonjas gustáis? -¡Tantas escucho!
-¿Qué tenéis de familia? -Mis tristezas.
-¿Vais a los cementerios? -Mucho… mucho.

-De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?
-Sí, mas no dejo que me impongan yugos:
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos, mis verdugos.

Me deja -agregó el médico- perplejo
vuestro mal, y no debo acobardaros;
tomad hoy por receta este consejo:
“Sólo viendo a Garrick podréis curaros”.

-¿A Garrick? -Sí, a Garrick… La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquel que lo ve muere de risa;
¡Tiene una gracia artística asombrosa!

-¿Y a mí me hará reír? -¡Ah! sí, os lo juro;
Él sí; nada más él; mas… ¿qué os inquieta?
-Así -dijo el enfermo-, no me curo:
¡Yo soy Garrick!… Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora
el alma llora cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas”).

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CAPÍTULO IV

DEPRESION

(Años después habría de saber que no solo no era cierto que la depresión se curaba con tan solo la gracia de un humorista talentoso, sino que -al igual que Garrick- más de uno de aquellos payasos, mimos, pierrots, bufones, guasones, chungueros y arlequines capaces de salvar a los demás del abismo no lo había sido de salvarse a sí mismo.  Sí: que más de uno de aquellos infelices repartidores de felicidad había permanecido encarcelado detrás de sus barrotes, invisibles pero infranqueables, hasta que, por fin, un día desdichado decidió despedazar de un balazo en la sien los últimos reductos de su indescifrable e irremediable melancolía.

Aprendí, igualmente, gracias a la Organización Mundial de la Salud, que la depresión es previsible. “Está demostrado —dice la entidad científica internacional— que los programas de prevención reducen la depresión. Entre las estrategias comunitarias eficaces para prevenirla se encuentran los programas escolares para promover un modelo de pensamiento positivo entre los niños y adolescentes. Las intervenciones dirigidas a los padres de niños con problemas de conducta pueden reducir los síntomas depresivos de los padres y mejorar los resultados de sus hijos. Los programas de ejercicio para las personas mayores también pueden ser eficaces para prevenir la depresión”.

Fue mucho después de aquellos largos y oscuros años de ignorancia que me enteré también sobre la relación latente que existía entre la depresión y el suicidio.

“La depresión — habría de saberlo gracias a las enseñanzas de la misma Organización Mundial de la Salud— es distinta de las variaciones habituales del estado de ánimo y de las respuestas emocionales breves a los problemas de la vida cotidiana. Puede convertirse en un problema de salud serio, especialmente cuando es de larga duración e intensidad moderada a grave, y puede causar gran sufrimiento y alterar las actividades laborales, escolares y familiares. En el peor de los casos puede llevar al suicidio. Cada año se suicidan más de 800 000 personas, y el suicidio es la segunda causa de muerte en el grupo etario de 15 a 29 años”).

Pero también, por supuesto, lo supe por ti.

Sí, por ti, por tu tragedia sin nombre, por los asaltos de la duda irresoluta sobre qué sentiste cuando ya estabas suspendida en el espacio como un ángel, por tu imagen de jovencita de tez muy blanca cargada de cuadernos y poseedora de la sonrisa más bella entre todas las estudiantes de bachillerato en aquella urbe cargada de indolencia. Lo supe, en fin, cuando vi la tumba con tu nombre, todavía escrito sobre el cemento con las letras torcidas, trazadas gracias al oportuno apoyo logístico brindado por una ramita triste que alguien cortó para que sirviera de pincel, y ya semicubierto con las primeras azucenas sin blancura y los primeros claveles marchitados, no tanto por las inmisericordes inclemencias del sol, sino por las implacables arideces del olvido.

Entonces fui consciente, por primera vez, de que hay ocasiones en la vida en las que uno descubre que está llorando y no se había dando cuenta.

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CAPÍTULO V

DEPRESION

(Leonardo Ramírez Albarracín, el cinco de marzo de mil novecientos setenta y uno, habría de ser el primero. Otro personaje anónimo sería el segundo en mil novecientos setenta y tres. Otro más, igual de desconocido, haría arribar la cifra a tres en mil novecientos setenta y cinco. Y, entonces, llegaría la interminable noche oscura: a partir de mil novecientos setenta y siete, durante los siguientes años y hasta aquel mil novecientos ochenta y seis en que, por fin, cesó uno de los segmentos más amargos de nuestra amarga historia, vendrían todos los demás: la niña de apenas diecisiete años que ya no quería seguir viviendo, el mesero de veinticuatro que tampoco quería hacerlo, la joven señora de veintiuno que lo deseaba menos, los despojados de la alegría, los prisioneros de la tristeza, las mujeres golpeadas por sus maridos y cuyas muertes casi que justificaron los periodistas embrutecidos hasta la sinrazón por el machismo, aquellas dos jovencitas asidas de la mano que ni siquiera fueron hasta sus casas a cambiarse su uniforme escolar, los hombres y las mujeres abrumados por el desamor, las víctimas del desempleo, los aquejados de la enfermedad incurable, los que ya no tenían con qué comprar sus analgésicos en la farmacia y solo tenían el adiós como cura definitiva para la insoportable tozudez de sus dolores, los que no encontraron el camino luminoso que les permitiera escapar de las oscuridades del tedio, los seres anónimos de quienes apenas se dijo que vestían un bluyín sin marca o que dizque alguien los vio llorar antes de lanzarse al vacío, aquel de quien llegó a afirmarse que se había arrepentido en el último momento, pero no había podido sostenerse en vilo por más tiempo; los venidos de otras ciudades del país o de otros países del mundo y que llegaron a la ciudad para de una vez acudir a su cita con la desesperanza; la chica pobre de apellido Rico a la que se le notaban en el rostro extrañamente sonriente las profundas marcas del hambre, aquella otra a la que todavía no se le notaba el embarazo furtivo, el monaguillo por cuya dignidad salió a los medios el cura párroco del barrio de oriente donde había vivido desde que era un bebé, y, en fin, todos ellos, los marginados de siempre, los excluidos de siempre, los sin voz de siempre, los ignorados de siempre, los destituidos sociales de siempre, los silenciados por siempre).

Y tú, por supuesto.

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CAPÍTULO VI

DEPRESION

Estás ahí, mona linda -sí, mona linda, como el título de aquella festiva pieza tropical de Lucho Bermúdez, la única que bailamos juntos, asidos de las manos, tú con tus manos cálidas, yo con mis manos gélidas, en el último bazar al que asistiría en mi vida-; sí: mona linda, como yo dije desde el micrófono que tú eras, jugando a ser locutor, matizando la voz para anunciar, con la mayor dulzura posible, que a continuación iba a sonar una “complacencia”: “para complacer a la mona más linda de todas las monas”; estás ahí, digo, parada en el anchuroso pasillo del colegio, del glorioso Colegio Santander, una mañana cualquiera del año mil novecientos setenta y cuatro. Tienes la sonrisa triste de La Gioconda, pero aún así alcanzas a irradiar la alegría de tu juventud lozana cuando le respondes a tu hermana la pregunta que te hace desde lejos. Ya no me acuerdo de la pregunta, ni de la respuesta, y no siento que tenga deseos de rememorarlas. Solo conservo en la mente tu imagen de colegiala a punto de culminar su bachillerato, tu vestido blanco, tu cabello rubio, tu voz, tu sonrisa y la estampa escolar que te proporcionaban las carpetas académicas en la mano. Hoy, cuando ya han transcurrido tantos años, cuando desde hace tantos años no tengo noticia alguna de tu hermana, ni de nadie, pareciera que te hubieras congelado en el tiempo justamente en el momento preciso de la respuesta. No hay más imágenes que te evoquen con más fuerza que esa. En realidad, debería haberlo hecho por siempre la del feliz momento en que recibiste tu diploma en medio del aplauso de tus condiscípulos, entre ellos yo; pero no, yo no te vi recibiéndolo, pues tampoco asistí a la ceremonia de graduación, aunque sí me enteré de que estabas muy bonita, porque me lo contó alguien cercano que se propuso con eso sacarme de las honduras del desencanto y convencerme de que no valía la pena quedarme acostado en la cama sumido en el desaliento y sí la valía, en cambio, que me animara a irme con él y los demás compañeros de nuestro pequeño grupo de estudio a compartir en su casa un almuerzo de graduados pobres y la espumosa satisfacción de una cerveza helada.

Sí: ese es el último recuerdo que conservo de ti. Sí: el último recuerdo, mona linda.

Porque lo demás, tu figura suspendida en el aire paralizado por el asombro, la palidez extrema de tu rostro transfigurado por la confusa entremezcla del dolor y el miedo, tus ojos enrojecidos por los raudales del llanto, tu pelo como un oriflama rasgando el aire tibio de las cinco de la tarde y tu confusa sensación de angustia ante la magnitud sobrecogedora del abismo, no son recuerdos, mona linda, sino el producto no sé bien si de mi imaginación calenturienta o de esa inconmensurable tristeza que de tarde en tarde reaparece en la vida de las personas para parir en cascada tantas imágenes igual vívidas que de una perturbadora e inexplicable nostalgia.

Hoy, tantos años después, todo el mundo atraviesa el puente, bajo el indolente imperio de la rutina diaria y la creciente dictadura de los atascos, pero tengo la certidumbre de que muy pocos recuerdan a los más de doscientos cincuenta seres humanos que decidieron sobrepasar los barandales para arrojarse sin preámbulos en los brazos del olvido, y de que nadie, absolutamente nadie -excepto yo- tiene siquiera la más mínima idea de quién fuiste.

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, viernes treinta y uno de marzo de dos mil diecisiete.

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PÉKERMAN. Por: VAGO.

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EL INÚTIL. Por: El Diablillo del Parnaso.


Entraste a disfrutar de la pensión,

Pensión por demás inmerecida:

Pasaste tantos años de tu vida

Sin hacerle a la vida aportación.

 

No entiende nuestra gente la razón

Del por qué no te dieron la salida,

ni por qué una burocracia mal vivida

Te alcanzó para alcanzar jubilación.

 

Mientras hombres y mujeres por montón

Sobreviven entre la marginación

Después de que a la Patria le sirvieron,

 

Personajes como tú, que nada hicieron,

Que otra carga para el fisco no más fueron,

Se llevan del erario… ¡¡¡ qué porción !!!

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VICKY (Crónica, Capítulo II). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Dos años atrás, en 1964, los curas jesuitas habían fundado una cosa llamada Cenpro y, cuando menos se percató Colombia, para asombro de las señoras de rebozo y veladora que se iban a oír la misa en el único lugar posible para oírla, que no podía ser sino la casa de Dios – a la otra puerta de la casa del cura-, y, por supuesto, para asombro mío, que -formado en materia religiosa en el catecismo del padre Gaspar Astete- creía lo mismo que ellas, una mañana de domingo apareció en la pantalla de los escasos televisores que los colombianos tenían instalados en la sala de sus casas -o sea un paso antes del comedor- el controversial milagro de la misa en directo pero a distancia, la misa en televisión, y, poco tiempo después, algún día se vio en el coro, o como casual refuerzo del mismo, a las estrellas que por aquellos días iluminaban el firmamento artístico nacional, entre ellas la joven vallecaucana de capul y cabellos largos que ya era famosa gracias a su “Llorando estoy”, ante cuyo descubrimiento dentro del grupo de cantores todos empezaron a decir en voz alta, olvidando que estaban en plena misa: “¡Miren, miren, ahí está Vicky!”, sin que faltara, por supuesto, la inevitable precisión del lugar que ocupaba dentro del grupo e, incluso que alguno se parara del piso y la mostrara tocando la pantalla con el dedo índice.


El jesuita Germán Bernal nos recuerda aquellos tiempos: “Desde 1960 los jesuitas de Colombia conformaron un grupo apostólico dedicado a la pastoral de las comunicaciones sociales, muy especialmente enfocado a la producción de programas por televisión. El padre Rafael Vall-Serra, S.J., dio inicio a la obra, que se llamó Centro de Producción de Televisión, Cenpro, y luego daría origen a la actual empresa comercial del mismo nombre. Cenpro inició la transmisión de la misa por televisión en Colombia. En 1964 se comenzó a celebrar la santa misa desde un pequeño estudio de Inravisión. Con el exiguo apoyo económico de una cadena de almacenes, se pudo comenzar esta emisión de la eucaristía, trasmitida en vivo y en directo. El grupo de jesuitas de Cenpro aseguraba la continuidad del programa. Los jóvenes estudiantes de humanidades y filosofía de la Compañía de Jesús colaboraban en la elaboración de los guiones y en otros aspectos de la producción. Se contaba con medios muy precarios: por ejemplo, las imágenes que enriquecían el programa eran láminas pegadas sobre cartones, tomadas por una de las cámaras del estudio; de otra parte, el espacio para la celebración era muy estrecho. Y no debemos olvidar que en aquellos comienzos de la televisión en Colombia la señal era en blanco y negro”.


Pero Vicky no se resignó, como otros artistas de su generación, a quedarse congelada en el tiempo, ocupando las páginas, cada vez más amarillas, de los periódicos de la época, los diarios de ese 1966 en el que irrumpió con todo el sortilegio de sus baladas. Por cierto, uno de estos, fundado el año inmediatamente anterior, advirtiendo con inequívocas señales de humo el espíritu sensacionalista y mercachifle que habría de caracterizarlo siempre, no había tenido empacho en difundir contra ella, cuando apenas despuntaba, cuando era tan solo una jovencita soñadora con escasos 19 años, una especie irresponsable cuya solidez bien habría podido servirle a Paul Tabori para nutrir su Historia de la estupidez humana, pero que, en todo caso, alcanzó a desencadenar en la escuela un enfrentamiento entre sus seguidores y sus detractores, que, dicho sea de paso, fue parado en seco cuando los contrincantes avistamos la presencia del rector, pues sabíamos que por mucha Declaración Universal de los Derechos del Niño que hubiera, a los profesores de la Camacho Carreño jamás les temblaba el pulso para cogerlo a uno a reglazos si lo ponchaban, y no precisamente en un partido de béisbol, sino pasándose la disciplina por la faja.


Fue así como seguí viéndola y escuchándola cantar durante los comienzos de la década siguiente, en las noches solitarias en que casi dormitando sobre mi escritorio de periodista imaginario esperaba, no solo a que el reloj diera las campanadas de las once, sino a que mi malogrado amigo Rafael Bohórquez Jr. subiera desde el taller hasta la sala de redacción llevando consigo no solo las últimas pruebas por corregir, sino el bálsamo reconfortante de su indeclinable sonrisa. Y era que en ese lejano 1973, yo tenía que aplicarme a la tarea de marcar los yerros en aquel inolvidable Diario del Oriente, hoy no solo desaparecido, sino también olvidado, pero que alcanzó a aproximarme tanto al hermético y fascinante mundo de los linotipos como a la posibilidad de culminar mi interrumpido bachillerato.

También, desde luego, en las postrimerías de ese decenio, en aquel 1979 en el que mientras Vicky lanzaba su nuevo y exitoso “Pobre gorrión”, yo aceleraba la terminación de mi tesis de grado tratando de convencer a propios y extraños de que en Colombia todavía existían indígenas.

Y todavía seguía oyendo su voz y sus letras cargadas de delicadeza y de ternura en los albores de la década de los 80 cuando aún la hoy superpoblada Cabecera del Llano de mi solar nativo, y a donde nos acabábamos de pasar a vivir, era un sector casi desolado.


A la sazón, el país todavía no había sido sometido a la crónica cotidiana del espeluzno impune que se desplomaría sobre nuestro suelo desdichado pocos años después, cuando las tiernas letras de Esperanza Acevedo persistían, talvez más que nunca, en su impagable tarea de deleitarnos. Y es que iría a ser dentro de esa misma década, en la que sobrecargados de ilusiones habíamos principiado el ejercicio de la hermosa carrera que escogimos, cuando los alias de todos los pelambres pretenderían prohibirnos a los colombianos, bajo pena capital y con la cómplice indiferencia o la activa cooperación de los poderosos, el pacífico y legítimo ejercicio de nuestro inviolable derecho a ser honestos.

Una tarde cualquiera de sábado del año 1982, sentado en uno de los confortables muebles rojos de nuestra primera sala, mientras se avecinaba el crepúsculo, todavía observable desde el oriente de Bucaramanga sobre los lejanos cerros de occidente, abrí su recién adquirido disco -el primer disco suyo con el que pude salir airoso de la hoy también desaparecida tienda de Discos Diana- y puse a sonar la primera canción grabada en aquel acetato pulcramente editado por el sello Orbe. Así conocí de cerca ese precioso tema que ella tituló “Amor amargo”, con el que creí comprobar -nunca supe si con acierto o sin él- que Esperanza Acevedo era una magnífica compositora de baladas tristes porque, además de su indiscutible talento para la música, en el fondo de su corazón era una persona profundamente sensible y naturalmente propensa a la tristeza.

Hace pocos días, los medios que empezaron a esparcir la noticia de su muerte dijeron que acababa de fallecer una cantante de protesta de los años 60. Cuando leí aquello, tuve la intención de escribirles para aclararles que eso no era cierto, que Vicky solamente le había cantado al Amor. Pero luego desistí de la idea porque llegué a la conclusión de que, en realidad, sí lo había sido.

Porque en una sociedad proclive al desafecto, a la exclusión, a la indolencia, a la violencia y a la guerra, todo aquel que le cante al Amor es un cantante de protesta.

Mesa de las Tempestades, Área Metropolitana de Bucaramanga, domingo 19 de marzo de 2017.

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A VICKY. Por: El Último Guane.


Que fuiste grande, lo fuiste,

Porque al Amor le cantaste

Y al odio te le enfrentaste

Con el dulzor que trajiste.

 

Hoy que ya te despediste

Y al ver yo cuánto dejaste,

Siento que aquí te quedaste

En todo cuanto escribiste.

 

Si, al fin, es Dios nuestro fuerte,

No hay que llorar por la muerte,

Hay que reír por la vida,

 

Por eso, ante tu partida,

Te digo, artista querida,

¡Gracias, Vicky, y buena suerte!

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[ILUSTRACIÓN: Fotografía en blanco y negro de Esperanza Acevedo (Vicky) tomada en los años 60. Diseño gráfico de Pedro Jesús Vargas Cordero].

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VICKY (Crónica. Capítulo I). Por Óscar Humberto Gómez Gómez, Miembro del Colegio Nacional de Periodistas (CNP).


Solo había un canal de televisión y era en blanco y negro. Y solo había en mi barrio tres televisores, uno en la casa de los Pinzón, otro en la Funeraria Colombiana -de don José Suárez R., letra esta que nunca supe qué significaba- y otro en la tienda La Veracruzana, de don Gratiniano, donde -paradójicamente, y como era lógico- nada era gratis.

En esos tres televisores ajenos escuché por primera vez las presentaciones del Club del Clan.


El Club del Clan era un programa de go-gós y ye-yés, muchachos melenudos y niñas con capul, botas largas y faldas cortas que cantaban, no siempre con afinación, pero sí siempre con garra -a juzgar por sus gritos prolongados y estentóreos-, acompañados por guitarras eléctricas que parecían sollozar, bajos eléctricos que no estremecían el subsuelo como los de ahora, pero eran apenas suficientes para hacernos recordar que el infierno existe, y los redoblantes, bombos y platillos de unas baterías que en aquel entonces me parecían gigantescas, pero que hoy seguramente quedarían haciendo el oso al compararlas con las que le he visto tocar, para no ir tan lejos, al único ingeniero de minas y petróleos del mundo que le ha dedicado, al menos que yo sepa, su tesis de grado a la Música, William Blackburn, desde los años en que con sus baquetas endemoniadas le hacía la percusión al rock de su propia banda, Sector 16, hasta más tarde, cuando, ya con menos desasosiego, le marcaba el ritmo al romántico saxofón de Lalo Ariza.

Transcurría el año 1966 y en la escuela pública José Camacho Carreño, donde yo, a pesar de los vaticinios burlones que suele hacer la pobreza, soñaba dizque con ser alguien en la vida, decían que una joven y anónima secretaria se había ido de Palmira, la misma pequeña ciudad vallecaucana a la que le cantara el inmenso compositor costeño José Barros, para instalarse en la lejana, impersonal y yerta Bogotá dizque porque quería participar en aquel juvenil concurso.

Sí, en el del Club del Clan. Porque eso era en el fondo aquella sucesión de nuevos artistas: un concurso.  Pero no uno de esos de hoy en día, donde los jurados se reúnen antes para decidir quién va a ganarlo, de modo que cuando los pobres majaderos que aspiran al premio suben a la tarima, ya tienen su suerte echada. No. Aquel era un concurso elemental, sencillo y limpio, un concurso sano, descomplicado y simpático, un concurso liviano, sin ataduras, sin ceremonias y sin hipocresías. En una palabra, era un concurso fresco, como tenía que serlo porque llevaba implícito la frescura de la juventud.

Esa joven secretaria se llamaba Esperanza Acevedo. Fue mucho después que nos dieron a conocer su segundo apellido, el Ossa, del mismo modo como fue mucho más tarde que todo el mundo empezó a hablar, ya no de José A. Morales, sino de un tal José Alejandro Morales López.

Muy pronto vino a saberse que aquella joven creaba las canciones que interpretaba. Y también muy pronto vino a saberse que ella había decidido diferenciar a la compositora de la cantante y que para tal fin sus discos los grabaría Vicky mientras que los créditos de la autoría se los reconocerían a Esperanza Acevedo. Es decir, a Esperanza Acevedo Ossa.


Un día le preguntaron a Luis Carlos Galán Sarmiento cuál era su artista favorito y él dijo que era una mujer y nombró a Vicky.

Fue entonces cuando descubrí que una que otra vez hay uno que otro político con el cual resulto teniendo una que otra coincidencia.

(CONTINUARÁ).

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